¿Habrá sido 2008 con la pantalla partida? ¿2009 con el envío del proyecto al Congreso? ¿2010, cuando se aprobó? ¿Qué año ubicamos como la bisagra en que el debate sobre el rol político de los medios de comunicación salió de los ámbitos académicos y de militancias de ese tema y se metió en la piel del cuerpo social todo? Aquel sano ejercicio de poner en público lo que estuvo demasiado tiempo oculto hoy ha quedado vaciado y trunco. Por un lado, hemos caído en volverlo recurso y respuesta fácil frente a la debilidad en el abordaje de lo que pasa y, por otro, estamos dejando afuera la parte más importante de la época actual: los monstruos digitales. En lugar de interrogar sobre el poder en la comunicación, sobre dónde reside el poder corporativo más poderoso de la comunicación (que de eso se trata, no de repetir como mantra el nombre de un diario), muchos referentes, dirigentes y un grupo amplio de sectores activos de la sociedad se ha estancado y hablan de un mundo que no existe más.

La Argentina fue vanguardia en ese debate. Fue de los pocos países que pudo poner en el centro de la escena el poder de King Kong. Y hasta se animó a enfrentarlo o al menos a exponerlo. Pero hoy estamos a nada de convertir en meme una causa noble.

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Porque los años pasaron, crecieron otros actores, se anabolizaron los que estaban en otra parte y llegaron los Godzillas, unos monstruos grandes y que pisan de un modo jamás antes visto en la historia de la humanidad. Para pensar la comunicación hay que tener al menos dos perspectivas, la económica y la cultural. Pues bien, estos poderosos lo son tanto que, por un lado, de ponerse en venta costarían 4,5 PBI de muchos países y, por otro, han moldeado el comportamiento y modo de mediarse (sin necesidad de mediatizarse) del siglo XXI.

Estamos hoy en una situación de profunda inmovilidad ante un monstruo que sigue creciendo y frente al cual quedamos cada día a más años luz. Empezar a comprenderlo puede ser un gran primer paso. Es la búsqueda de esta serie de notas de Tiempo que empieza hoy, un aporte para construir ciudadanía digital.

Los Estados como estorbo

Hay una serie española que pasó sin pena ni gloria. Los favoritos de Midas, se llama. La trama de superficie es policial. La de fondo es sobre la disputa más importante que está dando el mundo hoy: por los soportes, medios y plataformas y por quién se quedará con ese territorio. Uno de los personajes, una mujer, que representa a los Godzillas que ven en los medios de comunicación instituciones perimidas, dice: “Tenemos todo lo que tiene un país, menos el territorio. Pero los territorios son obsoletos, son muy pesados, son un estorbo. Ojalá pudieran eliminarse. Nosotros ofrecemos al público exactamente lo que quiere y al precio más barato posible”.

La ficción, como siempre, es la gran antena de los tiempos. Capta la disputa profunda, la de fondo, de una era. De ahí que esta línea de diálogo se hermane con la gran serie de estos tiempos, Succession, donde la historia banal es la disputa familiar por la herencia de un emporio pero donde el nudo es la pregunta por cómo sobrevivirán incluso los King Kong mediáticos ante la llegada de los Godzillas de las TECH.

Logan Roy, el personaje principal de Sucession es una referencia no oculta al magnate Rupert Murdoch, el hombre de medios más poderosos del planeta, el que puede comerse a jugadores de su tamaño pero que frente al poder de Sillicon Valley es apenas “puesto menor”.

El gran error

Uno de los errores más habituales es considerar a los monstruos digitales como parte de una especie de etapa superior de lo mediático. Esa es una mirada más que habitual en ámbitos de la política y de la comunicación. Pero es una perspectiva sepia, desactualizada.

Por supuesto, no se trata de tirar por la ventana la vieja caja de herramientas sino de comprender que hoy no nos alcanza. Es urgente salir del eslogan vacío y de la comodidad que nos ofrece cierto Excel ideológico que usamos.

