Mientras los principales mandatarios del mundo debaten sobre el cambio climático en Glasgow, Escocia, en estas tierras sigue su curso una de las mayores deudas ambientales del país. La Cuenca Matanza–Riachuelo es una de las más contaminadas del planeta. Su historia está llena de percances, retrocesos y avances, que siempre saben a poco, a pesar de tener una sentencia firme de la Corte Suprema desde hace 15 años, que obliga al Estado nacional, bonaerense y porteño a que realicen acciones específicas para sanearla. Poco se sabe de cómo está hoy, tras año y medio de pandemia. Este diario recorrió buena parte del espejo de agua para intentar dar con alguna respuesta.

La navegación arranca en La Boca, donde un puñado de patos se anima a nadar y a meter la cabeza dentro del agua, cerca de la desembocadura con el Río de La Plata, adonde confluye la basura a través de sus afluentes, atravesando 14 municipios bonaerenses y la Ciudad de Buenos Aires. Unos metros antes del puente de la autopista que conecta con La Plata, comienza la gestión de la Autoridad de Cuenca Matanza–Riachuelo (Acumar), el ente autárquico encargado por mandato de la Corte para sanear la región.

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Foto: Edgardo Gómez

Allí se encuentra la última barrera flotante de residuos sólidos que gracias a una malla subacuática intenta contener buena parte de la basura. “Ese era el sistema que se utilizaba hasta agosto principalmente. En el nuevo contrato (por cuatro años) incorporamos una limpieza más activa, que es ir a buscar el problema donde se genera, aguas arriba”, explica Ricardo Rolandi, director de Residuos de Acumar. Será el encargado de describir los paisajes por donde nos lleve Hugo, uno de los capitanes al servicio del organismo que más conoce los obstáculos bajo el agua: desde escombros que quedaron tras la construcción de viejos y nuevos puentes, hasta grandes piedras, ramas o muelles derruidos.

En total, hay 21 de estas barreras que estiradas una sobre la otra tendrían unos 1200 metros de largo. Fueron desplegadas en todo el Riachuelo y en algunos arroyos como Don Mario y Morales de La Matanza, y el Ortega de Esteban Echeverría. “Le adicionamos una serie de catamaranes que por su poco calado, profundidad y baja altura, pueden pasar debajo de los puentes e ir a sitios de difícil acceso”, añade Rolandi. La flota está compuesta por 10 embarcaciones: seis extraen basura, tres son para tareas operativas y completa una lancha de inspección. En promedio, los barcos grúas sacan unas 10 toneladas de basura por mes.

Entre otras cuestiones, el organismo controla y limpia periódicamente 300 basurales a cielo abierto de la región, de no menos de dos hectáreas cada uno. Unos 1300 trabajadores distribuidos en 49 cooperativas desmalezan las orillas y tratan de mantener fluidos los arroyos. Además, una decena de camiones se encargan de trasladar la basura a los rellenos sanitarios de la zona.

Las primeras semanas de cuarentena rígida el año pasado supuestamente deberían haber ayudado a bajar la degradación ambiental del Riachuelo por el parate industrial. Pero ni la cuarentena dio un respiro. “Uno podría haber pensado que durante la pandemia bajó la basura en la cuenca, pero a pesar de la poca actividad comercial e industrial, los residuos subieron. La gente se quedó en sus casas y aumentó el trabajo informal en los hogares, con lo cual se generó más basura”, analiza Rolandi. Y aporta un dato clave: el 70% de la contaminación está vinculada con los residuos cloacales. De fondo, queda a la vista la desembocadura de los caños y canales clandestinos. Esta situación sobresale en Villa Caraza, en Lanús, o la Villa 21-24, en CABA, pero se mantiene en los más de 2000 km2 de superficie de la cuenca. Gran parte de este problema se resolverá cuando concluyan el Sistema Riachuelo, que mejorará la conexión cloacal de unas 4,5 millones de personas, y sumará a la red a un millón y medio de habitantes.

Otra clave es la relocalización de miles de familias, sobre todo en el Camino de Sirga, la franja costera del río. Sin embargo, CABA sigue demorando las nuevas viviendas, sobre todo para la 21–24.

“Acá el agua casi no corre, camina muy poco, porque es un río típico de llanura. Eso atenta contra la limpieza porque no hay tanto escurrimiento y prácticamente carece de oxígeno, no es como otros ríos”, precisa Rolandi.

Foto: Edgardo Gómez

Consultado por este medio, el director ejecutivo de Acumar, Daniel Larrache, asegura que con los proyectos en ejecución se verán «cambios significativos en la calidad de la cuenca, como la construcción de un parque industrial con una planta de tratamiento para la industria curtidora en Lanús, el traslado del Mercado de Hacienda a Cañuelas, la readecuación que se hizo en el polo petroquímico de Dock Sud, el avance de las redes clocales y las plantas de Aysa en Lanús, Fiorito y Laferrere”.

A eso se suma “el control de la adecuación ambiental de las industrias que vuelcan en la cuenca. Ya deben ser menos de 800 los agentes contaminantes. Vamos hacia una producción limpia y sustentable, con normas cada vez más severas”, agrega. Con las obras finalizadas y el deseado cumplimiento de las empresas, entre 2023 y 2024, «la naturaleza debería ir recuperándose de a poco”.

Foto: Edgardo Gómez

Sólo el 28%

Con lentitud avanza la liberación del Camino de Sirga, uno de los mandatos más importantes de la Corte para sanear al Riachuelo. El jueves pasado comenzó la mudanza de 41 familias de la Villa 21-24 al complejo habitacional Orma, también en la zona. En noviembre se prevé el traslado definitivo de 188 familias.


En 2020 se relocalizaron 357 familias en los complejos Mundo Grúa y Alvarado, también de la Ciudad de Buenos Aires. Con estos traslados, se alcanzará apenas el 28% de cumplimiento de lo establecido en el Convenio Marco que estipula 17.771 soluciones habitacionales. Entre 2016 y 2019 CABA entregó un promedio de 129 viviendas al año.