Alejandro Dolina sostiene que las últimas palabras “son un género literario en sí mismo”. Género ingrato, si los hay, quizá solo comparable al epitafio. Para que pueda darse el primero hay que estar por morirse. Para ser merecedor del segundo, hay que estar muerto. Cuando se enumeran las virtudes de la literatura suele sostenerse, entre otras cosas, que permite vivir otras vidas. No puede afirmarse, en cambio, que estos géneros mortuorios hagan posible vivir otras muertes porque, muerto el lector, se acabó la rabia. (¿Será posible tomarse una licencia poética al decir un refrán archiconocido?). Se acabaron, además, la pena, la empatía; se acabaron, en fin, las palabras mismas. ¿Es que existen las palabras cuando no hay quien las escuche o las lea?

“Anotemos algunos preceptos básicos –prosigue Dolina– refiriéndose al género literario de las últimas palabras. El principal de ellos exige morir después de completar el texto. También es indispensable la presencia de testigos. Estaríamos entonces ante una disciplina artística imposible de ejercer en soledad”. Y agrega: “Por lo general, conviene la utilización de un estilo solemne y pomposo, como si cada palabra estuviera grabada en mármol”.

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Alguna vez fue señalado como un error que las últimas palabras del protagonista de El ciudadano Kane, película dirigida e interpretada por un joven Orson Wells, no fueran presenciadas por nadie en el momento de morir, pero en el desarrollo de la película se intentará develar su significado. La palabra que repitió en su lecho de muerte el protagonista fue Rosebud, la marca de su trineo de la infancia. El hecho pone en evidencia que las últimas palabras son un género literario que necesita por lo menos de un testigo.

Nunca se sabrá quién fue el testigo que en la Batalla de San Lorenzo vio la escena y escuchó las últimas palabras del sargento Cabral, que al ir a socorrer a San Martín fue muerto por dos tiros de fusil de un soldado realista y entonces pronunció el célebre parlamento: “Muero contento. Hemos batido al enemigo.” Hay quien sostiene que fue el propio San Martín quien recogió esas palabras, mientras Cabral moría en un convento que funcionaba como hospital, pero que en realidad se trató de una suerte de traducción a una lengua culta digna de pasar a la posteridad porque Cabral habría dicho algo mucho menos ampuloso como “muero contento porque cagamos a esos mierdas”.

Lo cierto es que la posteridad exige pompa y también circunstancia. Pompa, porque las palabras deben tener el lustre del bronce, y circunstancia, porque se necesita por lo menos un testigo con vocación de escriba para que pasen a la historia. La muerte en soledad o el testigo ágrafo privarían a la humanidad de una pieza literaria. Aunque la retórica rimbombante hace sospechar que la mayor parte de las últimas palabras es una suerte de ejercicio borgeano, un texto falso inventado con fines literarios.

Sylvia Molloy lo comprueba en su bellísimo libro Varia imaginación, en el que hilvana retazos autobiográficos “siempre que uno le dé a la palabra (autobiografía) una libertad y una falta de límites que no suele tener”. En un capítulo que se llama precisamente “Últimas palabras” cuenta que en cierta ocasión visitó en México la casa en la que murió Trotsky a manos de Ramón Marcader. La guía dio los detalles pormenorizados de la escena como si ella misma la hubiera presenciado y a continuación le recitó las últimas palabras del moribundo: “Esta vez lo han logrado, Natalia, pero seguirá viviendo nuestra causa, que es la causa de todos los pueblos”, etc., etc. “Me encantó –dice Molloy– ese dudoso parlamento final enunciado con tanto sentimiento, parlamento para el que Trotsky hubiera necesitado mucho más aliento del que  disponía luego de la certera puñalada de Mercader”. La sorprendió “el placer retórico de lo que habrían farfullado (o no) los hombres célebres (porque nunca las mujeres, excepto Juana de Arco) al sentir que morían”. De María Antonieta se sabe que poco antes de perder la cabeza en la guillotina le pidió perdón a su verdugo por haberlo pisado sin querer. “Lo hice sin intención, discúlpeme, señor”, habría dicho. En fin, nada digno de mención. Como buena mujer, ya tenía poca cabeza antes incluso de que se la cortaran.

Está claro que las últimas palabras constituyen un género literario masculino por antonomasia. ¿Por qué algún hombre habría de lustrar hipotéticas palabras femeninas para el bronce, si desde que el mundo es mundo han sido siempre las mujeres las que anduvieron con el trapo en la mano tratando de limpiar cuanto estaba a su alcance, incluso las palabras insultantes del hombre que está a su lado y hasta los moretones que dejan los golpes y les ensucian el cuerpo como si fuera un piso mal fregado.

Aunque ardió como Juana de Arco, jamás se sabrá cuáles fueron las últimas palabras de Wanda Taddei, quien murió en la hoguera encendida por su pareja, Eduardo Vázquez. En la Argentina muere una mujer cada 26 horas por el solo hecho de ser mujer, sin que nadie se tome el trabajo de adjudicarle un discurso solemne. A las mujeres, la posteridad aún les está negada. 

Curiosamente, en todos esos casos, se da una de las condiciones indispensables del género: hay un testigo, el propio asesino. Pero pocos son los criminales con vocación literaria. Además, aun hoy, son muchas las mujeres que no pueden jurar con gloria morir. Mueren como vivieron, con mucha pena y sin ninguna gloria. «