Ana Sol Peinetti tuvo dos o tres ocasiones en las que pensó en dejar Estados Unidos para regresar a hacer ciencia a la Argentina. Pero una fue clave: estaban en una charla con autoridades gubernamentales estadounidenses para evaluar posibles aplicaciones de los sensores que ella y su equipo desarrollaban. Entre los objetivos, los funcionarios insistían en usar esa tecnología para sostener guerras en territorios ajenos. “Veía lo alejados que estaban de lo que para mí es importante. Supe que no quiero trabajar para esos intereses, sentí que mi lugar para hacer ciencia es Argentina”, relata a Tiempo. Y entonces apareció la oportunidad del Programa Raíces, y en julio se transformó en la primera científica repatriada este año de pandemia.

Raíces, emblema durante el kirchnerismo con más de 1300 investigadores que retornaron, fue desfinanciado por el macrismo. Esta semana tuvo su relanzamiento, con un dato: en todo 2019 apenas regresaron dos. En solo dos meses de este año teñido de coronavirus, fueron ocho.

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Peinetti, 32 años, doctora en Ciencias Químicas de Materiales y formada en la Facultad de Exactas y Naturales de la UBA, pasó de su laboratorio en la Universidad de Illinois al Instituto de Química Física de los Materiales, Medio Ambiente y Energía (CIC-Conicet-Inquimae), donde montó su lugar de estudio. El equipamiento lo adquirió con un subsidio de la Fundación PEW de Norteamérica, y los fondos de Raíces le permitieron trasladarlo. Pero además, su arribo al país es clave en el contexto actual. Cuenta Ana Sol que sus líneas de investigación “están relacionadas con el desarrollo de bionanotecnologías para métodos de detección de patógenos (virus y bacterias), tanto para diagnóstico de enfermedades infecciosas como para el monitoreo ambiental”. Hoy está finalizando las pruebas del primer método, a través de muestras de saliva, que tiene la capacidad de decir en forma rápida y directa si un paciente sigue siendo contagioso.

–¿En qué trabajabas antes de regresar a la Argentina?

–En 2017 obtuve una beca PEW Latin American Fellowship, que se otorga a diez latinoamericanos por año, para hacer el posdoctorado en Estados Unidos en el área Biomédica. Lo empecé con el profesor Yi Lu en la Universidad de Illinois at Urbana-Champaign, me enfoqué en la bioingeniería de moléculas de DNA (ácido desoxirribonucleico) y su uso para el desarrollo de un método de detección de patógenos. Hace unos meses volví a Argentina con la aspiración de hacer ciencia de calidad en el país y dirigir un grupo en temas de diagnóstico de enfermedades infecciosas y monitoreo ambiental de patógenos a través del desarrollo de materiales basados en ADN funcional y nanomateriales. Y pude comprar el equipamiento necesario para seguir haciendo lo que aprendí en EE UU. Creo que volver fue una buena idea.

–¿Y por qué decidiste volver?

–Una de mis motivaciones está relacionada con dos preguntas: para qué hago ciencia, y para quién. Para mí, tiene mucho más sentido hacer ciencia en Argentina y contribuir a resolver problemáticas relacionadas con el país. Hubo una serie de situaciones que viví durante el último año en Estados Unidos en las que sentí muy claramente que los intereses a los que podía contribuir muchas veces están lejos de los que considero más importantes. Otra motivación es esta idea que está muy presente en los argentinos de que la ciencia siempre llega tarde. Creo que si la ciencia se hace acá, podemos hacer que cada vez llegue antes, porque desde el principio va a estar al servicio de nuestros problemas y no del de los países que históricamente financiaron al sector científico. Por otro lado, la parte personal, los amigos y familia, y el estilo de vida, siempre suman para querer volver. Hubo un miedo general, y particular, cuando tuve que tomar la decisión: el miedo a no poder seguir haciendo ciencia de calidad por el desfinanciamiento que por momentos sufre la ciencia en Argentina. Pero mirando a mi alrededor, muchos científicos y científicas me muestran que esto es posible, y medidas desde el Estado como la puesta en valor del programa Raíces reflejan el interés del gobierno en la puesta en valor del sistema científico nacional. Veo este relanzamiento del programa como un augurio para una pronta recomposición salarial y de los subsidios necesarios para que se siga repatriando argentinos y argentinas, y hagan ciencia acá.

Ya de chica, a Ana Sol le gustaba eso de ser “científica”. Investigar. Sin saber bien qué significaba, le fascinaba lo básico y fundamental de la Ciencia: buscarle la solución a una pregunta. A los 10 años le encantaban los caballitos de mar. Su mamá (“siempre impulsó mi vocación científica”) la llevó a la biblioteca. Vieron libros, sacaron fotocopias, y la niña terminó armando una descripción completa de esos animales. “Salí fascinada con todo el proceso”, recuerda, y acota sonriendo: “Fue mi primera investigación impresa”. Nada podía imaginarse aquella alumna de Primaria que dos décadas después la realidad la encontraría en un mundo con algo llamado pandemia y coronavirus, tratando de aportar algo a la sociedad desde su laboratorio. Hoy la pregunta que busca resolver es cómo comprobar si la persona infectada con Covid-19 sigue contagiando.

