PREFERIRÍAN NO HACERLO

Iban a encontrarse para cenar fuera, pero prefirieron, una vez más, no hacerlo.

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Ella sentía que su cansancio repetido e infinito se lo impedía. Él, su miedo a verse reflejado en el rostro de esa mujer que cada mañana le dejaba una esquela con la premonición de un Encuentro.

Y no se encontraron porque a último momento ella prefirió postergarse y postergarlo, y él acató la decisión pues, al fin y al cabo, prefería regresar pronto a casa y terminar con las tareas pendientes.

Verse y no verse fuera de sus sitios, darse voz, gestos, posiciones y desarreglos; o no, mejor no hacerlo, sostener la incógnita vacía. Cada uno llegó a su hogar casi al mismo tiempo, pero de un modo completamente distinto: ella atravesó la ciudad con un ritmo tibio y abrió la puerta con una sonrisa inaprensible; él apuró su paso, con esa prisa tan torpe, tan masculina.

Se cambiaron de ropa, se sirvieron té y café, fumaron un cigarrillo, encendieron la computadora, miraron los mensajes labora les, borraron las infinitas publicidades y se Escribieron un breve fragmento. Él sugirió que pensaba en ella; ella deslizó que, más que pensarlo, querría sentirlo y aclaró en mayúsculas que no deseaba el desencuentro; él que tampoco y que ya se encontrarían una noche de esas.

Se desatendieron por unos instantes.

Ella fue a prepararse una comida ligera, una ensalada a la que no le agregó queso ni nueces, y puso sobre la mesa varios informes para corregir, de última hora. Él calentó un trozo de carne de la noche pasada, con un arroz de la anterior, y se dispuso a actualizar una lista de precios para enviar a toda su cartera de clientes.

Mientras comían, dejaron de lado la pantalla del computador para posarse, cada uno, en la pantalla de la televisión: ella miraba un documental sobre los astrónomos del siglo XII que insistían en no ponerles nombres a las estrellas antes de tocarlas; él asistía a un divertimento de preguntas sin sentido y respuestas que nunca eran las correctas.

Eran las once de la noche cuando ambos se recostaron en la cama: ella, casi desnuda, Hojeando Todo lo que tengo lo llevo conmigo, de Herta Müller; él, ya sin su camisa, leyendo los obituarios de un periódico de fecha imprecisa.

Parecía como si leyeran el uno junto al otro: daban vuelta las páginas en el mismo momento, crujían el borde de la hoja de una manera parecida. Este fragmento le gustará, pensó ella.

Esta noticia voy a recortarla para ella, murmuró él. Ella abandonó enseguida el libro y un raro reflejo de su cuerpo recogido en el espejo le provocó un cierto ardor entre las piernas. Él leía distraídamente y comenzó a pasar su mano izquierda por encima del pantalón, casi sin quererlo.

Ella se agitaba rápido, con desdén, pensando en el trabajo de la mañana siguiente y, al mismo tiempo, insistiendo en la circularidad perfecta del movimiento. Él se dispuso a una descarga inmediata, eléctrica, innata.

Apagaron la luz del cuarto al mismo tiempo.

Eran las once y veintidós de la noche. No había lluvia, ni luna llena. Sólo unos ladridos oscuros y distantes. El último fragmento de lucidez antes de dormir se lo dedicó cada uno al otro, a sabiendas. Se escucharon decir, sin demasiado énfasis, casi a regañadientes: buenas noches.

Y ambos pensaron en el umbral del sueño: ya habrá tiempo para encontrarse fuera, o para hacer el amor, o para escalar montañas. Sí, ya habrá tiempo para saber qué piensan, cómo hablan, qué mundo sueñan, qué voz tienen, qué esperan de la vida el uno y el otro.

Y ya habrá tiempo para saber de una buena vez qué les ocurre con eso de vivir juntos, bajo el mismo techo, desde hace tantos años

A MÍ NO ME PASA LO MISMO

Es una mañana fresca, de esas en las que cuesta incluso desperezarse. Nos encontramos hacia las ocho en un café que parece despertar de una mala noche: los empleados deambulan entre la limpieza y la modorra, y todavía se mantienen a resguardo dentro del local.

Llego puntual, y veo a Alejandro sentado en uno de los bancos destartalados de la plaza que está enfrente; me hace un gesto para que lo espere en una de las mesitas recién limpias, y pida dos cafés. Está leyendo, reconcentrado, y su postura indica que hay algo que debe terminar de subrayar antes de conversar conmigo. Sé que está ensimismado, o que algo lo preocupa íntimamente. Como si la inminencia de sus cincuenta años le trajera cuestiones nuevas, preguntas incómodas con las que no parece sentirse a gusto, pero que le son inevitables. Me lo dijo ayer por la noche, cuando decidimos encontrarnos: ¿Puede el amor ser duradero, pueden pasar diez, treinta, cincuenta años a lo largo de los cuales dos personas se mantengan dentro de una misma relación a la que llamamos amor? ¿Es amor o es otra cosa?. Entiendo que no es un interrogante que él quiera debatir como si se tratara de un tópico filosófico o un enigma ancestral de la humanidad. Es una pregunta que lo está corroyendo a él, está en su cuerpo, en su vida, no en la exterioridad sino en su intimidad.

