Ya no es novedad. Pero la ciencia suma evidencias de que el modelo agrícola basado en el uso de agroquímicos deja su huella en el ambiente, con los efectos que eso conlleva. Un trabajo realizado desde el Centro de Investigaciones del Medioambiente (CIM) -que depende del Conicet y de la Universidad Nacional de La Plata- demostró que toda la cuenca del río Gualeguay presenta altas concentraciones de glifosato, tanto en el curso principal como en sus afluentes.

La investigación fue realizada por Tomás Mac Loughlin, Leticia Peluso y Damián Marino, quienes además detectaron la presencia de insecticidas piretroides como la deltametrina y concentraciones de herbicidas a base de atrazina.

El artículo científico fue publicado en la revista Science of The Total Environment. Los especialistas tomaron muestras sobre 13 sitios dentro de la cuenca del bajo Gualeguay, en las distintas estaciones del año. “El plaguicida detectado con mayor frecuencia fue el glifosato, junto con su metabolito ácido (aminometil) fosfónico (AMPA), en el 82% y el 71% de las muestras de agua superficial y en el 97% y el 92% de los sedimentos del fondo, respectivamente; seguido de la atrazina en el 73% de las muestras de agua”, documentaron.

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Como explican Mac Loughlin, Peluso y Marino, el glifosato puede transportarse largas distancias disuelto en el agua. “En una cuenca hídrica tan grande como el río Gualeguay (uno de los mayores ríos de la Mesopotamia, que discurre por la provincia de Entre Ríos), haber demostrado que es un contaminante pseudo-persistente, que se acumula en el tiempo, hace al agrotóxico súper relevante, porque implica que el ambiente está superado en su capacidad de degradarlo por la cantidad que ingresa y por lo tanto la única forma de resolver el problema es dejar de usarlo. Me parece el punto más destacable”, dijo Marino en diálogo con Tiempo.

Esa presencia por acumulación proviene de distintas fuentes: de la escorrentía de los campos fumigados, de las derivas que originan las aplicaciones, del lavado de maquinarias y de los plaguicidas que caen a través de la lluvia, enumeró el investigador.

“Si uno suma esto al historial de todas las publicaciones científicas, no solo de nuestro grupo sino también de otros investigadores del país, hay información y evidencia sobrada para poner de una vez por todas el tema del glifosato sobre la mesa como uno de los grandes problemas ambientales del momento. En función de eso, pensar en una regulación en una primera etapa para una prohibición en una segunda etapa”, alertó. Y resaltó la experiencia de México en ese sentido, que “va rumbo a la prohibición. Va caminando rumbo a eso en el año 2030. Y es muy interesante porque se basa en trabajos nuestros. México mira a Argentina para prohibir de a poco el glifosato”.

La situación en Colombia

El debate en torno al glifosato se instala en algunos puntos de la región. Semanas atrás, la ministra de Ambiente y Desarrollo Sostenible de Colombia, Susana Muhamad, presentó ante la Comisión Quinta del Senado de la República la agenda legislativa que pretende ejecutar durante el Gobierno de Gustavo Petro. Entre las cuestiones impulsadas desde la cartera de Ambiente se encuentra prohibir el uso bajo el mecanismo de aspersión de glifosato para la erradicación de cultivos ilícitos.

“Acaba con el ambiente y enferma a los campesinos”, definió Muhamad sobre el glifosato antes de anunciar el proyecto. En tanto, la Comisión de la Verdad advirtió sobre los “profundos impactos en la salud del medio ambiente y las comunidades, como enfermedades respiratorias y serias afectaciones en el campo sexual y reproductivo” por las aspersiones aéreas con glifosato, a las que relacionó entre otras cosas con casos de abortos involuntarios.

El glifosato fue señalado por la Organización Mundial de la Salud desde 2015 como probable cancerígeno y 18 países ya lo han vetado o restringido.