La idea de que el tiempo es una flecha que, inexorablemente, se desplaza hacia adelante en línea recta no solo está perimida, sino que es muy fácil comprobar su falacia

El cine y la literatura pueden jugar con el tiempo a sus anchas. Martín Amis hasta se dio el lujo de desplazarla hacia atrás en un libro que se llama, precisamente, La flecha del tiempo. En esa novela, las cosas se cuentan al revés, desde adelante hacia atrás. Es decir que el protagonista se despierta cuando se acuesta para ir a dormir y se saca la comida de la boca para dejarla en el plato.

En el campo político los ejemplos sobran, aunque quizá el de Milei sea el más evidente. A la flecha del tiempo él le agrega un arco –y no una Itaka como le gustaría– para convertirla en un arma, dado que en la Argentina no se pueden comprar ametralladoras en el supermercado tal como sucede en los Estados Unidos, país que él considera “muy seguro”. Si Lenin escribió Un paso hacia adelante, dos pasos atrás, él bien podría escribir Cómo retroceder varios siglos y volver al feudalismo. Para él, seguramente fueron tan lindas esas épocas en que el señor feudal tenía derecho de pernada, es decir, podía tener relaciones sexuales con cualquier doncella de su feudo que fuera a casarse con uno de sus siervos antes de que lo hiciera el propio marido.

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Según parece, muchos piensan que todo tiempo pasado fue mejor. Lo increíble es que los más convencidos de esto son los militantes del desarrollo tecnológico, expresión que se toma como sinónimo de futuro. Y no es esta una diatriba contra la tecnología, que para quienes tenemos la edad suficiente como para haber escrito notas en una Lexicon que requería la fuerza de un martillazo para dejar su huella sobre el papel, la computadora constituyó una liberación. Solo se trata de hablar de los caprichos de la flecha del tiempo. 

Alberto Manguel, alguien que escribió un libro tan hermoso como Una historia de la lectura e hizo una gestión tan execrable como la dirección de la Biblioteca Nacional, dice que hacia el año 400, la escritura en rollo se había eliminado casi por completo. El rollo había sido reemplazado por ese protolibro que fue el códice que permitía pasar páginas y leer de izquierda a derecha sin tener que desplegar esos incómodos mamotretos. Pues bien, muchos siglos después –según observa–, la computadora y los celulares vuelven a la lectura en rollo. La flecha del tiempo, como se ve, corrió en sentido inverso.

Tanto es lo que corrió que, todos sin excepción, aun quienes tenemos la edad suficiente como para haber terminado varias carreras universitarias, nos vemos sentados diariamente en la salita de 2 años como si fuéramos ágrafos. Hemos vuelto a la época en que los pasajes de la Biblia eran ilustrados para que pudieran entenderlos los analfabetos. O, en el mejor de los casos, a la época de la cursilería adolescente en que, enamorados, estampábamos en el vidrio empañado dos corazones atravesados por una flecha, no la del tiempo, sino la de Cupido.

Luego de haber conquistado la complejidad de la escritura, hemos vuelto a la simplicidad del emoticón. Vivimos dentro de La flecha del tiempo  de Martín Amis. Hemos vuelto a las cuevas de Altamira. No me refiero a la casa de Jorge Altamira, sino a la pintura rupestre. Unas caritas amarillas ofrecen un catálogo de emociones básicas.

¿Cuál será la indicada para decir que siento una angustia que me carcome el pecho y sufro ataques de pánico? ¿Habría sido viable el amor entre Romeo y Julieta de poder intercambiar corazoncitos de colores diversos, incluso uno que late como si estuviera vivo? ¿Le bastará a un analista que le mostremos una carita con las cejas bajas y la boca con forma de U invertida para darle a entender nuestro estado de ánimo? ¿Qué combinación de emoticones servirá para que nos conteste «mire, no sea idiota y hable»? ¿En la época de Freud no había emojis? ¿De qué modo se las hubiera arreglado Marx para enunciar la teoría de la plusvalía? De vivir hoy, es poco probable que John Austin hubiera podido escribir Cómo hacer cosas con palabras. Tendría que haber cambiado el título por  Cómo hacer cosas con hostias recicladas transformando un libro de lingüística en un manual de bricolaje.

Resulta curioso que exista en la web una suerte de diccionario de emoticones que no está hecho de emoticones, sino de palabras. En una de sus entradas dice sin temor a la tautología ni a la mala redacción: «Cara sonriente con ojos cerrados y tres corazones. Se muestra la cara sonriente con los ojos cerrados y tres corazones para mostrar que estamos enamorados. Emoji romántico».

Ahora me explico muchas cosas. Lo que es la brecha generacional. Ignorante del significado exacto, creí que se trataba de un gesto de simpatía y repartí declaraciones de amor a diestra y siniestra. Le he declarado mi amor a Javier Marías, a Juan José Millás y a Antonio Muñoz Molina, a quienes quería entrevistar. Con razón no he recibido respuesta. ¿Qué emoticón deberé enviarles  para que entiendan que mi amor es literario, que amo su escritura, no a ellos mismos? Aunque, próximos a mi generación, vaya a saber lo que han entendido. Quizá me consideren una perversa o una persona con una locura senil incipiente.

En fin, nunca lograré comprender por qué entre los periodistas gráficos cuyo oficio consiste, precisamente, en escribir, se hizo tan popular la frase “una imagen vale más que mil palabras”.