La coqueta Farmacia Iriarte es decimonónica. Abrió sus puertas en marzo de 1897. “Imagínese, tenemos más de 120 años al pie del cañón. Ya pasamos alguna que otra epidemia”, afirma con seguridad Manuel, uno de los seis empleados de esta institución decana del barrio de Barracas.

Manuel labura hace pila de años en el local enclavado en el cruce del boulevard Iriarte y la calle San Antonio. Sin dudas una de las esquinas más bellas de Buenos Aires. Se gana la vida como asistente de farmacia y también hace unos mangos extra como personal trainer.

Desde que comenzó la cuarentena, el principal cambio que Manuel notó en la fiel clientela es el humor: “Hay tristeza, incertidumbre y angustia. Como que todo el mundo anda nervioso, desesperado por conseguir alcohol en gel, del cual, le aclaro, no tenemos más en stock, por ahora. De alguna manera, las farmacias nos transformamos en espacios esenciales para la batalla contra el virus. Lo peor es la incertidumbre, porque no sabemos cuándo termina esta lucha.”

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En la farmacia se sigue el protocolo sin chistar. Manu atiende con el barbijo bien atado, rocía cada dos por tres el mostrador con una lluvia fina de alcohol, pasa lavandina por el impoluto piso varias veces al día y la atención respeta a rajatabla la recomendada distancia social. “Cuando llego a casa, me saco la pilcha y la mando directo al lavadero. De alguna manera te volvés un obsesivo, que no es lo mismo que un maniático”, dice el muchacho radicado en el lejano barrio de Villa Devoto.

Para Manuel va a llevar mucho tiempo volver a la normalidad: “Creo que esta peste va a cambiar para siempre, o por un largo rato, nuestra manera de vivir. Hay que repensar el laburo, la educación, el contacto con nuestros amigos y familiares. Hay que aprender a cuidarnos entre todos.”

¿Qué extraña este laburante de la vida anterior al coronavirus? No lo duda: “Ir a la plaza a correr con mi novia.”