En los últimos años, la tecnología y la precarización del trabajo generó la multiplicación de repartidores callejeros. En tiempos de cuarentena, estos trabajadores son de los pocos habilitados para circular y se convirtieron en nexo clave para que alimentos y medicamentos lleguen a los hogares. Como antes de la pandemia, son en su mayoría extranjeros y jóvenes, aunque también los hay argentinos que pasaron los 40 y quedaron al margen del mercado laboral. Eso no cambió, lo que sí se pronunció es su alto grado de vulnerabilidad, con el virus circulando.

Roxana Simonpietri tiene 32 años y es de Caracas, Venezuela. Hace cinco años que vive en Flores y dos que trabaja de delivery. “Recién salí hace tres días, porque tengo miedo de contagiarme y contagiar a las personas que me rodean. Pero no podía quedarme en casa toda la vida”, dice, y asegura que “al ver que mis compañeros seguían sanos, tomé valor y volví a la moto”. De lunes a viernes está pendiente de la aplicación Treggo, y los fines de semana cumple con Rappi. Hace un año y medio atrás, trabajaba para Pedidos Ya, pero fue una de las damnificadas por un despido masivo. Ahora, sale provista de alcohol en gel, barbijos y guantes (ninguna de las dos empresas se los dio), y toma todos los recaudos posibles, como mantener distancia cuando entrega los pedidos o durante la espera de los mismos en los negocios. Con tal de no tocar nada a su alrededor, prefiere quedarse sentada en su moto, mientras espera que le caiga un nuevo pedido.

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Sergio Sosa es de Bogotá, Colombia, tiene 26 años, llegó al país hace once y hace uno y medio que es repartidor. Antes fue encargado de un negocio de venta de ropa para bebés, y luego de pedir sin suerte una mejora en su salario, tuvo que “independizarse”. Ahora trabaja para Treggo, fijo, de lunes a viernes por las noches, y por la mañana y los fines de semana está al servicio de Rappi y Glovo. Contrarreloj, busca sumar horas porque su mujer está embarazada de ocho meses y querría compartir algunas semanas en familia sin tener que salir a la calle. Por eso, arranca cerca de las 8 y vuelve a su casa de Villa Soldati poco antes de la medianoche. “La empresa que me contrató a través de Treggo me dio guantes, barbijo y alcohol en gel. Las otras, bien, gracias”, explica Sergio, e ironiza sobre la actitud de ciertos clientes: “Hay mucha paranoia. El lunes iba a entregar un pedido de pañales y cuando el cliente baja, me llama por teléfono para decirme que lo dejara ahí en el suelo. Me lo podía decir a través del vidrio, lo estaba mirando. Yo no le falto el respeto a nadie, también preferiría estar tranquilo en mi casa”. Dice que en Capital se mueve con mayor tranquilidad que en Provincia. “Acá mostrás el permiso, el DNI, chequean tus datos y lo de la moto y te dejan trabajar. En Provincia se ponen más duros y te dan más vueltas”. Sergio se pregunta si “elementos de computación o chips de telefonía celular son esenciales. A veces siento que me arriesgo y arriesgo a mi entorno por cosas que no valen la pena”.

Maximiliano Martín es de Villa Urquiza. Con 49 años y tres hijos, encontró en estas aplicaciones una salida laboral, luego de que la productora para la que trabajaba quebrara. “Estoy en Glovo y nos sentimos a la buena de dios. Apenas se decretó la cuarentena nos dieron a los laburantes que se acercaron al Glovoshop, en Chacarita, un alcohol en gel de 70 milímetros cúbicos, que son como los llaveritos, y un barbijo que se deteriora muy rápido”, subraya. “Antes, para ganar 40 mil pesos tenías que trabajar los siete días de la semana entre ocho y diez horas. Si no, no llegabas. Ahora es peor porque nos sacaron todos los bonos. Los compañeros que tenemos familia sabemos que nos la estamos jugando cada vez que salimos a la calle”, añade Maximiliano, que sabe que si le pasa algo la empresa no se hará cargo de nada, como el 6 de enero de 2019, cuando un auto chocó su bicicleta y no le pagaron el arreglo.

Luz Huamani Chávez es peruana, aunque buena parte de sus 23 años los vivió en la Argentina. Tiene contrato de trabajo con Pedidos Ya por tres horas diarias, y después factura para otras apps como Treggo o Rappi, y hasta la semana pasada también sumaba horas en Glovo, pero le bloquearon la cuenta porque se negó a exponerse a llevar latas de cerveza a una clienta, por considerar que se arriesgaba por un pedido que no era vital. Sus padres viajaron antes de la cuarentena obligatoria a Perú y quedaron varados allí. Por eso, todos los días deja solo a su nene de siete años en el barrio Zavaleta, donde vive, para arrimarse al centro y loguearse para que no la echen. “Sé que me corresponde quedarme en casa, pero la empresa todavía no me dio una respuesta y no me puedo dar el lujo de que me den de baja”, se lamenta.

Cambio de hábitos

Un informe de Glovo sostiene que durante la cuarentena los clientes argentinos han cambió sus ritmos y productos de consumo. Antes, la mayoría de los pedidos se hacían en el rubro restaurantes. Hoy, los supermercados duplicaron su volumen y con las farmacias encabezan el ranking.

Los productos más adquiridos en el super fueron huevos, queso, jamón, leche y manteca. Respecto a lo consumos en la farmacia, los pedidos redundan en alcohol en gel, alcohol etílico, desinfectante en aerosol, termómetros y guantes de látex, cuando antes la gente pedía preservativos, pañales, toallitas femeninas, leche de fórmula y papel higiénico.


Proyecto para cuidarlos

El bloque de legisladores porteños del Frente de Todos presentó un proyecto de ley para que las empresas que trasladan alimentos y bienes gracias al uso de aplicaciones de celulares, como Rappi, Glovo y Pedidos Ya, entre otras, garanticen el suministro de elementos como mascarillas, guantes y alcohol en gel para todos sus trabajadores.

La medida contempla que se establezca un mecanismo de denuncia anónima, por teléfono y por redes sociales, que permita al Gobierno de la Ciudad la fiscalización del cumplimiento efectivo de la norma.