«¿En ese país usan bidet?». La frase suele repetirse cuando alguna persona que conocemos viaja al exterior. Defendido por estas tierras, este elemento de higiene nació en Francia, tuvo su promoción entre la nobleza pero, atacado por el catolicismo y postergado por la arquitectura moderna, en Europa cada vez se lo utiliza menos. Breve historia de una pasión argentina que cuesta encontrar afuera.

Más de 60 países lo usan en la actualidad, según The Big Data Stats. En Sudamérica son Argentina, Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil quienes lo tienen arraigado. El origen se encuentra al otro lado del océano, y no solo está relacionado con la higiene corporal sino con la anticoncepción.

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Surgió en la Edad Media y su primera aparición en algún texto se encuentra en las memorias de René Louis de Voyer de Paulmy, marqués de Argenson y ministro del monarca francés Luis XV. Relata cómo un día, al ser recibido en audiencia por Madame de Prie, la encontró sentada en un curioso mueble en el que se lavaba sus partes íntimas, mientras al mismo tiempo hablaba con él. La posición en la que se sentaban las personas para lavarse se relaciona con el nombre: bidet es una palabra que en francés antiguo se refiere a un tipo de caballo similar al poni, ya extinto, que usaba la nobleza en los paseos. Usar el bidet tenía la misma forma que cabalgar.

Más allá de la higiene, en esas épocas tenía otra función: la de método anticonceptivo. Algo que, claramente, no resultaba eficaz. De hecho tenía gran uso en prostíbulo, luego de las relaciones sexuales. Esa fue una de las razones por la cual el catolicismo siempre lo rechazó, asociándolo a una supuesta inmoralidad, lujuriosa (incluso sugiriendo que se usaba para practicar abortos) e instando a que no se lavara para tener «una idea del olor del infierno».

Originalmente, los bidets eran de madera, con tapa, y estaban en los dormitorios para usarlo instantáneamente después del sexo. Luego se construyeron móviles. Y a mitad del siglo siglo XVIII empezaron a surgir con una jeringuilla que lanzaba su ya famosa lluvia ascendente de forma manual con una bomba.

Napoleón le dio mayor popularidad cuando entregó su preciado bidet rojo –que usaba para aliviar el escozor en su cintura y muslos luego de cabalgar– como herencia a su hijo. Al mismo tiempo, se le iba generando la mala fama por su uso en los prostíbulos. A la reina de Nápoles María Carolina de Habsburgo-Lorena, que quiso instalar uno en su palacio de Caserta, le advirtieron que no lo hicieran porque se trataba de un “instrumento de meretriz”. Ella lo ignoró. Casi un siglo después llegó a nuestro país.

Aquí y ahora

En Europa, los avances en el agua corriente, las cloacas y la ducha fueron desplazando al bidet que, además, empezó a relegarse en la consideración de las y los arquitectos por el espacio que ocupa en el baño, casi a la par que el inodoro. En su lugar, hay casas y hoteles europeos que colocan canillas o dispositivos que largan agua, en la pared, paralelos al suelo.

A la Argentina llegó desde Francia a finales del siglo XIX, asociada a la burguesía y a las clases medias y alta, y se popularizó a mitad del siglo siguiente. Hasta forma parte del rock nacional, figurando en el título de la canción de Charly “Promesas sobre el bidet” (que supuestamente, según declaró García alguna vez, la compuso en un bidet de un baño en Brasil, no aquí).

Desde el Museo del Agua hacen hincapié en que el bidet en Argentina se usa al revés. Debería mirarse de frente a las griferías, y no tenerlas atrás contra la pared. Hoy su protagonismo corre peligro en nuestras tierras. Al menos en CABA, donde hace tres años, el Código de Edificación impulsado por la gestión macrista eliminó la obligatoriedad de incluirlo en los baños. Los nuevos departamentos tenderán a ser más chicos, de 6×3 metros, con baños sin bañera, camas y mesas rebatibles, anafes. La vida moderna de personas que deciden vivir solas se mezcla con la especulación inmobiliaria de construir más en menos espacio, en una ciudad con más de 300 mil viviendas ociosas.

En otros lados del mundo, su uso mantiene adeptos. Es el caso de Japón. Allí lo rediseñaron con modelos inteligentes, que regulan temperaturas, intensidades en la presión del agua, asientos adaptables, luz nocturna, secado de pies, fragancias, y hasta wi–fi. A pesar de acumular resistencias de diferentes sectores desde hace siglos, el bidet sobrevive. Se adapta a los tiempos. Y promete dar batalla.