Fue en medio del calor de Los Llanos riojanos cuando los salvajes unitarios dejaron en exhibición en la plaza de Olta, ensartada en una pica militar, la sabia cabeza, sólo la cabeza, de Ángel Vicente Peñaloza, el Chacho. Querían mostrarle al pueblo cuál era el destino que Buenos Aires, el puerto, les reservaba a los caudillos que en defensa de su gente enfrentaban a los rapiñadores del centralismo porteño, representados por Bartolomé Mitre y sus aliados del interior. Valga uno de ellos, Domingo Faustino Sarmiento, el personaje que en su carácter de “padre del aula” decía de sí mismo que era “el guía de la niñez” y, simultáneamente, se regocijaba con la decapitación de Peñaloza.

El 12 de noviembre de 1863, el día de la barbarie de Los Llanos, hacía 14 años ya que el ejército colonial francés había degollado a los 24 patriotas a los que Argelia rinde homenaje hoy. Seguramente, Peñaloza ignoraba esa y otras nuevas originadas en el yermo corazón de la alta civilización europea. Ni podría imaginar que, años después, serían ultrajados varios caciques indígenas argentinos cuyas cabezas estuvieron exhibidas, como trofeos, en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Entre otros tantos, el pampa Cipriano Catriel, el ranquel Panguithruz Güor y el tehuelche-mapuche Inacayal.

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