¿Qué leías con tanta atención?, le pregunto. Nada, dice, estoy buscando algo pero no lo encuentro. Revolvemos al unísono las tazas de café humeantes, disolviendo los corazones de espuma que la dueña del bar había trazado sobre la superficie.

Voy a cumplir cincuenta años, me dice como si yo no lo supiera, y siento que me llegan sin querer preguntas de todos los lugares de mi vida.

¿Puedo escuchar alguna?, le digo con cierta timidez, pero invitándolo a la confidencia. ¿Qué diablos es el amor?, me interroga, y abre sus ojos claros como si fueran sus oídos.

Voy a contarte una historia, de cuya veracidad soy testigo fiel: un amigo pasó días y noches enteras escribiendo una de las cartas de amor quizá más largas y más honestas del mundo. Estudió a los mejores poetas, se hundió en lecturas filosóficas y rescató las mejores escenas del cine y de la literatura contemporánea, para transmitir del modo más sublime su hondo sentimiento. Al cabo de unos pocos días, o quizá fueron horas, recibió una respuesta con una sola línea: “A mí no me pasa lo mismo”.

Alejandro se sonríe, pero es una sonrisa entristecida, por supuesto que esta anécdota no le parece graciosa, y no responde ni de lejos a la urgencia de su pregunta.

¿Pero quién de los dos dice algo sobre el amor?, me cuestiona. ¿El que se obsesiona con él o la que admite que no lo siente?

Sus palabras me sorprenden. Yo siempre había dado por sentada la linealidad de esta historia: alguien declara su amor, por lo tanto ama; alguien desiste del amor, por lo tanto no ama. Pero ahora que lo pienso con Alejandro me da la impresión de que las cosas importantes de este mundo y de esta vida no son para nada literales.

¿Quién fue de los dos más amoroso, o más verdadero en su amor? ¿Acaso el hombre que se desbordó en palabras, en citas, en re finamientos del lenguaje? ¿O fue ella que, en una simple frase, escueta y directa, reveló su honestidad extrema y no adornó su declinación con justificaciones o excusas sin sentido?

Aquí está expuesto, entonces, el dilema del amor, la fórmula in exacta del amor, la posibilidad imposible del amor. Nos miramos un instante, y nos quedamos en la duda. A veces, pensamos los dos, una pregunta no supone una respuesta, sino la multiplicación de la pregunta. ¿Queremos afrontar esa complejidad o nos encogeremos de hombros?

Luego de tres cafés cada uno, la mañana deja de ser fresca y dan ganas de hacer un paseo, pero no tenemos tiempo. El trabajo pendiente, las ocupaciones, hacen de la pregunta sobre el amor, como de cualquier otra pregunta que necesita demorarse, su enemigo acérrimo. Nos despedimos con la promesa del reencuentro, y los dos tomamos nuestros caminos Sosteniendo como podemos el peso de una cuestión que es también el peso de nuestra ignorancia.

LO INCONTABLE

Nuestro segundo encuentro fue de tarde; lo recordamos ambos porque el calor había impuesto su ley de agobio, y queríamos encontrar un sitio al aire libre para conversar sin prisas. Cada tanto postergábamos el horario, para que el sol declinara su violencia sofocante. Y es que ciertas conversaciones necesitan hacerse afuera, por caminos sin trazar, para tener la posibilidad de no encerrarse en las palabras ni en los paisajes.

Las palabras del encuentro anterior habían quedado detenidas en cada uno de nosotros, no se desperdigaron ni se confundieron en conversaciones sobre otras cuestiones. Como si hubiera algo de tensión en la pregunta por el amor, una cierta urgencia, la necesidad de responder en concreto una pregunta que ha llevado siglos poder ser formulada.

Y es que cuando hablamos de amor lo hacemos como si se tratara de una materia concreta, acabada, de apariencia reconocible, y terminamos confundiendo aquello que los griegos bien sabían diferenciar: el erotismo –eros–, la ternura y la pureza –ágape– y el amor valorativo –filia–. ¿De qué hablamos, pues, cuando hablamos del amor? ¿Del ardor inmediato de la carne, de la idealización del amor, de la importancia de estar juntos?

Su rostro sigue preocupado y cuando pregunta es porque quiere saber algo que desconoce, no porque quiera confirmar lo ya sabido. Pero su preocupación ahora es de otro tenor, y me sorprende. Estoy haciendo cuentas de lo incontable que habrá que contar, dice. Quizá cuando uno supera la barrera de los cincuenta años, comienza a pensar en una suerte de cuenta regresiva: cuánto falta para llegar a la vejez; qué tiempo tenemos para seguir mirando la vida hacia delante; cuántas veces más podré hacer tal o cual cosa; cuánto hace que estoy en pareja, cuántos kilómetros soy capaz de correr; cuánto dura el amor. La idea de hacer las cuentas todo el tiempo apareció de pronto y no puedo quitármela de encima. Ignoro si tendrá que ver con la edad, porque cumpliré años dentro de poco. Supongo que alguna relación habrá: es que yo nunca antes cumplí cincuenta años.

