El domingo pasado, los tickets de las postas electorales sentenciaron que Luiz Inácio Lula da Silva obtuvo 50,9% del electorado, más de 60 millones de votos, y Jair Messias Bolsonaro el 49,1%, marcando una clara diferencia de apoyos. Contundentemente, Lula le ganó la disputa por la presidencia a un Bolsonaro que se recluyó abatido y que, tras 36 horas de una especie de retiro espiritual, planteó el fin de una era sin aceptar la derrota ni felicitar a su vencedor, dejando abierta a la especulación y tentativa de un golpe de Estado impulsado por un bolsonarismo que no se resigna a aceptar la democracia.

Si bien la diferencia proporcional es infinitesimal, la distancia absoluta es de dos millones de votos, lo que constituye una victoria contundente, tanto que ni el buró bolsonarista, que se reunió para analizar una posible impugnación que revierta lo irreversible, encontró algún vestigio de ilegalidad que evitara consumar el resultado.

Por el contrario, el accionar del bolsonarismo podría haber sido pauta de fraude, si tomamos la guerra de fakenews o el hostigamiento al electorado lulista. El mismo domingo de elección, los bolsonaristas se mostraban exultantes con sus camisetas verdeamerelhas, persiguiendo física y verbalmente a todo aquel sospechoso de lulismo. «Corre peligro tu vida con esa camiseta roja», era la expresión más concreta de un clima de terror y persecución.

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Por eso, el silencio de Bolsonaro y su caprichosa actitud de no reconocer explícitamente a Lula como presidente, le da sustento a la manifestación colérica del poder social que lo apoya. Y cabe sostener que estamos en presencia del neofascismo: no es mera chicana progresista o miedo liberal. Es un movimiento violento y reaccionario que erosiona la democracia. Es una manifestación social del odio al progreso y la inclusión. Así, el bloqueo de rutas por camioneros y la irrupción en las calles de manifestantes pidiendo la intervención federal de las FFAA, es el corolario de ese movimiento intolerante y autoritario, que sólo el poder popular democrático podrá frenar.

Las movilizaciones de esta semana quedarán en una intentona golpista, similar al berrinche de los seguidores de Donald Trump en EE UU, en tanto que la comunidad internacional se mantenga firme en condenar la violencia y sostener la paz y el diálogo democrático. Especialmente si los poderes fácticos que sostienen a Bolsonaro aceptan la sentencia democrática.

En esa línea, luego de mascar bronca, la conclusión más sensata fue la resignación expresada por Hamilton Mourão: se perdió. El mismo vicepresidente militar sostuvo aceptar el «error» de haber permitido la postulación de Lula, dejar de «llorar» y comenzar a trabajar para 2026. El planteo es central: Mourão representa aún un poder fáctico centrado en militares retirados, pero muchos de ellos ocupan cargos de gobierno y representación parlamentaria. Ahora deberán redefinir su rol político de cara a resignarse a un gobierno de Lula.

Camino al Planalto

 Un dato concreto es que Geraldo Alckmin, vicepresidente electo, ya está a cargo de la transición. De esta manera, sostener la democracia en Brasil dependerá de la capacidad  de Lula de propiciar un gobierno de unidad nacional antifascista, lo que será el nudo gordiano a resolver.

La misma inclusión de Gerardo Alckmin como vicepresidente y los acuerdos de apoyo, que fueron desde Fernando Henríque Cardoso hasta Guilherme Boulos, dan pauta de esa apertura del compás para construir un círculo de gobierno capaz de contrapesar una oposición vehemente y desestabilizadora.

Es algo que ya hizo Lula en sus gestiones anteriores. Por ejemplo, en su primer mandato sumó a sus adversarios electorales al gabinete, al mismo Ciro Gomes, que volvió a competir en esta oportunidad, y a Anthony Garotinho, un legendario líder Trabalhista.

Pero el trabajo más complejo será reconstruir una hegemonía cultural plural e inclusiva que el bolsonarismo quiere evitar por la fuerza y que Lula quiere articular con el consenso.  «    

Transición y reformas urgentes

La presidenta del PT, Gleisi Hoffmann, y el coordinador del programa del Gobierno electo, Aloizio Mercadante, confirmaron que este lunes se iniciará formalmente la transición entre la administración actual y la que asumirá el 1° de enero y definirán una agenda en la que tendrá un espacio central una Propuesta de Reforma Constitucional para aumentar el techo del gasto público para hacer frente a las promesas de campaña.

Hoffmann visitó la «oficina de transición» e informó que si bien recién el lunes Lula definirá su agenda, analizan «todas las posibilidades» para cumplir con promesas de campaña. Se refirió a las negociaciones que llevan con miembros del Congreso para introducir una PEC. Según él, la próxima semana su equipo presentará los detalles esenciales y los valores.

 

Apoyo regional

La visita de Alberto Fernández y el saludo de líderes de todo el continente y el mundo, implican un punto de apoyo y sustentabilidad para el gobierno de Lula, que claramente sacará a Brasil de un obstinado ombliguismo nacionalista para reinstalarlo en un multilateralismo solidario y desarrollista. En ese sentido, ante un escenario global adverso, los lazos regionales serán fundamentales para garantizar la Democracia en la región, evitando experiencias como las de Bolivia, y propiciar una dinámica de crecimiento y desarrollo inclusivo, centrada en fortalecer la integración regional.