El rugby es un deporte que se define a sí mismo como una actividad que promueve valores altruistas y de construcción colectiva. Y es cierto que el modelo formativo del rugby tiende a fortalecer los lazos internos entre sus miembros, pero como contrapartida también puede producir cierto sentimiento de desprecio por la idea del otro. Esa construcción colectiva se realiza en nombre de una escuela de vida que promueve valores como la caballerosidad, el honor o la camaradería, pero que al mismo tiempo lo que hace es impugnar otro tipo de escuelas de vida. Eso ocurre porque la cuestión del rugby en la Argentina y a lo largo de la historia ha permanecido vinculada a la idea de un espacio de distinción sociocultural abierto a las clases dominantes.

Se trata además de un espacio que no suele ser tan democrático como se argumenta desde su interior. Diría que esa afirmación se encuentra más cerca del mito que de la realidad. Al mismo tiempo el acceso a él tiene ciertas restricciones, de clase por un lado y en términos de masculinidades por otro. Ambos elementos se conjugan para generar un modelo de varón que remite a los actos de ver y de ser visto, una exhibición en la que se proyecta la necesidad de que alguien certifique esa idea de hombría como verdadera.

Sin embargo no me atrevería a decir que aquello que se impulsa desde el rugby sea una mala educación, sino una educación que forja cierto tipo de subjetividades que tienen que ver con un tránsito por instituciones similares. Esto incluye escuelas, universidades, clubes, la Iglesia en el caso de quienes son católicos y ciertas profesiones, en su mayoría asociadas con el pensamiento liberal. Y por supuesto la familia, que es una institución muy potente, en cuyo núcleo se reproduce un determinado conjunto de valores y prácticas que son regulares entre quienes forman parte de la comunidad del rugby. Es por eso que no hablaría de una mala educación. En su lugar diría que el del rugby es un espacio en donde el capital económico, el capital cultural y el capital social también están ahí para ser exhibidos, como parte de aquel modelo de hombría que necesita de hacerse notar para tener sentido.