Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo, no sé! / como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo, no sé! / Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte…», dijo César Vallejo en Los heraldos negros. Este parece ser uno de esos momentos de los que hablaba el poeta peruano.

A los miles de muertos anónimos que está dejando la pandemia, a esos muertos cuya identidad se pierde englobada en los números y que, por mezquindad o por deseo de preservarnos del dolor, solemos considerar muertos ajenos, a esos muertos por los que sentimos apenas una tristecita de circunstancia porque no se nos murieron a nosotros, en el término de pocos días se sumaron tres que se nos murieron a todos: Laura Yasán, Juan Forn y Horacio González.

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“La rumana”, como le decían sus allegados, la que consideró que el poema debía estar en la primera línea de fuego en el campo de batalla del lenguaje, la que dijo que “la poesía es un arma y que para ser buena debe ser belicosa, debe provocar, remover, maldecir” se cansó de guerra y decidió partir por cuenta propia a los 60 años, esas cosas que suceden sin que ninguna explicación sea suficiente para entenderlas.

Habiendo tantos traidores sueltos dispuestos a matar por nada, a Juan Forn lo traicionó su propio corazón. El hombre que aseguró haber entrado a la literatura “por un ascensor”, el ascensor que compartía con su vecino del noveno piso que lo hizo descubrir un mundo de palabras y de música cuando tenía 15 años, se fue de la vida a los 61, luego, eso sí, de tomar la precaución de fundar Radar y de escribir cuentos, novelas y crónicas que le aseguraron un lugar perpetuo en este mundo. Un truco de magia para seguir estando aquí, aunque ya no esté. Los traidores hacen mucho daño, pero no siempre consiguen todo lo que quieren.

Como si los tres se hubieran puesto de acuerdo para irse de menor a mayor, Horacio González partió a los 77, luego de haberle ganado varias batallas a la muerte jugando al ajedrez hasta que La Parca logró hacerle jaque mate. Se fue como vivió, en estado de lúcida polémica, con argumentos sólidos. Hasta su muerte misma fue política, porque con ella demostró de manera contundente que es imposible morir de un virus que no existe. Por lo menos, para algunos. Quizá su muerte haya sido su último acto de servicio: una clase magistral de demostración por reducción al absurdo.

Y a los otros, a los que sí creemos en el virus, a los que nos sabemos frágiles y mortales, a los que nos calzamos el barbijo como Don Quijote se calzaba el yelmo y la armadura, también nos enseñó algo. Nos demostró que nunca se es demasiado viejo para volver a ser huérfano, que la muerte de los padres biológicos no nos da inmunidad contra orfandades posteriores y que no hay vacunas contra el desconsuelo de la ausencia.

Justo ahora que el mundo marcha a contramano, justo ahora que “los brujos sueñan con volver” y juegan al lobo feroz  profetizando que se viene el zurdaje, que es inminente el regreso de los comunistas expropiadores para comerse crudos a los niños como postre luego de haber bebido vodka; justo ahora que nos informan que la piedra imán, “la octava maravilla de los sabios de Macedonia”, ya no llega de la mano Melquíades y sus gitanos, sino de demoníacas vacunas con nombre de cápsula espacial soviética; justo ahora que nos anuncian que estamos condenados a vivir otros cien años de soledad, justo ahora que la mentira tiene nombre de boutique palermitana porque la bautizaron posverdad, justo ahora nos deja solos, nos deja huérfanos.

“Estas semanas sin su voz –había posteado hace unos días la cantante Liliana Herrero, su pareja– nos dejan a la intemperie, por eso somos tantas y tantos quienes esperamos que mejore, que vuelva a estar entre nosotros, en la conversación, el amor, el abrazo y la amistad.” Pero no pudo ser. Su deseo no se cumplió y hoy estamos a la intemperie, solo con lo puesto.

¿Quién hablará ahora con igual solvencia de Benjamin, de Borges, de Habermas, de Perón, del Maradona que era “una miniatura viviente del peronismo” que elevaba “al pobre brindándole el espacio entero del reconocimiento mundial” o del Maradona “sarcástico en el derecho a decirles a los poderosos cuatro o cinco verdades en la cara”?

¿Quién ejercerá como sociólogo cotidiano recorriendo la ciudad a bordo de un auto amarillo y negro, como lo dejó plasmado en El arte de viajar en taxi. Aguafuertes pasajeras?

“Un viaje en taxi –dijo– es siempre un arte mayor, una condena elegante, un padecimiento que te gusta, un milagro donde las ideologías del mundo quedan sueltas, a la expectativa, convertidas en monosílabos y esquive, en fascinación, entre la necedad indescifrable de lo humano y un silencio agrio. Viajamos en taxi para ver si es posible una redención.”

¿Habrá sido un tachero con ínfulas de Caronte porteño de esos que clavan el dial en radio Mitre el que lo llevó hasta la otra orilla, a través de un puente, sin reparar en que en esta dejaba un tendal de huérfanos? Es más que seguro que Horacio, con el que todos estamos en deuda, no hizo cálculos, y antes de poner el punto final y bajarse para siempre, debe haberle preguntado lo mismo que preguntó en el final de su libro sobre el arte de viajar en taxi: “¿Cuánto le debo, chofer?” «