El territorio digital es comunicacional pero no es el mediático. Tiene no solo otras reglas y otras lógicas: ha roto el paradigma madre de la comunicación que conocimos hasta hoy. El esquema emisor-mensaje-receptor ya no alcanza; hoy todos los receptores somos emisores, todos tenemos palabra pública. No, no somos todos iguales. Pero cuando la época cambia un paradigma, o le ponemos atención o nos lleva puestos.

Tan complejo es el fenómeno que vivimos hoy que quienes más enfrentan a los Godzillas, a los monstruos digitales, no son otros que nuestros adversarios: los King Kong. No se resignan a no ser ellos los árbitros de la palabra pública.

Los nuevos malos

Uno de los pocos que desde el inicio hizo público su enfrentamiento abierto con Facebook (uno de los cuatro megamonstruos junto con Google, Amazon y Apple; por eso la sigla GAFA que los identifica) fue Murdoch. Durante un encuentro de empresarios en Idaho, él y Robert Thomson (CEO de News Corp) le dijeron a Mark Zuckerberg que ya habían sido lo suficientemente pacientes con Facebook y Google y que iban a dar batalla. Ya habían captado casi todo el mercado de la publicidad y no iban a tolerar que también amenazaran el negocio de la circulación de noticias. ¿El nudo?, determinar si FB y Google deben ser reguladas bajo el mismo parámetro de los medios, es decir, si son o no editores del relato de la realidad.

En eso está Estados Unidos. Republicanos conservadores como Ted Cruz hasta la demócrata Elizabeth Warren intentan juntos ponerle el cascabel al gato. ¿Han podido? No. Porque así es el nivel de poder de los dueños del territorio digital. Y porque, por otro lado, ¿cómo se regula lo que no tiene fronteras físicas? ¿Con qué límites jurisdiccionales? “Tenemos todo lo que tiene un país, menos el territorio. Pero los territorios son obsoletos, son muy pesados, son un estorbo”, decía el personaje de esa mujer.

En esta cruzada, además de demócratas y republicanos, están el Papa Francisco, que en su encíclica Fratelli Tutti demostró ser de los pocos en el mundo que comprenden cabalmente el fenómeno; la Unión Europea (se la pasa multando a los enormes sin que pareciera eso hacerles ni media cosquilla); varios Estados en un intento de creación de una especie de Unesco de regulación mundial de la comunicación que no ha visto ni los borradores aún; el Pentágono, la CIA y la NSA agarrado de sus partes más débiles porque el Estado de los Estados Unidos no es dueño de sus nubes de datos sino que eso les pertenece a Amazon y a Google; y el malo más malo de todos los malos: Donald Trump, el hombre naranja que este año inició formalmente una demanda contra ellos.

Trump tiene suspendidas sus redes sociales desde el asalto al Congreso del pasado 6 de enero. Muchos celebraron esta cancelación. Probablemente sin darse cuenta de que lo que estaban celebrando era que las corporaciones más poderosas del mundo pasasen a ser los árbitros que deciden quién puede o no tener palabra pública; que estaban festejando la existencia de un suprapoder por encima del presidente del país más poderoso del planeta. En la demanda, el equipo legal de Trump argumentó que las empresas de tecnología eran actores estatales y, por lo tanto, se les aplicaba la Primera Enmienda.

Las empresas de redes sociales y de la red están autorizadas, según la ley actual, a moderar sus plataformas. Están protegidas por una disposición, conocida como Sección 230, que exime a las empresas de Internet de la responsabilidad por lo que se publica en sus redes y también les permite eliminar las publicaciones que violan sus estándares.

La demanda solicita a la corte que declare inconstitucional la Sección 230 y que restaure el acceso del expresidente a los sitios.

Trump quiere probar que las Tech son editoras. Un argumento que viene esgrimiendo desde el día uno Joseph Stiglitz, alguien que, salvo desde una realidad paralela, nadie podría acusar de defensor de los archipoderosos del mundo.

Todos extrañamos el mundo binario de malos y buenos, pero eso ya no corre más. Ahora, hay que mirar con un ojo lo que hacen los King Kong mientras al mismo tiempo aprendemos a cuidarnos de los Godzilla.