Esta necesidad de estar todo el tiempo conectados es un nuevo tipo de conducta adictiva y hay que tratarla de esa manera. Incluso, el Grupo de Trabajo de Adicciones del Hospital Álvarez tiene un servicio de asistencia especial para tratar a personas con adicción a Internet. A partir de esto, es lógico que esa tendencia se traslade a las vacaciones: si alguien está todos los días, todo el día online, ¿por qué no habría de mantener esa conducta en su tiempo de descanso? Hay gente que incluso paga un dinero extra únicamente para tener wifi en la playa.

Se trata de un arma de doble filo, porque, si bien nos da la sensación de estar todo el tiempo conectados con lo que pasa y en contacto con todos nuestros conocidos, al mismo tiempo nos provoca también un aislamiento respecto de lo que sucede alrededor. Y en el caso de los adolescentes se nota mucho más: uno los ve todo el día con el teléfono y muchas veces ni siquiera se ven con los chicos con los que interactúan permanentemente.

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Para los padres, en este aspecto, se presenta una contradicción grande: por un lado está la tranquilidad de saber que pueden estar en contacto fácilmente con sus hijos, pero por el otro son los primeros en quejarse porque los chicos no abandonan sus celulares. Y, en definitiva, en la enorme mayoría de los casos son ellos los que compran los teléfonos y pagan la conexión de Internet. En esos casos, el límite es complicado, porque sacarles a los chicos sus aparatos implica dejarlos afuera de su círculo social.

Por otro lado, también está la cuestión narcisista de las redes sociales. Las personas sienten la necesidad de mostrarles a los demás que están bien, también como una búsqueda de reforzarse a sí mismas la idea de que están disfrutando. Y muchas veces es algo ficticio: quizás estaban de mal humor o habían tenido una discusión diez minutos antes, pero apenas se ponen frente a la pantalla se transforman y sonríen, como si todo fuera ideal.