De la ternura a la admiración, con escalas en la sorpresa y la esperanza.

Así de amplia es la gama de sensaciones que produce leer Disputar el presente. Una generación en busca de nuevos sentidos, el primer libro de Lucas Grimson que acaba de publicar Paidós y que es una obra que conmina a conocer y escuchar a las y los adolescentes, ese colectivo que suele ser vilipendiado en los medios de comunicación a partir de estereotipos.

“¿Es la generación de cristal o es la que tiene los cristales rotos por todos lados?”, se pregunta Mercedes D’Alessandro en el prefacio, desarmando precisamente uno de los tantos prejuicios que suelen ensombrecer los abordajes sobre adolescencias y juventudes. “Este libro es un alegato de sensibilidad para que despertemos”, reconoce Dora Barrancos. “El libro no sólo es una lectura e interrogante sobre la política en tiempos de deconstrucción sino al mismo tiempo la deconstrucción propia del autor”, resume Darío Sztajnszrajber.

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Son apenas aportes que acompañan la lectura de un libro en el que la voz central la asume, la reclama, la ejerce Grimson, un joven nacido en 2001, un año que se define por sí mismo. Ya de adolescente, Lucas empezó la secundaria “con toda la curiosidad que cualquiera tiene por ese mundo nuevo”. Cinco años después, la terminó convertido en un militante que ahora estudia Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires.

Ese recorrido es el que se desentraña a lo largo de más de 300 páginas en las que Grimson cuenta cómo fue el impacto de los poderosos feminismos en los colegios, las luchas en las calles, los procesos de deconstrucción, el caos en el reacomodo de los vínculos amorosos, las violencias de esta generación que a veces parece más libre, a veces más descolocada. Y que quiere discutirlo y cambiarlo todo. Pero que, de ninguna manera, “se volvió de derecha”, otra de las tantas falacias que suelen desperdigarse en la prensa en un afán totalizador que no indaga en las cruciales diferencias de las militancias veinteañeras. Porque ni es una generación homogénea, ni está exenta de contradicciones.

“Criticamos ese modo hegemónico establecido y nos organizamos para visibilizar la diversidad”, dice Grimson convencido de que la participación juvenil es una herramienta central de transformación. Ahí está la legisladora Ofelia Fernández como ejemplo generacional.

Tiene, también, muchas preguntas: ¿Cuáles son los límites de repensar? ¿Todo tiene qué ser cuestionado? ¿Qué hay del otro lado de la deconstrucción? ¿Cómo son esas nuevas formas de militancia y organización que van más allá de la política tradicional? ¿Qué nos parece piola del amor? ¿Por dónde encaramos, como varones, la construcción de identidades que desarmen la masculinidad hegemónica? ¿Cómo practicamos una sexualidad libre y responsable? ¿Cómo entender la libertad de forma colectiva? ¿Cómo ser varón sin ser hegemónico?

Grimson está buscando las respuestas, pero no desde el narcisismo solitario. Gracias a los valores familiares y a su formación académica tiene conciencia de las desigualdades y las injusticias, de la importancia de la solidaridad, de lo mucho que hay por hacer. Conoce y defiende el valor de un “nosotros” y lo traslada a su vida y a su escritura. Por eso, confía: “la lucha desde el amor (y el amor en la lucha, aunque suene cursi), la sensibilidad y la construcción colectiva marcan el camino que transitamos”.

Así sea.