La banalización de la vida pública y el desprestigio de la política hasta llegar a la antipolítica es uno de los rasgos de la modernidad. El gran escritor ruso Anton Chejov lo expresó brillantemente: «No hay nada más terrible, insultante y deprimente que la banalidad”.

La filósofa Hanna Arendt y su “banalidad del mal” , Fidel Castro desde la política, analizando lo que ocurría en el mundo y latinoamérica, Eduardo Galeano en sus ensayos, llamaron la atención sobre la banalización de la vida pública y la acción política que es la tierra abonada para que florezca la antipolítica que transforma Eras de la historia en épocas bobas, donde el sin sentido parece dominar y justificar envilecimientos de la comunicación, el emprendimiento y la justicia e interpretaciones peligrosamente estúpidas de la realidad social y política.

Algo que las redes sociales banalizan es lo que ha ocurrido en el Perú en el post fujimorato.

Parece chiste de mal gusto la inestabilidad peruana (seis presidentes en siete años). Muchos no ven el trasfondo estructural de una economía cuyo PIB ha crecido en relación proporcional a la concentración del ingreso, a la corrupción pública y privada, y el deterioro de las expresiones políticas y sociales. Es inversamente proporcional a la esperanza de un mejor futuro para la actual y futuras generaciones.

Eso ocurre en un país que como pocos ha sido asiento de civilizaciones milenarias como la incásica y chanchan y que ha producido artistas, intelectuales y políticos, que compartieron sueños transformadores como César Vallejo, Jose Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre.

César Vallejo, con Pablo Neruda ,Jorge Luis Borges, Jorge Amado, Gabriel García Márquez, Miguel Angel Asturias, Octavio Paz, son parte de la más alta expresión de la literatura latinoamericana de todos los tiempos.

José Carlos Mariátegui (despreciado por la ignorancia de ciertas élites racistas ecuatorianas que creen desprestigiar al movimiento indígena adjetivándolo como mariateguista) fue uno de los precoces, multifacéticos e iluminados ensayistas que trató de interpretar las realidades sociales y culturales peruanas y latinoamericanas. Innovó las corrientes pro socialistas que florecían en la Europa de los 20 y 30 del siglo pasado.

Haya de la Torre fue capaz de vislumbrar a la política como acto civilizatorio, en medio de la turbulencia de su propia vida pública,  según lo define en su ensayo Jorge Nieto, y en los años de exilio en México como secretario de José Vasconcelos crear un partido APRA (Acción Revolucionaria Popular Americana) como  necesidad para actuar creativamente interpretando el espacio-tiempo histórico para Indoamérica en los siglos XX y XXI.

Ese es el Perú en crisis política que hoy debe recuperar su grandeza histórica con un gobierno que haga centrismo creativo, gobernabilidad para el cambio gradual, en un nuevo orden internacional multipolar.

La flamante presidenta Dina Boluarte tiene que intentar hacer un gobierno que entienda el espacio-tiempo histórico de Haya de la Torre aplicado a la coyuntura postCastillo.

Su período no puede ser más extenso que el que le impone su precariedad legislativa y social. A riesgo de quebrar la precaria paz de una sociedad tremendamente desigual, desesperanzada, y al borde de una gran irritación.

Que la grandeza de su civilización milenaria, de sus intelectuales, artistas, guíen el camino del Perú.“Peruanicemos el Perú” es el mandato de Mariategui desde la eternidad.

Y que el pueblo peruano no haga suyos los versos desesperanzados del genial César Vallejo: “Yo nací un día en que Dios estuvo enfermo”

Inspirarse en la grandeza del pasado, no despeñarse hacia la banalidad y oportunismo corrupto del presente. Ese es el mandato de la historia para el gobierno provisional que preside Boluarte.