“La Copa América llega para inspirarnos”, dice un absurdo aviso publicitario. A los pocos segundos, la pantalla evidencia cómo se apresta un grupo de jugadores a iniciar un partido de fútbol. La cancha está vacía, son tiempos de pandemia. Pero resuenan inusitados estallidos. No son barras futboleras. Es la Copa Libertadores. Es en la colombianísima Barranquilla. Son policías asesinos que reprimen al pueblo, en una de las ciudades, precisamente en la que dentro de un mes la selección local debería enfrentar a Ecuador.Al rato un equipo uruguayo no salía de su hotel en Pereira, amedrentado por la balacera que ocurría en la acera. La ciudad lleva el estigma de haber sido sede del último fusilamiento amparado por la ley colombiana. Los fusilamientos ilegales, hoy se reproducen por doquier. Pero el alcalde pereirano se encargó de liberar el paso del plantel que dos horas más tarde de lo previsto debía iniciar su porfía deportiva. Gonzalo Bergessiom argentino, cordobés, capitán de ese equipo. Se enfrentó al árbitro en el sorteo previo, ante la TV al escuchar que -al estilo de un juez de boxeo ante dos tipos que al segundo van a intentar romperse la cara a trompadas- lo inducía a hacer “un buen partido”. Bergessio fue interrumpido pero se impuso: “Déjeme hablar. No podemos aislarnos de lo que pasa. Somos jugadores de futbol”. El match se inició de inmediato.

Episodios similares fueron recurrentes por estas horas. Dale que va. No necesitaron tirarle de la lengua a Marcelo Gallardo para que, mientras explicaba el juego, bueno o malo, de sus dirigidos, arrojó una frase: “Uno no se puede abstraer de lo que está pasando. El resultado es anecdótico. No podemos mirar para otro lado”. Bien dicho. Quince de sus jugadores, 24 horas antes dieron positivo de Covid para el superclásico de este domingo. Nadie dudó en jugarlo o postergarlo. Dale que va…

“No se piensa en la salud de la gente ni de los futbolistas”, espetó luego un espléndido delantero oriental, Edilson Cavani, con fallido o consciente incluido. El presidente de su país gestionó un generoso set de 50 mil vacunas Sinovac para ser utilizadas en la Copa América, al tiempo que su propia ciudadanía no las tenía aseguradas y la pandemia explotaba entre su gente, con récords de porcentaje de población contagiada. Mientras colombianos son asesinados por reclamar un país, un continente, un mundo más justo, la mísera Confederación Sudamericana, le otorgó a Uruguay la sede de las finales de las copas Libertadores y Sudamericana de este convulsionado 2021. No existe la casualidad. Ambas serán en el Centenario de Montevideo. Qué pena que El Estadio, mítico orgullo Celeste, fenomenal en historias épicas, haya sido mercancía de esos truhanes de la pelota.

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“Uno no se puede abstraer de lo que está pasando”, dijo Gallardo. Es la injusticia, el hambre, la muerte, la pandemia. Es la normalidad.
A Matías Jesús Almeyda, este periodista lo conoció en profundidad, durante una época dolorosa de su vida: al dejar de jugar al fútbol, se le dificultó el horizonte. Es lo que se dice un buen tipo. Honesto, perseverante, franco, de buen corazón. Pero así como durante la 125 dinamitó al gobierno de entonces, desde el lugar del muchacho surgido en la esencia del campo, ahora también mezcla cuestiones. Una billetera amplia y generosa, y la muerte de su padre por Covid, lo lleva a querer imponer su condición individual sobre un Estado y “comprar vacunas” para su pueblo, Azul. La derecha desenfundó de inmediato y descorchó al ver un caso propicio para tergiversar la realidad y pasarse por el forro la pandemia, la ética, la honestidad intelectual. Al Pelado, la eventual ignorancia política no lo exime.

Del mismo modo que su lejano pasado de “jugador del pueblo” tampoco lo exime a Carlos Alberto Tévez, uno de los que metió un denigrante amparo para no pagar un vuelto de su enorme fortuna (ganada en buena ley, por supuesto) sin detenerse un instante en que, el objetivo final es contribuir a gente que, como él, padeció la penuria extrema. Su propia piel, ahora afeitada por caros coiffeurs, tiene registro de ello. El Apache no es el único desclasado del fútbol. Claro que no.

Este juego sigue siendo el más apasionante, por lejos. Al menos para la mayoría de los habitantes de estos lares. Al menos para quien firma estas reflexiones. Inigualable, atrapante, hechicero, enamorador. Quien alguna vez haya colgado una pelota de un ángulo, o escuchado el chasquido del cuero ajado en una red deshilachada, puede dar fe. Pero, como reflejo de la sociedad que lo sostiene, también es epicentro de fascismo, injusticias, miserias, hipocresías, bravatas. Y contiene a tanto papanata, descerebrado o granuja que reditúa de esas condiciones. 

Son tiempos de ídolos de papel, de la “naturalización de la monstruosidad” (Fernando Borroni, dixit), de millones de muertos diarios por una enfermedad espantosa, de pobreza lacerante en todos lados, de disputas tales por la vida que sería banalizarlas si se apunta que llegan a las veredas de los estadios.

Que nada debe ser soportado porque sí. Que Colombia haya construido una sociedad signada por la muerte o que haga más de medio siglo que el Estado israelí somete a los palestinos. Que Europa nos mire con altanería o que Estados Unidos sea el vigía de Occidente y el horizonte de mucho tilingo que, entre tanto, hace lobby desembozado por Pzifer. Que en Argentina, Piñeyro se haga el distraído con la opereta de su avión; que Bullrich siga siendo la referencia icónica de una oposición servil y abyecta; que Larreta insista con su gesto de guasón para defender con obsesión una presencialidad escolar que defenestran todas las miradas responsables, científicas, calificadas; que Fibertel desoiga in aeternum al gobierno y persista con sus incremento; que la inflación sea invivible y que, encima, aumente, la nafta.

Que la pobreza en Argentina se cuente por decenas de millones. Que la riqueza se centre en un cada vez más reducido puñado de manos. Que se admita que haya que pagar una deuda que es manifiestamente espuria y fraudulenta… Que todo sea desechable y provisional (Serrat, dixit), insípido estúpidamente corriente. La lista sigue. Abruma por lo prolongada.

Así las cosas, el futbol no debería mirar para otro lado en todas las circunstancias. De una vez por todas. Aun cuando siga normalizada la teoría muy grondoniana, muy futbolera, aplicable sin tapujos para la realidad diaria, del “todo pasa”.