Quizás sea una moda o tal vez siempre haya sido así, pero pareciera que hoy en día cualquier cuestionamiento a un gobernante debe inexorablemente implicar la palabra “dictador”. Pero aún entre los supuestos dictadores los hay buenos y malos, los hay aceptables y cuestionables, amigos y enemigos. Es así que Recep Tayyip Erdogan es para occidente un “dictador” molesto, de esos que controlan el gobierno y los destinos y voluntades de cada habitante de “su” Turquía. Es el nuevo sultán que busca ampliar su influencia hacia Europa, a los viejos territorios otomanos y más allá, hacia todas las zonas en donde haya una población turca importante, empezando por Alemania, con su casi millón y medio de turcos.

Después de once años como primer ministro y tres como presidente, Erdogan promovió en 2017 un referéndum constitucional para transformar a Turquía de un régimen parlamentario a uno presidencialista y extender el mandato de cuatro a cinco años. El 24 de junio habrá elecciones generales y a partir de entonces no existirá el cargo de primer ministro: quien gane ostentará mucho más poder del que tuvo hasta ahora cualquier Jefe de Estado o de Gobierno. Y sí, probablemente Erdogan sea reelecto.

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El fin de semana Erdogan visitó Sarajevo, capital bosnia, en el marco de su campaña. Hubo dos razones para elegir esta ciudad: la primera es que más de la mitad de la población de Bosnia Herzegovina es musulmana, uno de los porcentajes más altos de Europa. Hay también una importante minoría turca y el “sultán” goza de un buen apoyo. De hecho, el miembro musulmán del triunvirato presidencial bosnio declaró que “Erdogan fue enviado por Alá para gobernar Turquía”; mientras que el líder serbobosnio dijo que el mandatario se está involucrando demasiado en la política bosnia. Para los musulmanes es un protector y un fuerte aliado; para los cristianos, un entrometido.

Las calles de Sarajevo se cubrieron de cotillón y merchandising: gorro, bandera y vincha con la cara del líder extranjero. Al menos veinte mil personas asistieron a un acto en el que no faltó retórica nacionalista, y que incluyó un llamado a que los descendientes de turcos participen activamente en política europea para combatir lo que llamó sentimiento “anti turco”. Quizás este llamado explique la segunda razón por la que Erdogan eligió Sarajevo: muchos países negaron la posibilidad de realizar el evento, entre ellos Alemania, Austria y Holanda. Ninguna potencia del occidente europeo quiere que el sultán, el dictador, influya demasiado.

Mientras tanto, al sur de la frontera, pasaba algo curioso. En Montenegro Milo Djukanović asumió la presidencia el domingo pasado luego de haber sido alternadamente primer ministro y presidente de su país desde 1991. Apenas no ocupó ningún cargo entre 2008 y 2010, y entre 2012 y 2016, pero siempre se mantuvo como líder de Montenegro más allá del puesto que ocupase, y siempre encabezando el Partido Socialista Democrático. Su agrupación ha ganado todas las elecciones presidenciales y parlamentarias desde 1990.

Con el desmembramiento de la República Federativa Socialista de Yugoslavia a comienzos de los 90, Djukanović permaneció junto al serbio Slobodan Milošević pero poco a poco comenzó a distanciarse. Eventualmente se convirtió en el principal impulsor de la independencia (alcanzada en 2006) y de la incorporación de Montenegro a la OTAN el año pasado, así como del proceso en marcha para formar parte de la Unión Europea. Hoy en día Djukanović se constituye como uno de los aliados favoritos de occidente en los Balcanes, tanto es así que sus seguidores suelen ondear la bandera montenegrina junto a la estadounidense.

Poco importa que Djukanović se haya enquistado en el poder a lo largo de casi tres décadas, poco importa el autoritarismo, los límites a la libertad de prensa, la represión policial o incluso la violación a los derechos humanos que denuncian algunos partidos opositores. Mucho menos importan las causas que tiene o ha tenido el montenegrino por corrupción, contrabando o contactos con el crimen organizado italiano. Ni siquiera que en 2015 fuera reconocido por el Proyecto de Informe sobre la Delincuencia Organizada y la Corrupción (OCCRP) como “la persona que más ha hecho en el mundo para promover la actividad criminal organizada y la corrupción”. Nadie lo llamará “dictador”, nadie prohibirá un acto suyo en Alemania o Austria u Holanda.

Tal vez la diferencia en cantidad de habitantes sea un punto fundamental, y está claro que no hay forma de equiparar a setenta millones de turcos con unos setecientos mil montenegrinos. Evidentemente la influencia política y económica de ambos países es incomparable, pero también es evidente que los cuestionamientos que (bien vale decirlo, con razón) se le hacen a Erdogan desde occidente no se le plantean al régimen de Djukanović. Nadie cuestionó el 54% que obtuvo Djukanović en abril como se cuestionó el 51,4% que le permitió a Erdogan modificar la Constitución Nacional el año pasado. Como si las formas fueran tan distintas. Será que ningún “dictador” puede ser amigo de occidente. Y viceversa.