Qué importante es la creación de derechos. Me deja triste no tener claro si tomamos nota de eso. Del valor del Estado cuando incluye, cuando hace el bien sin mirar a quién. Me surge esta reflexión porque vi la película Yo nena, yo princesa, de Federico Palazzo. La niña transgénero que consiguió el primer documento en la Argentina y en el mundo. La madre maravillosa que pensó en la felicidad del ser que había dado a luz y no en los prejuicios. Esa madre que encontró la respuesta del Estado. Desde mi condición de espectador entrenado digo, desde ese lugar, que la película es muy buena, tan humana, tan creíble.

Me permito señalar que las actuaciones de Eleonora Wexler y Juan Palomino tocaron intensamente mi sensibilidad y mi corazón. Son inmensos. Inolvidables. Protagonizan a esa madre increíble y a ese padre desconcertado. Cada uno está fantástico. Y el director, Palazzo, cuidó a todos los actores y actrices, de manera excepcional, como pocas veces.

El sonido, la imagen, el ritmo de la historia: en fin, el cine. Son de un altísimo valor. Pero más allá de la película, que me permito recomendar desde el alma y desde la percepción del espectador, algunas sensaciones y reflexiones me conmocionaron, como la misma trama de un film. Por ejemplo, la que me hace enfatizar: viva el Estado.

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Me cambia mucho el mundo, se lo cambia a mi generación. Por suerte, no todos se aferran como yo al pasado, apostando a que vuelve así nomás, con un chasquido de los dedos. Hace unas horas fui a uno de esos lugares de multiplicidad de salas a ver la película que nos ocupa en estas reflexiones apuradas. Llegué al cine, caminé hacia los mostradores a sacar mi entrada y no había nadie. No encontré a nadie.

Me paré ahí, frente al mostrador como si fuera una casa en que abrís la puerta y solo hay eso, una puerta. Atrás, nada ni nadie. Cómo puede ser que no dejen a una persona a la que se le pueda preguntar: «Oiga, ¿no hay una boletería?». Solo me encontré con un señor de seguridad, muy amable, quien algo me dijo del primer piso. Y como vio que yo no lo entendía mucho, metió la mano en el ascensor y marcó el piso. Me dejé llevar. Pero resulta que antes lo habían llamado de otro lado, y terminé en cualquier sitio, en el tercer piso. De pronto, me encontré mirando los autos que estaban allí estacionados. No sé exactamente de qué manera, pero volví al piso “cero” y caminé como el que espera un rescate. Que alguien se diera cuenta de lo que me pasaba. Pero la gente no se imagina que uno se vuelve así de impotente en estos casos.

Allí parado, pensé en mis compañeros que tienen infinitamente mayores conocimientos tecnológicos de los míos, que persisten en un subsuelo. Supuse que sí podrían entender un poco mi desventura y rescatarme. Pero al final, vi gente en un lugar, contra unas máquinas, y me acerqué, para mirar qué era eso. Como si observara desde un barranco y allá abajo solo se vieran piedras filosas, con miedo a caerme, con miedo a desbarrancarme al tocar una de esas máquinas.

Hasta que le hablé a un chico: un pibe que resultó bien piola.

–¿Me ayudás?

–¿Para cuál querés?–, me dijo.

Yo nena, yo princesa, ¿la dan?–. En mi infortunio dudé, como los afiches aparecen y desaparecen de los paneles… Ya nada tenía claro, a esa altura de los acontecimientos. Me había mareado. Esto es lo que me había pasado.

–Sí, la dan. Es la que yo voy.

Hizo tac, tac, tac, me mostró un mapa de la sala y me dijo: «¿Dónde querés ir?»

Casi sin entender qué hacía, puse el dedo, apunté esperando acertar que fuera una butaca el lugar donde estaba poniendo el dedo y el pibe otra vez hizo tac, tac, tac. Me hizo pasar la tarjeta por un sitio. Yo miraba deslumbrado y agradecido, como si un náufrago me hubiera tomado la mano y me hubiera subido al bote salvavidas. Uso mucho esa idea de salvarme en medio de un naufragio. De cuando todo parece perdido y te salvan.

Después, no funcionaban las escaleras mecánicas. Cosa natural, no pensada para los veteranos. Y peor cuando las rodillas de este veterano estaban fatales, peores que nunca. Debí buscar cómo subir al último piso, a la sala 8 dónde daban la película. La sala estaba repleta y esa fue la primera satisfacción.

Antes recordé que soy muy dependiente y siempre estoy derivando a que alguien haga las cosas. Pensé que a mucha gente de mi generación le debe suceder eso. Es una ruptura muy fuerte con ese pasado bastante inmediato en que todo era de otro modo. Quizás es una rebeldía: ¿cómo no va a haber una persona, una sonrisa, alguien, cuando te acercás a un mostrador? Y que te respondan, te traten bien. Ingresás a pedir algo a un gran salón sin alma y no sentirte desairado. Encima, la caída de puestos laborales que eso conlleva.

También recordé en ese momento un pensamiento metafórico que me embarga recurrentemente: yo me morí en 1970, se murió mi mundo. Tiene que ver con la manera de trascurrir el tiempo: por ejemplo, había trabajo para todos, era un mundo con trabajo. Escribía cosas como la de protestar por que en el mundo hubiera quien golpeara chapitas durante seis horas por día y solo eso: ojalá ahora todos pudiéramos estar con trabajo. Y también recordé que en ese tiempo me pasaba cuatro o cinco días por semana en el cine de mi pueblo, Cardona. En la fila 5 o 6, asientos 19 y 20: con mi amigo Beto no nos perdíamos película. Vendíamos limones, hacíamos cualquier cosa para tener para la entrada. Pero un día me fui del pueblo y cuando volví, cuatro o cinco años después, había allí un supermercado. Al cine lo había llevado la televisión, como ahora a la televisión la lleva por delante Netflix o Amazon.

La otra arista de esta historia se engancha con la satisfacción de haber contemplado que el cine de Palermo, donde se dio la película, en ese media tarde del domingo, se colmó de los espectadores. Como tantas y tantas salas, con esas películas requieren de un promedio venta de entradas para seguir en cartelera.

Después vino la película.

Estaba por comenzar, me encontraba sentado y lo vi entrar al pibe. Lo vi tan libre y yo tan prisionero del pasado. Pensé: estoy tan grande que lo último que me falta es votar derecha.