Cuando 403 kilómetros al sudoeste, en Barbados, una más de las bellezas del Barlovento, terminaban de tender la mesa para celebrar una pagana última cena con la que se supondría puesto el punto final a cuatro siglos de coloniaje británico (ver aparte), en las francesas Guadalupe y Martinica esperaban el arribo desde la metrópoli, del ministro de Ultramar, Sébastien Lecornu. El joven ultra liberal –conocido también como ministro de colonias– llegaba a apagar un incendio político nunca antes visto en las islas, y en París se dijo que viajaba con la idea de hablar de una imaginaria posibilidad de ofrecer a las más que centenarias colonias una especie de estatuto de autonomía.

Si bien con las horas, y antes de formalizada la oferta –que al final no se concretó, aunque tarde o temprano llegará–, el gobierno de Emmanuel Macron tuvo que dar explicaciones, no sólo a la jauría de la ultraderecha sino a sus propios fieles. La derecha, como lo gritó Marine Le Pen, exacerbó su nacionalismo y denunció que en su afán de destruir la Quinta República, Macron “está dispuesto a acabar con la rica historia que nos une a Guadalupe y Martinica”. La gente del presidente tampoco está abierta a ninguna concesión, porque ya sea en las Antillas, como en el Pacífico, muchos son los que, sin pruritos ni vergüenza,  siguen explotando las tierras de las que sus familias mamaron durante siglos. 

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En una demostración de simplismo político, se dijo que los piquetes y la huelga indefinida lanzada a mediados de noviembre por una cincuentena de pequeños sindicatos y organizaciones sociales, primero en Guadalupe y luego en Martinica –cada una de las islas tiene una población que apenas ronda las 400 mil personas– fue en rechazo a la imposición metropolitana de vacunarse contra el coronavirus. La orden dada en París corría para todo el personal sanitario y establecía que quienes no se vacunaran serían cesados y no cobrarían sus sueldos. Burda amenaza cuando en las islas no hay personal sanitario sobrante.

Es cierto que hubo una reacción masiva ante la imposición, dijo un vocero del Liyanna Kont Pwofitasyon (LKP), el “Colectivo contra la Explotación Indignante” que agrupa a los promotores de la protesta. “Pero no somos estúpidos –agregó– como quienes en París se manifiestan contra las vacunas. La estupidez no llegó a nosotros, aquí protestamos porque las vacunas no llegan, han vacunado al 32% de los nuestros cuando en Francia el 77% de la gente ya tiene las dos primeras dosis”. Las fuentes sindicales señalan, y así se lo recordaron al ministro Lecornu, que “la oposición a la vacuna nace de recelos anticoloniales y por la desconfianza hacia la metrópoli por su tratamiento histórico de los temas sanitarios”.

Cuando habla de recelos y desconfianza, el LKP se refiere a la política genocida impulsada por Francia en favor de las bananeras y las plantaciones menores. Durante décadas, y pese a las denuncias de entidades científicas de todo el mundo, en las islas se empleaba hasta el exceso el clordecona, un insecticida, acaricida y fungicida de efectos cancerígenos, como ocurre aquí, aún hoy, con el glifosato. Todo con el objetivo de combatir el gorgojo, el enemigo declarado de los dueños de la tierra. Así ocurrió entre los años cincuenta y noventa del siglo pasado, hasta 1999, mientras en Francia ya estaba prohibido. El clordecona entró definitivamente en el índex cuando la ONU impulsó (2009) el Convenio de Estocolmo.

Lecornu llegó a las islas diciendo que París extendía hasta el 31 de diciembre el plazo para que los sanitarios se vacunaran y ofreciendo créditos para ocultar el crítico cuadro social –el 34% vive por debajo de la línea de pobreza y el desempleo bordea el 19%– generando 500 puestos de trabajo. La plataforma del LKP va mucho más allá. Reclama un aumento de salarios, planes de formación laboral y creación de puestos duraderos de trabajo, seguro de desempleo, leyes previsionales, la renuncia de los gobiernos locales, planes de acceso pleno al agua potable y hasta la suspensión de la construcción de un monumento a Cristóbal Colón. Todo está coronado con la exigencia del retiro de las tropas del Groupe d’Intervention de la Gendarmerie Nationale, la temible fuerza represiva que dejó un tendal de torturados y asesinados durante la intervención en la africana Malí (2013-2014).

