Los reclamos y paros de los trabajadores del subte por la presencia de asbesto en las formaciones trajo a primer plano la pregunta sobre qué es el asbesto y cuán peligroso es. Ya a principio de 2018, el sindicato de los trabajadores del subte (AGTSyP) demandaba que se cambiasen todos los componentes con esa sustancia, prohibida en Argentina por ser altamente cancerígena. España confirmó el uso de este material al menos en el sistema eléctrico de los coches CAF 500 de la línea B, aunque allí también está prohibido.

El diario El País de Madrid informó este 5 de noviembre que en esa ciudad “por el momento [había] cuatro trabajadores con asbestosis, enfermedad laboral provocada por la exposición al amianto. Dos de ellos han fallecido”. Un año antes, la dirección de Metro de Madrid había negado “categóricamente que existiera amianto ni que sus plantillas estuvieran expuestas a riesgo alguno” a pesar de saber de modo fehaciente que no era así, al menos desde 1991. Treinta y seis de esos vagones fueron vendidos a la Ciudad de Buenos Aires en 2011.

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La Organización Mundial de la Salud es terminante: “Todas las formas de asbesto son cancerígenas para el ser humano” y cuantifica en 107 mil muertes por año en todo el mundo sin contar la cantidad de enfermos crónicos que padecen enfermedades relacionadas. La exposición al asbesto, también conocido como amianto, causa cáncer de pulmón, laringe, ovario; de pleura o peritoneo y asbestosis (fibrosis pulmonar). Desde 2005 se encuentra prohibido en todo el territorio de la Unión Europea. “Sin embargo –dice el informe de la OMS de 2015–, en los últimos años algunos países han mantenido o incluso aumentado la fabricación o el uso de crisotilo. Este incremento se observa sobre todo en la región de Asia-Pacífico”.

En 1997, Argentina incluyó al asbesto como prioridad en su Plan Nacional para el Manejo Racional de Sustancias Químicas, pero recién en 2003 se prohibió la producción e importación de esta sustancia en todas sus formas. Dos años más tarde una ley porteña ratificó la prohibición.

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El asbesto posee cualidad de aislante que, sumado a su bajo costo, lo hicieron un material muy utilizado en aislamiento de edificios, en la industria automovilística y ferroviaria (revestimiento de embragues y frenos, juntas y amortiguadores) y se lo incluyó en diferentes productos (desde tejas, tuberías de agua, hasta envases médicos). La variante “crisotilo” representa el 94% de la producción mundial, especialmente en el fibrocemento. Hasta la década del noventa el “amianto blanco” era de uso habitual en la industria y la construcción.

El amianto “está compuesto por miles de fibrillas elementales sólidamente unidas” y su peligro radica en que esas fibras –largas y resistentes– se separan en fibras más y más finas hasta llegar a tamaños microscópicos, que son transportadas por el aire y al ser aspiradas por los seres vivos, quedan adheridas a las vías respiratorias y los pulmones, produciendo por ejemplo neumoconiosis.

Los vagones CAF 5000 comprados cuando Mauricio Macri era jefe de gobierno porteño fueron construidos en la década de 1970, cuando la sustancia aún no estaba prohibida, pero los españoles tenían conocimiento de que incluía esta sustancia. SBASE inició una demanda al Metro de Madrid por 15 millones de euros por daños y perjuicios.

La asbestosis, como se llaman las enfermedades derivadas del asbesto  no tienen cura. El peligro en el caso del subte es fundamentalmente para los trabajadores que están expuestos a él de manera constante, no para los pasajeros. Según informó AGTSyP en agosto, cinco empleados tienen “placas pleurales”, la membrana que recubre los pulmones.