Nos miramos con cierta melancolía. Ambos estamos, con una diferencia, sintiendo que la memoria ya hizo un largo recorrido y que las cosas no solo pasaron ayer, anteayer, hace algunos días, sino también hace décadas. Y la sensación es de peso, de sostener recuerdos que recorrieron una larga travesía, afectados, por su puesto, por el azar y el capricho del olvido.

Mi voz se enronquece, también preocupada. Su pregunta es mi pregunta también. Habrá que despreocuparse, Alejandro, de ver dad lo digo. La vida no es, en la vida hay. Y a la vida hay que contarla aunque es incontable. Me da la sensación de que lo más interesante de los caminos recorridos no es tanto la medida sino la intensidad, no la duración sino la ocasión. Porque: ¿cuánto dura un amor y cómo calcularlo? ¿Cuánto dura una sonrisa, un dolor, una sorpresa, un temor? Si hay algo en la vida humana que no puede medirse, eso es el amor; porque su intensidad puede suponer un desborde absoluto, la pérdida de la continencia y, por lo tanto, la imposibilidad del cálculo. No forma parte de las cosas que se expresan en números, en fórmulas, en cantidades.

De hacerlo así, se iniciaría el tedioso y oscuro camino de la especulación. Y la especulación y el amor son términos extraños, parientes muy lejanos del lenguaje, incluso contradictorios. Casi todos buscamos definir qué es la vida, qué es la muerte, qué es tener cincuenta años, qué es correr, procurando la captura de un sentido inaprensible. Creo que hay que cambiar la pregunta, porque si insistimos en saber qué es el amor, caerían sobre nosotros cientos de definiciones contradictorias, banales, paradojales.

¿Acaso vale la pena el esfuerzo por encontrar una definición del amor? ¿Quién lo definiría, bajo qué circunstancias, con cuál autoridad? ¿Y qué dejaría al margen tal definición? ¿Qué se perdería con establecer un concepto a todas luces huidizo? ¿Qué se echaría a perder?

Decía Lyotard que las preguntas son las infancias del pensamiento. Como si allí no hubiera sino una infinita curiosidad, ansias de descubrimiento y temor a las respuestas directas que lo oscurecen todo. ¿Qué puede ocurrir al preguntarnos por el amor desde la más absoluta banalidad, desde el imperio de lo superfluo, hasta llegar a las máximas potencias de una poética que, aun así, no se decide entre tocar el cielo, naufragar en mares revueltos o entrar en la incendiaria espesura de los infiernos?

Para permanecer en la infancia de una pregunta quizá sea necesario insistir en volver a preguntarse, digo. Estoy en esa búsqueda, me dice Alejandro, recorriendo algunos senderos por donde encontrar respuestas. Quizá tendría que renunciar a ellas, o tal vez olvidarme de las preguntas. Su voz se va haciendo cada vez más débil, y las afirmaciones se vuelven dudas, titubeos. Invado su silencio: Alguien alguna vez me sugirió que no se trata de responder sino de cambiar una parte de la pregunta, esa parte que se hizo repetitiva y que ya no piensa, y, al cambiar, apreciar los efectos que nos provoca Alejandro me mira con desconfianza, pero me escucha con atención. Ahora que tiene una pregunta quisiera conservarla, resguardarla, atesorarla. ¿Por ejemplo?, pregunta con cierta timidez.

Recuerdo lo que me impactó haber cambiado el “es” de una pregunta por el “hay”, le contesto suavemente. Algo hace mella en él y provoca un cambio en la posición de su cuerpo, otra abertura en su mirada, o eso me parece.

Murmura: ¿Qué hay en el amor?, y no: ¿Qué es el amor? ¿Qué hay en el amor?, repite una y otra vez, como si probase el sabor de la nueva pregunta o el gusto reciente que queda en su boca por esa forma distinta de preguntarse.

El autor

Carlos Skliar es investigador del CONICET y del Área Educación de la FLACSO. Realizó estudios de posgrado en el Consejo Nacional de Investigaciones de Italia, en las universidad de Barcelona y en la Federal de Río Grande do Sul, Brasil. Fue coordinador del Área Educación de FLACSO en el período 2008-2011. Escribió, entre otros, ensayos educativos y filosóficos: ¿Y si el otro no estuviera ahí? (Miño y Dávila, 2001); Habitantes de Babel. Política y poética de la diferencia (con Jorge Larrosa, Laertes, Barcelona, 2001); La educación –que es– del otro (Noveduc, 2007); Entre pedagogía y literatura (con Jorge Larrosa, Miño y Dávila, 2007); Lo dicho, lo escrito y lo ignorado (Miño y Dávila, 2011, premio nacional de ensayo); Ensinar enquanto travessia (EDUFBA, 2014), Pedagogías de las diferencias (Noveduc, 2017).