–¿Cómo están hoy tus investigaciones?

–Durante mi posdoctorado en Estados Unidos, uno de mis proyectos más fuertes fue desarrollar un método de detección de virus que sea rápido y directo, y que además permita diferenciar si el virus está en estado infeccioso o no, es decir, si el virus que detectamos, por ejemplo en agua, fue desactivado o no, o si la persona que está infectada sigue siendo contagiosa, cosa que con los métodos basados en PCR hoy en día no se puede hacer. Por otro lado, los métodos actuales son muy complejos y requieren varios días para dar un resultado. En nuestro caso pudimos seleccionar moléculas de ADN (aptámeros) para que sean muy específicas y puedan diferenciar entre los dos estados del virus. Estas moléculas de ADN funcionan como si fueran anticuerpos, pero tienen muchas ventajas para su incorporación en sensores. Luego, a partir de estas moléculas en un sistema de nanoporos, pudimos detectar virus infecciosos en concentraciones muy bajas y en muy poco tiempo (unos 30 minutos). En febrero/marzo estaba terminando de obtener los resultados para otro virus (un adenovirus), cuando explotó la pandemia, así que me puse a trabajar para encontrar estas moléculas de ADN pero que reconozcan el SARS-CoV-2. En junio/julio ya habíamos identificado los aptámeros específicos y comenzamos a incorporarlos en los nanoporos. Ahora estamos probando con muestras de saliva. Los resultados vienen muy bien y esperamos muy pronto publicarlos. Sería el primer método que tiene la capacidad de decir en forma rápida y directa si un paciente sigue siendo contagioso o no. A su vez, desde que volví a Argentina colaboro con grupos del Instituto Leloir para unos test de tiras de papel, como los de embarazo, para detectar antígenos. Tienen la gran ventaja de ser económicos y muy rápidos, con resultados en 15 minutos, y podrían utilizarse de forma masiva, mientras retornamos a la normalidad. Creo que justamente la pandemia puso de relieve la importancia de tener un sistema científico y sanitario de calidad, para actuar de forma rápida y hacer frente a nuevos desafíos que se presentan en la sociedad. «

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Los otros que retornan

Ana Sol Peinetti fue la primera repatriada de 2020. No será la única. Vendrán siete más, seis de ellos en diciembre: el doctor en Ciencias Químicas, Javier Jaldin Fincati (38 años), desde Canadá, a donde emigró en 2015, y se relocalizará en el Instituto de Patología Experimental de la UNSA; el Dr. en Sistemas Neurocientíficos Informática José Fernández León Fellenz (46), desde los Estados Unidos, al que emigró en 2006, y se reubicará en el Centro de Investigaciones en Física e Ingeniería del Centro de la Provincia de Buenos Aires; la Dra. en Física Josefina Alconada (34), desde Israel, emigró en 2018, se relocalizará en el Instituto de Física de La Plata; la Dra. en Biología Molecular Sabrina Sánchez (39), desde los Estados Unidos, adonde fue en 2013, se reubicará en el Instituto de Investigaciones Bioquímicas de Buenos Aires; la Dra. en Ciencias Químicas Estefanía González Solveyra (37), desde EE UU, se trasladará al Instituto de Nanosistemas de la Unsam y la Dra. en Ciencias Biológicas Belén Garcia Fabiani (33), desde los Estados Unidos, adonde recayó en 2017, irá a la empresa startup Caspr Biotech, conformada por gente del Conicet. En marzo será el turno del Dr. en Ciencias Biológicas Alejandro Buren (41), desde Canadá, a donde emigró en 2004. Irá al Instituto Antártico Argentino.

«En 2019 se repatriaron dos, y en dos meses de pandemia, ocho»

Tras cuatro años de desfinanciamiento durante la gestión de Cambiemos, el Programa Red de Argentinos Investigadores y Científicos en el Exterior (Raíces) fue relanzado el último lunes, buscando conectar e incentivar el retorno de investigadores argentinos residentes en el exterior y vincular a redes de científicos que estén afuera con el Sistema Nacional de Ciencia. La iniciativa contempla mayores subsidios y el proyecto de conformar nuevas redes en la región, como en Brasil, México y China. Para las primeras 8 repatriaciones destinaron 3,6 millones de pesos: cada investigador percibió unos 200 mil pesos en costos de traslado y otros 250 mil para su instalación.

El secretario de Planeamiento y Políticas en el Ministerio de Ciencia, Diego Hurtado (foto, en un Zoom con los científicos), resaltó a Tiempo: «El período 2016-2019 fue muy duro para el Programa, se apagó. Por ejemplo, en todo 2019, un año normal, volvieron sólo dos. Este año, en noviembre y diciembre, los dos meses que pudimos trabajar, fueron ocho. El programa es un activo estratégico importantísimo para el país, conectando con protocomunidades científicas argentinas que ocupan puestos y lugares en instituciones y universidades muy destacadas en otros países que pueden ayudarnos en infinidad de cuestiones».