El anuncio de Lecornu bien pudo haber sido un simple globo de ensayo, porque la idea de la independencia de las colonias debe madurar en algún momento, pero no es el actual el mejor contexto para andar diciendo cosas de ese corte. Lo que Macron necesita es calma en el frente de ultramar, sobre todo por las repercusiones internas que tiene ante las próximas elecciones presidenciales del 10 de abril de 2022, cuando la reelección viene bastante más que complicada. Además, enfrenta otro momento crítico el próximo domingo 12, cuando se celebre un tercer referéndum independentista en Nueva Caledonia (Pacífico sur), una consulta que los anti metrópoli boicotean aduciendo que la pandemia impidió realizar una verdadera campaña proselitista que París sí pudo hacer, valiéndose del manejo de los medios. «

Barbados cambia para que nada cambie

Como siempre, como todos los días desde hace cuatro siglos, el último segundo del martes 30 en la antillana isla de Barbados, hasta la rutina siguió teñida con los colores del United King, solo que esta vez fue con fuegos artificiales, fanfarria militar, una salva de 21 cañonazos y hasta la excepcional aparición en escena del príncipe Carlos de Gales. “Barbados  corta los lazos con la monarquía para convertirse en la república más joven del mundo”, celebraron con la mayor impudicia los principales medios del mundo. Los fastos se realizaron en el espacio público, pero no estuvieron abiertos a los 287 mil habitantes del territorio, que se enteraron por las habladurías de cómo fue la cosa. Sin embargo, ellos conocen cómo es la cosa.

En este cambio de status todo suena como de una coreografía revisteril. Sandra Mason, la nueva jefa de Estado que asumió en lugar de Isabel II, es quien hasta el último segundo del martes fue la gobernadora general de la isla, instalada en el sillón de mando de Bridgetown por expresa disposición de la reina. En el discurso pronunciado en el acto de transición, que como todos los discursos reales fue redactado por los diplomáticos del Foreign Office, con sueño y sin ninguna inflexión de voz, Carlos leyó que “en este momento es importante para mí unirme a usted (Mason), para reafirmar aquellas cosas que no cambian, como la asociación cercana y confiable entre ambos como miembros vitales de la Commonwealth”. Breve, pero bien claro.

Para los barbadenses las cosas son distintas. Además de seguir aguardando aunque sea un remedo de disculpas por los cuatro siglos de matanzas de la Guardia Rural, por la muerte y las mutilaciones sufridas en las plantaciones, por más de 200 años de esclavitud y por haber hecho de la isla un mero coto turístico, exigen una reparación real. En vez de una república recibieron un paraíso fiscal en el que en 2021 el desempleo se disparó al 17,1% y la pobreza supera ya el 20%. Aunque la imprecisión, cuando no la ausencia de estadísticas es otra señal del abandono en el que la metrópolis deja a su colonia, el FMI dice que por el volumen de su PBI Barbados es la economía 159 entre 196 países, y que se sitúa entre los Estados con mayor deuda: 6658 millones de dólares equivalentes al 157% de su PBI.

Al ratificar su pertenencia a la Commonwealt –una entidad cuyo objetivo es la cooperación política y comercial bajo la tutela del Reino Unido– junto con otros 54 países anglófonos de todas las áreas geográficas, Barbados sigue el camino de tímida ruptura iniciado en América y el Caribe por Guyana (1970), Trinidad y Tobago (1976), Dominica (1978) y Mauricio (1992). Sandra Mason no negó ni ocultó que por aquí habrá de transitar.

Hasta ahora, un anuncio y dos decisiones marcan las jornadas iniciales de la era Mason. El primero, el gran jugador de cricket Garfield Sobers, capitán del equipo que en 1972 ganó una serie mundial ante Australia, será nominado por ello héroe nacional. Las segundas, la rapera Robyn Rihanna será embajadora extraordinaria y plenipotenciaria, y fue declarada heroína nacional en reconocimiento por los varios premios Grammy ganados en su carrera. Y, para el cierre de su debut, la señora Mason concedió la Orden de la Libertad, nada menos, al príncipe Carlos, cuando para los barbadenses, y así lo dicen, “la familia real ha sido y es una fuente de explotación en esta región”.