Fue por amor. Y, como el amor, fue espontáneo. Un acto sencillo y sentido. A cielo abierto. Porque el sentimiento no se esconde. Ni se gradúa. Ni se somete a especulaciones o mudanzas. Sale así. Te azota. Te deslumbra. Te compromete. Eso fue. La sublimación de un compromiso resumido en la palabra lealtad. Una lealtad de ida y vuelta. Tiempo de calidad destinado a la construcción del vínculo. Horas, vigilias invertidas en la fundación de una nueva Patria que contuviese a todos. O, al menos, a la mayoría.

(Carlos Caramelo, en “La Canción del Amor Movilizado”)

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Un 17 de Octubre más para que la imaginación vuele hacia las pinturas hechas a propósito de aquel pueblo con las patas en la fuente al cabo de una jornada épica, bien de pueblo como pocas veces se ha visto en la historia de la humanidad, no solo de la Argentina.

Aquello que se fue perfilando desde el día anterior con la convocatoria –como cuenta Caramelo en una bellísima nota–, tenía a la CGT protagonizando una reunión para ver si aceptaban imposiciones de los empresarios. O si iban a la huelga, que finalmente fue votada, pero por escaso margen, en términos relativos. Pero el pueblo otra vez impuso su decisión: fue por otro lado, como tantas veces pasó en la historia de ciertas cúpulas de la CGT. El pueblo se impulsó a sí mismo. Se dio máquina. Nadie sabe cómo, pero empezó a salir: primero a la vereda para ver quiénes pasaban; luego a las calles, y se sumaron. ¡Vamos a Buenos Aires! ¡Vamos a la Plaza de Mayo!

Se iban sumando de una manera tan de pueblo, que emociona de solo rememorarlo.

Después llegaría aquel rescate protagonizado por ese pueblo a Juan Perón. Esa excepcional historia que empezó a escribirse ese mismo día. Una historia de reivindicaciones. Una historia con los trabajadores pasando al frente. Una objetividad que fue brutalmente combatida dentro de la Argentina; que en general no fue comprendida fuera del país.

Ese 17 y todo el fenómeno del peronismo tuvo muy mala prensa. Debió soportar las peores ruindades durante muchísimos años. Tanto, que hoy mismo debe padecerlo. Tanto, que aun por estos tiempos cuesta calibrar con certeza, aquello que debería ser la pintura de una emoción interminable que abarcase a toda la Argentina, un sentimiento mayúsculo, una pasión desenfrenada que baña a los sectores más populares y que, por lo tanto, hiere, no deja impunes a los sectores más poderosos. Aun con las discusiones que esa dicotomía esencial debe producir.

Hoy sigue generando una fidelidad extraordinaria en buena parte del pueblo. Uno dice Perón y sabe que hay emoción. Uno dice peronismo y sabe que hay lucha. Uno dice lealtad y sabe perfectamente que se refiere a lo más popular. Lo escribimos en Tiempo, sin saber cuándo habrá, si efectivamente será “un día peronista”. Lo escribimos  a 76 años del día en que se explicitó en las calles la más conmovedora de las demostraciones de lealtad. Nada menos. Se entiende que el pueblo está perfectamente representado cuando hablamos de peronismo. Y que los verdaderos peronistas, sean de un sector o del otro, sean más afines o menos a las consignas fundacionales instauradas por el propio Perón y por Eva, saben que su obligación es luchar por ese pueblo. Aunque también saben que enfrentan enemigos descomunales, feroces, que para fustigarlos, castigarlos, dominarlos, colonizarlos, siempre les harán y les dirán las cosas más abyectas.

Quien escribe estas líneas supo ser un antiperonista más, a distancia, y sin conocer a ciencia cierta la realidad concreta. Por lo que los medios de comunicación, en Uruguay en este caso, publicaron con respecto a Perón y al peronismo, antes y en buena medida, también ahora. Así creció, con ese prurito, con ese prejuicio, hasta que fue un habitante más de la Argentina y pudo palpar esa realidad a flor de piel. Por supuesto, sobre todo de la Argentina posterior a 2001, con todo lo que vino en los primeros 15 años de este siglo.

Por todo eso, muy rápidamente uno puede aprender de qué se trata cuando hablamos de Día de la Lealtad, de peronismo y de pueblo. Caramelo describe el romance de un conscripto y una joven que trabaja cama adentro y que tiene libres solo los domingos. Que se encontraban en la Plaza. Describe ese amor como un amor de pueblo. Un amor peronista que sostiene el amor hacia todo lo demás, a los derechos, a las reivindicaciones.

En las próximas horas lo volveremos a verificar en las calles. Aunque la CGT, coherentemente con todo aquello que pasó en el ’45, vuelve a vivir el 17 de Octubre por fuera de ese pueblo, y se prepara para festejarlo el 18… Como bien dice Caramelo en el final de su relato, que el 18 celebren los empresarios… Marca es que no siempre la CGT marcha acompasadamente a ritmo del latido del pueblo, y de sus exigencias.

Claro que sería justo, maravilloso y necesario remarcar que no les pase lo mismo a otros sectores políticos del movimiento, cualquiera que sea.

Pero esa es otra historia. Más contemporánea, aunque resulte compleja de entender. Lo bueno es poder relacionarla con aquel día indudablemente glorioso en el corazón del pueblo peronista, en el que un sector siempre humillado pudo aliviar sus patas en la fuente así como, fundamentalmente, pudo aliviar la carga de dolor en su alma. Y pudo empezar a aliviar la esperanza de que impere la solidaridad y de que la injusticia no sea tan grande.

Ese sector que se construyó a sí mismo, alrededor de Perón. A tal punto, que ya no se sabe si Perón creó a ese pueblo o ese pueblo lo creó a él. Como decía Costantino con la sonrisa de Gardel. Ese pueblo que necesitaba un líder, lo necesitaba tanto, que lo fue amasando, construyendo con sus propias manos. Y les salió. «

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Movilizar es parte de la épica. Más allá de la opinión de consultores, gurúes, chamanes o nigromantes. Y aunque ahora el amor tenga otra depositaria, los que no festejan el cumpleaños de Perón y evitan el Día de la Lealtad no podrán disimular el nuevo pacto de esperanza que el pueblo llevará a la Plaza este domingo.

Y el lunes, que festejen los patrones. (C.C.)