Ana Chen está nerviosa. ¿Y cómo no estarlo? Ya son más de las 5 de la tarde y aún no hay noticias de los dragones en la Plaza de los Parques Nacionales Argentinos, abarrotada nueva sede de los festejos del Año Nuevo Chino en Buenos Aires. Tan lejos, tan cerca del histórico China Town porteño, en el corazón de Belgrano.

Como toda gran anfitriona, la presidenta de Phoenix Dorada Media Company –empresa de capitales asiáticos responsable del ágape– cuida con esmero los pequeños grandes detalles que cobija la celebración máxima de la colectividad. Desde el estrictísimo protocolo en la recepción de las delegaciones diplomáticas hasta la grilla de horarios en que cientos de artistas saldrán al fastuoso escenario montado en el predio. Sin olvidar, por supuesto, a los demorados lanzallamas. “Piense que este es el Año Nuevo Chino con más convocatoria en América Latina. ¿Imagínese si fallan los dragones?”, se estremece la señora Chen, al tiempo que cultiva la paciencia zen.

Pocos minutos después, cuatro coloridos dragones de tela y una jauría de atléticos domadores hacen su ingreso triunfal en la trastienda. Entonces, a la señora Chen le vuelve el alma al cuerpo: “Es que queremos que salga todo perfecto, como cuando uno hace fiesta en su casa, para la familia. Aunque no sé cómo metería 20 mil parientes en mi departamento”, bromea la dama llegada a Ezeiza hace exactos 26 años. Antes de seguir con sus tareas, Chen afirma que no le sorprende el éxito de la convocatoria: se esperan más de 60 mil asistentes en los dos días de festividad. Lo conecta con la franca integración entre porteños y migrantes: “Al principio había muchos prejuicios, porque los argentinos no conocían nuestra cultura. Pero ahora nos sentimos unidos, somos un todo”. Para el naciente 4716, deja sus deseos: “Es el Año del Perro de Tierra. Imagino a un perro de campo, que corre a toda velocidad. Va a traer mucha riqueza para todo el pueblo argentino”. Será cuestión de frenar al canino en su generosa carrera.

Cuentos chinos

Había una vez una joven llamada Ángela, que un día de 1999 dejó atrás las penurias económicas de su natal Fujian y cruzó el océano para hacerse la América: “Vine del sur de China, del campo. Necesitaba una oportunidad”. La encontró en el Once, en el supermercado de unos paisanos. Entre las góndolas, conoció los secretos del comercio. También al padre de sus tres hijas. Génesis, la más pequeña, se maquilla como una muñequita de la dinastía Tang antes de subir a escena. Bailará la antiquísima danza agrícola “Sacando champiñones”.

De los viejos años nuevos en el lejano oriente nunca pudo borrar de su memoria la postal familiar, unida en la limpieza energética del hogar, para dejar atrás las malas ondas: “Acá limpio todos los días, obvio”, guiña un ojo la muchacha. Para el gran banquete del 16 de febrero –fecha precisa en que inicia el nuevo ciclo del calendario lunar–, Ángela no se deja ganar por la nostalgia y el paladar de su pago: “Una buena parrillada, nada de arroz, y no puede faltar el pescado”. En chino, “pescado” es una palabra que suena igual que “abundancia”.

En las decenas de puestos diseminados en la plaza se pueden degustar manjares de la gastronomía oriental: insulsos arrolladitos primavera, potentes shui jiao (ravioles con carne de cerdo), cosmopolitas rolls de sushi y largos fideos, casi interminables. También hay mil y un productos manufacturados que inundan hace décadas el bazar global: abanicos, alcancías, héroes del manga, gatitos saludadores y otras chucherías. Todos con el sello Made in China.

Luciano es uno de los 200 mil chinos que habitan suelo argentino. Viene de una familia de marineros que solían ganarse el pan pescando en el Mar de la China Meridional. Ahora pesca auspiciantes para una publicación de la colectividad. Tiene 23 años y un look súper cuidado, con un aire a medio camino entre el actor Jet Li y el rapero coreano Psy. “Dos días de festejo es muy poco, en China dura dos semanas –explica y se calza sus Ray Ban de dudosa originalidad–. No sé si los argentinos tienen tanto aguante”.

Martín Hsu está a cargo de la filmación del pantagruélico evento. Es hijo de migrantes taiwaneses y un secreto a voces del novísimo cine nacional. Su ópera prima La Salada puso en escena el carácter muticultural –no confundir con intercultural– de la identidad argentina. Un brillante relato coral que narra grandes historias mínimas de un grupo de inmigrantes, en este bendito país de inmigrantes. “El Año Nuevo es un momento que reúne a las familias. Mi madre ahora está en Taiwán, voy a llamarla el 15 para saludar”.

Sobre el Perro de Tierra que se acerca, Hsu deja de lado los vaticinios: “Los chinos son muy supersticiosos. A mí me divierte un poco lo del horóscopo. Pero si el Perro me ayuda a terminar el documental que estoy filmando… bienvenido sea”.

Argenchinos

Para el brindis, olvídese de la burbujeante copa de champán. El Año Nuevo Chino ofrece otras variantes, como las delicadas tacitas de té. En su puesto, el doctor Luis Alcán Cañete, director de la Sociedad Tea Style, da clases magistrales sobre los 2727 años de historia que comparten el pueblo chino y la planta milagrosa. Sus conocimientos también abarcan el arte de la porcelana: “Piense que los occidentales tardaron más de un siglo en alcanzar la fórmula de la pasta dura. Mire esta obra de arte”, dice y luego exhibe una diminuta tetera, digna pieza de museo.

Sobre el escenario, los alumnos de la Escuela Shaolin Argentina empiezan el año a las patadas. Daniel Vega y su señora Yamila Melillo son los sensei del pelotón de guerreros criollos. La pareja ha consagrado su vida a la práctica del kung fu shaoling. Incluso pudieron visitar la meca de la disciplina, en la provincia de Henan. Forman parte de un linaje de monjes luchadores que data del siglo XIII. Las piruetas que ensayan sobre las tablas dan fe de sus altos títulos: “Se va el Año del Gallo de Fuego, que tuvo una energía peleadora. El Perro es más tranquilo –advierten–. Igual, como buenos guerreros, siempre hay que estar atentos, con los sentidos bien despiertos”.

El desfile de los dragones marca el punto más alto de la jornada. Los muchachos de la Asociación Lung Chuan lo saben de memoria. Llevan una década participando: “No somos de la colectividad, y por eso al principio tuvimos que ganarnos el espacio. ¿La receta? Mentalidad china, pura paciencia”, asevera Germán Bermúdez, coordinador de los 70 danzarines, ocho leones y cuatro dragones que integran el staff. Listo para salir al ruedo, Bermúdez apunta: “Somos los que traemos la alegría, la energía para empezar el año con todo, bien arriba”. Luego, con sus colegas elevan el dragón de tela y se pierden en la multitud. En un pogo milenario. «