Los vinos orgánicos llegaron a la Argentina para quedarse. Entre 2018 y 2020, el consumo medido en litros se multiplicó por la friolera de 6000, un verdadero estallido. Pero así y todo, representa una fracción muy reducida del consumo total de vinos en el país. Pero el argentino es una persona curiosa y si tiene unos pesos, apuesta por lo nuevo, y allí el vino orgánico está a la orden.

En rigor, esta presencia no es tan nueva ya que el concepto de orgánico, que tiene que ver con una forma de producir, se aplica desde hace mucho, aunque las formas que adopta el carácter orgánico han ido variando. Lo cierto es que las variedades de uva que se producen en las fincas orgánicas son las mismas que en las que son “menos orgánicas”, es decir, con menos naturaleza y más industria aplicada.

Las bodegas le imprimieron mayor velocidad al despliegue de vinos orgánicos en los últimos cinco años. Pesó tanto el crecimiento del interés del público local, pequeño pero notorio, como la posibilidad de exportar a buen precio. “Pero también por convicción y compromiso con el medio ambiente”, dice Pancho Barreiro, un periodista especializado en vinos y animador de las ferias VIOS, que aglutinan oferta y demanda y que sirven de instrumento de evangelización del consumidor local.

“El consumidor argentino es muy curioso y cada vez se anima más a probar diferentes propuestas. Por ejemplo, se ve un fuerte crecimiento en vinos rosados y naranjos, aún con un mercado chico, pero con fuerte crecimiento”, detalla Barreiro.

El interés por el vino orgánico también movió el amperímetro: el consumo pasó de 2970 litros en 2018 a 167.125 litros en 2020. Si bien el crecimiento acelerado no equivale a masificación, ha cambiado la percepción del público.

“Hace diez años –subraya Barreiro–, la imagen de los vinos orgánicos no era tan positiva: se creía que eran vinos más ‘suavecitos’, con poco gusto. Como había menos bodegas, se los catalogaba como una categoría única y si alguno no gustaba, quedaban con la imagen de que no eran ricos”.

El cambio es que el vino orgánico está saliendo de la “categoría propia”. Eso ayuda a comprender que son una forma de elaboración, de compromiso con el medio ambiente, y que existen en todas las categorías. “Alguno te puede gustar más o menos, pero las personas que consumen dejan de globalizarlo en una categoría propia”, agrega.

Se agota

El caso de Bodega Cruzat es característico de esta nueva realidad. A fines del año pasado lanzó su primer espumante orgánico. “La primera partida 2021 se agotó en dos semanas”, señala Andrés Heiremans, gerente general de la firma.

Cruzat decidió entrar en este mercado al observar que “es una realidad que en Argentina y en el mundo existe una demanda creciente de productos elaborados sin químicos y sin aditivos”, según Heiremans. Este ambiente calzaba justo con una política de hacer productos “lo más naturales y amigables con el medio ambiente posible”, agrega el ejecutivo. “Nuestro objetivo es que la uva se exprese en todo su potencial en cada uno de nuestros productos. Por eso, lanzar nuestro primer espumoso orgánico fue dar un paso más en ese camino. Es un producto que está totalmente alineado con la marca”, dice.

Hacer un vino orgánico tiene sus retos. “El principal desafío al elaborar un espumante orgánico es el enorme y constante trabajo diario de prevención que el equipo de enología debe realizar ya desde el viñedo, para evitar tener que realizar curaciones que requieran utilizar productos químicos”, advierte Heiremans.

Barreiro coincide y agrega una vuelta de tuerca: “Más allá del compromiso en la forma de trabajar los viñedos y los desafíos que conllevan las prácticas orgánicas en enología y agronomía, el mayor desafío es la comunicación. Si bien cada vez más bodegas comienzan a certificar sus viñedos y a lanzar productos orgánicos, todavía falta un mayor compromiso de todos los actores de la industria en comunicar sus productos orgánicos, sobre todo en el mercado doméstico”.  «