Este domingo 14 de noviembre el día termina antes. La cronología del reloj no importa. Así como los ciclos históricos no encajan de modo lineal con los siglos, las jornadas políticas tampoco. Los resultados de una elección absolutamente atípica por el contexto de la pandemia marcarán cómo sale a la cancha el Frente de Todos para disputar el segundo tiempo del partido que comenzó en diciembre de 2019.

La primera parte estuvo marcada por la tragedia bíblica de la peste. El presidente, Alberto Fernández, mirando la historia reciente, partía de la base de que conservando al peronismo unido se podía  garantizar un piso electoral de alrededor de 40 puntos, en una mala elección, y de un 45 para arriba en una buena. En pocas horas se verá si las urnas no le dan algo de razón a ese cálculo.

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La derecha, mientras tanto, va por todo. Las declaraciones de María Eugenia Vidal diciendo que de ser posible se quedarán con la presidencia de la Cámara de Diputados, son parte de un paquete en el que la premura es una marca central. ¿Por qué? La estrategia comunicacional del antiperonismo mediático y político durante la pandemia fue sostener que lo que ocurría en el mundo -muertos, derrumbe económico, restricción de la vida social- era por el Covid. Y esto era así en todas partes excepto en un país: Argentina, en el que lo mismo ocurría por responsabilidad del gobierno.

El resultado de las primarias mostró que algún éxito tuvo esa estrategia. Quizás porque le dio a un sector de la población alguien a quien echarle la culpa por tanto sufrimiento,  más allá de todos los aciertos y errores que el Ejecutivo pudo haber cometido en la administración -casi imposible- de la peste.

La oposición argentina, mediática y política, fue la más virulenta de toda la región en su ataque al oficialismo. Quizás porque en la mayoría de los países hay presidentes de derecha y entonces los cuidan. O porque encontraron en la pandemia una oportunidad doble. Primero: culpar al peronismo por las consecuencias del Covid. Segundo: tapar el tendal de pobreza, inflación y endeudamiento que dejó Mauricio Macri. El consenso como eje central de la acción de gobierno lamentablemente colaboró con suavizar la herencia macrista.

Es importante poner todo esto sobre la mesa. La derecha sabe que el resultado de las primarias se explica por la pandemia. Al despejarse el frente sanitario, el contexto de los próximos dos años será incomparable. Es aquí donde aparece la carta de la desestabilización. Es ahora, gracias al Covid, que el peronismo en el poder quedó contra las cuerdas. En 24 meses, sin el factor pandémico, la situación puede dar un giro de 180 grados. Y la derecha lo sabe.

La apuesta es crear un clima de desastre ya no sanitario sino con el dólar informal, los casos de inseguridad y la debilidad política. Es lo que viene. Porque para imponer de nuevo un ajuste estructural hace falta un descalabro. Es un condimento necesario y reconocido por el propio Macri, que en varias entrevistas aceptó que en 2015 la población no había votado por un cambio de modelo económico sino de estilo político.

La intensidad y el margen para la maniobra dependerán del resultado de este domingo. Si el peronismo consigue un piso superior al de las PASO, el escenario ganará equilibrio. Ocurrirá también dentro del oficialismo, donde los pases de factura por las primarias produjeron un tembladeral. De repetirse un resultado similar al de septiembre, el sacudón político continuará. Y enderezarlo precisará de la unidad del FdT, aunque sea a regañadientes, y de una fuerte dosis de audacia en las acciones del gobierno.  «