El insoportable canto metálico de las chicharras no altera al jilguerista Víctor Suárez. Tampoco los 30° de térmica que regala la mañana. Como buen director técnico, Suárez destila un mesurado optimismo sobre el talento melódico de su pupilo: «Un amarillo con cierre que me regaló un amigo hace dos años. Se llama Forastero, ahora lo tengo guardado en el auto, está concentrando. Es nuevito, su segunda competencia es. Hay que cuidarle la voz», confía el caballero y se toma un mate amargo. En un rato, el pichón de Pavarotti cantará ante un modesto pero exigente auditorio: «Ayer a la tarde tenía algo de nervios, ahora nada. La adrenalina en serio empieza cuando vas a colgar el pajarito en el palo».

Suárez es uno de los tantos entusiastas del bel canto del jilguero, que se arriman este domingo hasta el predio Virgen Gaucha para celebrar un nuevo encuentro de la Federación Bonaerense de Jilguericultura (FEBOJIL) de la Zona Oeste. Llegó a Luján desde Chacabuco, otro punto cardinal del gremio, acompañado por su compadre Ricardo González. Desde muy pibes comparten el fanatismo. «Era como un hobby, salir a cazar al campo con los amigos. Ahora es otra cosa: estoy siempre buscando el jilguero para competir. Ya tengo el oído afinado», dice González.

El hombre disfruta en su casa del canturreo de tres ejemplares. Pero para la competencia, no tiene dudas, trae siempre al Loco. «Es el que de verdad anda en el palo. Un pájaro que, apenas lo colgás, sale rápido. Igualmente hay que saberlo llevar. Sacarlo a varear –es decir, pasearlo– todas las mañanas y las tardes, que vea la naturaleza y se estimule. Esto tiene toda una disciplina».

Su colega Suárez tuvo varios canarios, algunos cabecitas y otros cantantes emplumados, pero asegura que la voz del jilguero no se iguala. «Algunos cantan con mucha fuerza, y entran en la competencia de repique. Son muy ‘panzados’ y buscan las notas. Hay otros que lo hacen muy suave, como una sinfonía de Beethoven o Vivaldi». Es correcta la analogía. El maestro veneciano dedicó el concierto Il Gardellino a la sublime voz del jilguero.


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Todo un palo

Fernando Russo es un auténtico hombre orquesta. Recibe a los parroquianos, da una mano en la inscripción, vende rifas, enciende el fueguito para los chorizos, organiza la asamblea de los asociados y hasta se da tiempo para echar luz sobre la esencia de la jilguericultura: «Es muy simple: sólo se trata de escuchar. Poner el pajarito en el fondo de casa, debajo de un árbol, cebar unos buenos mates, relajarse y abrir el oído».

Hace 25 años, Russo andaba medio bajoneado. En esos días, y para levantarle al ánimo, un amigo le regaló un jilguerito radiante y le advirtió: «Esto te va a cambiar la vida. Si te gusta, no te vas a separar nunca más». Tenía razón. Russo revivió como el ave Fénix. Hoy tiene tres pajaritos, que ya son parte de la familia. No los deja solos ni de noche ni de día, hasta se los lleva de vacaciones.

Su educación sentimental hasta llegar hace seis años a la fundación de la seccional oeste de la FEBOJIL, incluyó pesquisas en Internet, visitas fijas a los encuentros de aficionados y la sabia escucha de los casetes que se comercializaban en los torneos: obras cumbres forjadas en TDK que inmortalizaban las voces más destacadas del parnaso nacional. Con una estrella rutilante: el Jíbaro, un pájaro que voló alto en los ’80 y ganó mil y un torneos. Todavía son recordadas sus batallas nota a nota contra el Cerveza, su archirrival. «Era Gardel, el pájaro que todos soñamos, el que buscamos pero que nunca encontramos», resume Russo.

