Los líderes de los países occidentales más desarrollados culminan hoy la primera cumbre del grupo G7 desde la pandemia, en la ciudad inglesa de Cornualles con una agenda en la que se destaca, fundamentalmente, la necesidad de Joe Biden de demostrar que la tormenta Donald Trump quedó atrás y se avecinan tiempos de relaciones mutuas más ventajosas. Lo dijo claramente al llegar a ese paraíso veraniego del suroeste de la isla británica. “Estados Unidos está de vuelta” fue el lema para la ocasión. Y, a diferencia de su antecesor, se ocupo y preocupó por estrechar vínculos con el resto de los mandatarios que, en diferente grado, padecieron los exabruptos del polémico empresario.
En ese contexto, en las discusiones que se llevan a cabo en el exclusivo centro turístico de Carbis Bay, aparecieron los problemas más acuciantes para el mundo actual, como la pandemia, la provisión de vacunas y el cambio climático. Pero el inquilino de la Casa Blanca insistió en que se debe contrarrestar la creciente influencia china, para lo cual hablaron de un megaplan de infraestructura global que rivalice con la Ruta de la Seda que Beijing impulsa desde el Imperio del Centro. Washington denominó a la iniciativa “Build Back Better World” (B3W, Reconstruir un Mundo Mejor), que invertiría 40 billones de dólares en los países en desarrollo hasta el año 2035.
Al mismo tiempo, los líderes del G7 -Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Japón y Canadá- respaldaron la propuesta de aplicar un impuesto global a las grandes sociedades del 15 por ciento. “EE UU está arengando al mundo para que las grandes corporaciones multinacionales paguen lo que les corresponde para que podamos invertir en nuestra clase media en casa”, dijo en un tuit el asesor en Seguridad Nacional de Biden, Jake Sullivan.
El mensaje de Biden es que defiende los intereses de la clase media, “que fue la que hizo grande a EE UU”. Y agrega: “La clase media fue construida por los sindicatos”. El apoyo a esta medida, que va contra las concepciones de las cúpulas mundiales desde hace décadas, sumó a los titulares de la cartera de Economía de EE UU, Alemania, Indonesia, México y Sudáfrica, a traves de una columna que publicó el Washington Post esta semana.
Otro tema para Biden fue el Nord Stream II, el proyecto de provisión de gas de Rusia a Alemania. Trump intentó, por todos los medios, dinamitar el proyecto. Pretendía llevar el combustible desde EE UU en barcos y, además, implica una ligazón estratégica de la UE con Moscú que va contra los intereses estadounidenses. En una bilateral con Angela Merkel en el G7 acordaron bajar un cambio a la disputa. “El diálogo va por buen camino”, dijo la canciller alemana tras su reunión. El problema es Ucrania, que luego del golpe de Estado de 2014 perdió la ocasión de que el gasoducto pasara por su territorio, lo que le hace perder millones de dólares de regalías. Biden se reunirá con el presidente ruso (ver aparte), y hablarán del asunto.
“Es algo nuevo para el G7 considerar juntos, de forma muy pragmática, quién puede aportar qué (para el plan de infraestructura) y dónde, y cómo esto puede convertirse en un proyecto global (…) pero aún no hemos especificado los recursos financieros”, se ilusionó Merkel.
El que no la pasó tan bien fue el anfitrión, Boris Johnson. Fue Merkel en persona la que lo recriminó por las maniobras para torcer el espíritu del Brexit en favor del Reino Unido. La mandataria germana le hizo saber que a la Unión Europea le preocupa que no se introduzcan controles aduaneros entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda. El francés Emmanuel Macron también le dijo a Jonhson que debe respetar lo que se firmó y hacerse cargo de las consecuencias. «