Transcurría una mañana invernal de 2006. El taxi avanzaba por la Avenida del Libertador al 8100. De pronto, el chofer volteó la cabeza hacia la izquierda, y sus palabras fueron:

–Yo hice la colimba ahí.

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Sus ojos estaban clavados sobre la fachada de la ex ESMA.

–¿En qué época?– pregunté.

–Y… en 1976. Pero no la pasé mal, porque tenía buena puntería. Eso hizo que siempre me llevaran a los controles callejeros como francotirador. 

Entonces, se enfrascó en una minuciosa descripción de aquellos operativos, que incluían –según sus dichos– dos camionetas precedidas por un patrullero de la Policía Federal, un oficial al mando de tres suboficiales y ocho soldados con el siguiente arsenal: pistolas, ametralladoras, fusiles automáticos livianos (FAL) y un rifle 30-30 con mira telescópica. 

El tipo, ya muy embalado en su relato, dijo:

–A mí siempre me tocaba ese rifle.

Y explicó que su misión consistía en apuntar desde alguna terraza sobre el peatón o automovilista en vías de ser identificado, para luego añadir:  

–Ante el menor movimiento raro, yo debía dispararle.

–¿Y usted tuvo que hacer eso alguna vez?

Su respuesta fue el silencio.

Más allá del carácter dramático de la escena en sí, resulta notable su exacta coincidencia con los datos de un informe sobre la ESMA difundido en octubre de aquel año –o sea, durante la etapa más peligrosa de la última dictadura– por la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA), fundada y dirigida por Rodolfo Walsh en el marco de su desempeño en el área de Inteligencia de Montoneros. Tal texto, además, exponía una lista de los móviles usados por las patotas del lugar y la nómina de sus integrantes –hasta con sus respectivos domicilios–, entre muchas otras precisiones secretas. Una verdadera hazaña en medio de la masacre del campo popular y la derrota de sus organizaciones.

Desde una perspectiva más totalizadora, bien se podría decir que Walsh fue –entre sus múltiples oficios terrestres– un referente ineludible del trabajo de inteligencia con fines revolucionarios o, por imperio de las circunstancias, del espionaje en situación de resistencia al terrorismo de Estado. Dos disciplinas, por cierto, indisolublemente emparentadas con su destreza como investigador periodístico a través de un mismo lazo: su ya célebre pulsión por “develar lo oculto”. Una pulsión casi obsesiva que supo extender hacia los territorios más insospechados de la vida.

Al respecto, vale evocar un episodio que lo pinta por entero. Él solía jugar al scrabble con Lilia Ferreyra, su gran amor. Y siempre perdía. Pero no por azar o impericia; entonces, se puso a analizar el asunto para así caer en la cuenta de que sus derrotas radicaban en la búsqueda de palabras con letras difíciles que, por lo tanto, debían valer más. Así descubrió su error: en el scrabble, el valor de las palabras no estaba dado por su frecuencia en la lengua española sino en el idioma inglés, ya que el juego tenía dicho origen. “Entonces –de acuerdo al relato de Lilia–, tras efectuar los cálculos pertinentes, borró con una hojita de afeitar el valor de cada ficha y pintó el nuevo”. De esa manera, reiniciaron las partidas con el scrabble argentino. Y los resultados fueron más parejos.

Lo cierto es que ese empeño por iluminar la oscuridad de las cosas también lo llevó hacia logros más complejos. El más contundente: haber descifrado a fines de 1959 en La Habana –mientras trabajaba en la agencia Prensa Latina tras el triunfo de la Revolución– un rollo de teletipo emitido desde Guatemala por la empresa Tropical Cable con un presunto mensaje comercial en clave. Y lo hizo con la ayuda de un viejo manual de criptografía –especialidad sobre la que él hasta entonces no tenía la menor idea–; así descubrió que en realidad el cable estaba dirigido a Washington por el station chef de la CIA en aquel país con un informe sobre los preparativos de un desembarco en Cuba organizado por los Estados Unidos. En resumen, los cubanos le deben a Walsh el hecho de que la invasión de Playa Girón, en 1961, no los haya tomado por sorpresa.

No fue extraño entonces que, en la década siguiente, Walsh fuera una pieza de valía en el área de Inteligencia de Montoneros.

Su nombre de cobertura era “Esteban”, pero sus compañeros solían decirle “Profesor Neurus”, en alusión al dibujito animado de Manuel García Ferré. Y él, con un dejo pedagógico, insistía en que los jóvenes integrantes de aquella estructura leyeran La orquesta roja, de Gilles Perrault, sobre la red de espías comunistas dirigida por Leopold Trepper en las entrañas del Tercer Reich. A todas luces, él estaba influenciado por su estilo artesanal. Tanto es así que, a la pasión que sentía por la criptografía le sumó otro gustito: el de interceptar las comunicaciones policiales y de las Fuerzas Armadas. Para hacerlo, le bastaba simplemente con ajustar el sintonizador de un aparato de TV.

Ya en 1975, le develaban los crímenes de la Triple A. Y –en el contexto de sus tareas en la inteligencia montonera– se lanzó a investigar la estructura y los integrantes de aquel grupo terrorista. Esa pesquisa lo llevó a establecer una correlación entre las bandas delictivas de la década anterior y su convivencia con los antiguos jefes de la División Robos y Hurtos de la Federal. Al cotejar sus fotografías con las de la custodia de Isabel Perón y López Rega entendió que ellos –Juan Ramón Morales y Rodolfo Almirón Sena, entre otros– eran nada menos que los cabecillas de dicha milicia criminal.

Después del 24 de marzo de 1976 –y en paralelo a dejar constancia de sus diferencias con la cúpula montonera, pero sin romper con ella– ANCLA y la Cadena Informativa fueron sus dos últimos emprendimientos en el seno de la “orga”. Pero, no eran aparatos de propaganda partidaria sino instrumentos de difusión popular. Su estructura: un pequeño local en la esquina de Venezuela y Perú, dotado de un archivo, dos máquinas de escribir y un mimeógrafo. Con tan magros recursos, Walsh y su equipo –Lila Paztoriza, Lucila Pagliai, Carlos Aznares, Luis Guagnini, Eduardo Suárez y Horacio Verbitsky, entre otros– pusieron en vilo el blindaje informativo del régimen. El asunto no dejaba de tener su lado cómico. ANCLA –sigla de inevitable resonancia marinera– despertaba confusión entre los hacedores del terrorismo de Estado. En la ESMA se creía que era un invento del Ejército. En esa fuerza se sospechaba que sus boletines eran editados por la Armada, en el marco de su rivalidad por el control de la Junta Militar. Recién en octubre de aquel año, el jefe de inteligencia del Ejército, general Carlos Alberto Martínez, reconoció en una conferencia de prensa que ANCLA pertenecía a Montoneros.

Ya se sabe que Rodolfo Walsh cayó acribillado por una patota de la Armada el 25 de marzo de 1977, cuando intentaba enviar por correo copias de su Carta Abierta a la Junta Militar.

ANCLA siguió funcionando hasta 1978.  «