Luego, analiza al detalle la voz del Sicalis flaveola pelzelni, la especie de estos pagos: «Es diferente a todos. Le doy un ejemplo: si está hablando por teléfono de línea, usted de fondo puede escuchar una paloma, un bicho feo, pero nunca a un jilguero. Sus agudos son tan penetrantes que no se llegan a captar». Para el especialista, cada jilguero es un mundo, ya sea por su voz o su plumaje. Los ejemplares entonan tres notas básicas: prio, golpeo y repique. «La primera es la del pollo: pia, pia, pia, con sus variantes: pausado, marcado y fuerte. El golpeo es más de fuerza. La nota vedette es el repique, un agudo extendido, que no lo hago porque se va a reír. Un sonido largo y sostenido, que no flamee».

En las competencias, los pingos se ven en el palo, donde los aficionados cuelgan la jaula con el intérprete encerrado en el centro de una suerte de cuadrilátero. El ave tiene cinco minutos para dar rienda suelta a su arte. Hay dos categorías, amarillo –pájaro adulto que ya replumó– con cierre y sin cierre, que es un canto especial. Desde un rincón, el dueño alienta mordiéndose la lengua. Desde el otro, el jurado anota en una planilla los puntos altos y bajos de la performance: claridad, caudal de la voz y entonación. La justicia aquí no es ciega, pero tiene oído absoluto. El público acompaña con un silencio monacal, salvo algún susurro para reconocer al solista.

Desde hace algún tiempo, los encuentros reciben críticas de las asociaciones protectoras. «Alguna gente ve mal esta disciplina, pero queremos destacar que es una actividad controlada por el Estado, que garantiza el buen trato. Nosotros los llevamos al veterinario, hay tratamientos preventivos de parásitos y vitaminas. Con los agrotóxicos, un jilguero suelto puede vivir dos o tres años. Con nuestros cuidados, más de diez». Más allá de las buenas prácticas, los cantos de protesta se escuchan con más fuerza. «Al que tiene prejuicios le digo que se acerque –invita Russo antes de que empiece a sonar la música para sus oídos–. Esto es una pasión sana, familiar, cultura de la provincia de Buenos Aires».


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Pipí cucú

Bajo un ceibo, como en trance, Daniel Valerio se deja llevar por las dulces melodías que flotan en el aire. El canto del pajarito dorado es su pasión. «Las mañanas son sagradas. Siempre me acomodo los horarios para escuchar a los bichos. Si tengo que llegar un poco más tarde al trabajo, no me importa. Es mi momento para disfrutar», cuenta este pintor de brocha gorda, presidente de la federación de Rojas. En la perrera –la caja para transporte–, espera su debut Franquito, jilguero joven y corajudo: «Le hablé mucho en la semana, le dije lo bien que estaba cantando. No se crea que estoy loco. También le abro la jaula, y él se va a bañar a la canilla que gotea y después vuelve solito a su casa».

Al alba, Matías Delgado le rezó a la virgencita de Luján que lleva tatuada en el antebrazo. Le hizo un pedido: «A ver si me daba una mano con el canto del Sacrificio, mi jilguerito con cierre», cuenta el pibe de 26 años, llegado al palo por los sabios consejos de su abuelo. Pero en enero no hay milagros. El Sacri dedicó los cinco minutos a otear el cielo diáfano. No dijo ni pío.

Con 60 años de aficionado, Osvaldo Aboy tiene más aventuras que el Pájaro Loco. Mientras da vuelta los choris, saca pecho y rememora su momento de gloria: «Año setenta y pico, en Barrio Seré, Castelar. Gané con el Gauchito, un jilguero que había levantado en Navarro. Enfrente tenía cantantes con remolino, estridentes, bochincheros. Pero el Gaucho era prolijo, del primer al último minuto te dejaba con la boca abierta». Si cierra los ojos y afina el oído, confiesa Aboy, todavía lo puede escuchar.

Miriam Rivelli es de las pocas mujeres que participan en las competencias. Es la presidenta de la FEBOJIL y esposa de Russo. Mientras los caballeros escuchan embelesados las finales, la dama ensaya una reflexión sobre la platea masculina: «Cuando arranca el jilguero, quedan todos embobados. Hace unos años, en una competencia en Ciudadela, durante una ronda apareció una mujer lindísima, un tremendo gato, y ninguno se dio vuelta para mirarla. Imaginate cien hombres hipnotizados». Como por el canto de las sirenas. «