El ataque que destruyó la Torre Jala alarmó a los medios internacionales como no lo habían hecho los devastadores bombardeos sobre Gaza, que causaron un mínimo de 140 muertos, entre ellos una treintena de niños. Es que allí tenían oficinas las agencias Associated Press (AP) estadounidense, la BBC del Reino Unido, la francesa AFP y Al Jazeera, perteneciente al gobierno catarí. Todo un símbolo del tratamiento que recibe el conflicto en esa región ensangrentada de Medio Oriente: los medios más afines a posiciones del gobierno israelí se apuraron a aclarar que habían advertido del operativo para que evacuaran las instalaciones.

“Estamos conmocionados y horrorizados por el hecho de que el ejército israelí apunte y destruya el edificio que alberga la oficina de AP y otros medios de comunicación en Gaza”, señaló un co-municado firmado por Gary Pruitt, el jefe local de esa agencia. “Hemos solicitado información al gobierno israelí y estamos en contacto con el Departamento de Estado de EE UU para tratar de averiguar más”, abundó Pruitt, para concluir: “El mundo estará menos informado de lo que suce-de en Gaza por lo que ha ocurrido hoy”. El canal Al Jazeera -el nombre alude a la península árabe- se maneja con estándares informativos “anglosajones”. Voceros del ejército de Israel indicaron que en el edificio destruido había equipo militar de Hamás, lo que según los altos mandos era suficiente motivo para tirarlo abajo.

Cuando, a semanas de las elecciones que terminaría perdiendo, Donald Trump anunció el pro-greso de la iniciativa Paz Árabe, destinada a lograr el “acuerdo del siglo” entre árabes e israelíes, el canciller catarí, Muhamad bin Abdulrahman Al Thani, rechazó el convite argumentando que la comunidad árabe no debería pasar por alto “las miserables condiciones de vida del pueblo pales-tino por la ocupación y la opresión”. Sí aceptaron Emiratos Árabes Unidos y Bahrein. 

El que manejó el plan de paz fue el yerno del exmandatario, Jared Kushner, empresario inmobiliario como Trump y sin ninguna experiencia en política internacional. La situación en esa parte del mundo, lejos de aquietarse tras aquellos acuerdos surgidos de la errática política exterior estadounidense con Trump, fue tomando presión a medida que se produjo el cambio de gobierno. El primer ministro Benjamin Netanyahu fue un ferviente aliado de Trump como un feroz enemigo de Barack Obama, que en 2014 había alcanzado los acuerdos nucleares con Irán junto con las otras cuatro potencias del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania. Entre las primeras medidas de Trump en la Casa Blanca se recuerda la ruptura unilateral del plan 5+1.

Esta nueva intensificación del viejo conflicto tiene varios condimentos que conviene tener en cuenta. Uno de ellos es la vuelta de los demócratas a Washington con el vicepresidente de Oba-ma en el Salón Oval. Cuando aún está asentándose en el cargo, la ofensiva puede aparecer como una señal de los sectores ultras dentro de Israel hacia la nueva gestión presidencial. Todavía Joe Biden no dio un gran paso para mostrar sus cartas hacia Irán, pero el antecedente preocupa a los halcones.

Por otro lado, la dirigencia israelí no logra conformar un liderazgo estable y con visión a largo pla-zo. Hace apenas 54 días, una nueva ronda electoral, la cuarta en dos años, mostró la dificultad para formar gobierno para Netanyahu, quien lleva en el cargo 12 años. El problema para “Bibi” es que ahora enfrenta procesos judiciales por corrupción que lo podrían llevar entre rejas. Y como tampoco esta vez alcanzó una mayoría parlamentaria, el presidente Reuven Rivlin llamó a Yair Lapid, exministro de Finanzas, para que intente formar gobierno y no volver a las urnas en una aventura que no llevaría sino a confirmar el fracaso de la dirigencia.

Hamás, que gobierna en Gaza desde 2007, es un grupo islámico con un brazo armado que no busca ningún acercamiento con Israel e incluso declara que pugna por su destrucción. Considera-do un grupo terrorista, desde aquella fecha ese territorio de 365 kilómetros cuadrados sufre el bloqueo de Israel y su población -unos dos millones de seres humanos-, ya sea que adhieran o no a Hamás, viven en una suerte de cárcel a cielo abierto, como la definen incluso críticos de esa política dentro de Israel. La derecha xenófoba viene creciendo en todo el mundo. Y las consecuencias también. Hace algunas semanas, una nutrida marcha de ultranacionalistas cantaba consignas antiárabes en las calles de Jerusalén. El desalojo de familias palestinas de un barrio de Jerusalén Este por el reclamo judicial de colonos israelíes fue otra chispa en un barril de pólvora. O la misma, porque se trata de reclamos de nacionalistas israelíes. La violenta represión policial en la Explanada de las Mezquitas, contra musulmanes que rezaban en la Mezquita de Al Aqsa, el tercer lugar más sagrado para la fe islámica, no puede dejarse de lado en este recordatorio. Tampoco los cohetes desde Gaza.