Cierta gente, muy intencionadamente, obvia llamar a la “dirigencia política” así, como es, y opta no inocentemente por hablar de “clase política”. Investigadores de la historia reciente coinciden en que la expresión “clase política”, aunque de larga data, martilla a los desprevenidos desde la reinstitucionalización americana, en la década del 80, cuando se cerró el ciclo de las dictaduras del Plan Cóndor. Y dicen que las dos palabritas son usadas por los publicistas de la restauración conservadora y los medios que repiten las consignas de esas usinas con un fin específico: sumar al campo de la derecha, ocultando la carga ideológica, para crear la imagen de que la política es una basura.

Las clases no son políticas ni empresariales ni intelectuales, son sociales. Se definen por los intereses económicos contrapuestos que las diferencian. Creando la confusión se siembra la idea de que la expresión “clase política” supone que los dirigentes políticos, por sólo serlo, tienen intereses comunes, que el quehacer los aproxima de forma tal de configurar una clase. Lo que se busca es que en el ideario de una sociedad inadvertida se repita que los políticos son todos iguales, unos chorros que se merecen igualitariamente el “que se vayan ya”. Las inocentes palabritas quedan así al servicio de la derecha, negando la existencia de la lucha de intereses económicos natural en toda sociedad, negando la lucha de clases.

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