“Ni yanquis ni marxistas”, decía hace tantos años un general en una tierra que poco tiene que ver con Medio Oriente. Pero esa misma frase bien podría aplicarse al nuevo escenario que se abre en Irak tras las elecciones del pasado fin de semana. No casualmente muchos medios occidentales se refieren al carismático clérigo Muqtada al-Sadr con el tan abstracto e impreciso adjetivo de “populista”, aunque no faltan aquellos que se limitan al igualmente insondable “nacionalista”. Poco se habla de sus ideas políticas o económicas. Tal vez siquiera importen porque al fin y al cabo la campaña de al-Sadr, el sorprendente ganador de las elecciones iraquíes, se basó en promesas de limitar las influencias extranjeras en su país. Los que salieron perdiendo fueron los vecinos Irán y Arabia Saudita. Y Estados Unidos.

Aunque no fue candidato, al-Sadr lideró Sairun (“En Movimiento”), una alianza sumamente heterogénea que incluye al Partido Comunista de Irak, a liberales, reformistas y religiosos. Su habilidad y buena imagen a nivel nacional logró unificar no sólo a sectores distantes entre sí sino también a cierta parte de la población particularmente apática, reacia a los partidos tradicionales que cargan con el peso de la corrupción endémica en todo el país. Ya en 2016 al-Sadr había liderado populosas manifestaciones en contra del gobierno y, en el marco de la invasión estadounidense iniciada en 2003, llevó adelante dos levantamientos en contra del ejército de George Bush. Desde entonces se constituyó como un importante e influyente antagonista para Estados Unidos. Pero algo similar sucede con Irán. En febrero un político iraní prometió “no permitiremos que los liberales y comunistas gobiernen Irak”.

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A lo largo de la década pasada el clérigo logró organizar a miles de personas pobres de los barrios periféricos de Bagdad en una suerte de movimiento ciudadano que hoy constituye su principal fuente de votos. Su discurso encendido ataca por igual al antiguo régimen de Saddam Hussein, a la intervención estadounidense, a la influencia iraní y a la corrupción del gobierno. Su retórica anti sectarismo puede prender entre la minoría sunita y particularmente entre los kurdos, que en septiembre pasado votaron en un referéndum abrumadoramente a favor de su independencia. Claro que en un país que lleva demasiado tiempo intentando reconstruirse, el apoyo a Sairun también tiene su carga de voto bronca.

La sorpresiva victoria de al-Sadr significó un importante golpe para el Primer Ministro Haider al-Abadi, que contaba con el apoyo de occidente, tiene buenas relaciones con Irán y tenía a su favor la victoria sobre el Estado Islámico anunciada a fines del año pasado. Probablemente su estrategia de jugar a dos puntas haya terminado por afectarlo. De hecho, se distanció del actual vicepresidente, ex Primer Ministro y líder de la coalición gobernante Nouri al-Maliki porque éste lo instó a tomar partido: o Irán o Estados Unidos. Al-Abadi terminó entonces presentándose a elecciones bajo su propia bandera, la Alianza Victoria, y las urnas no lo favorecieron. El tercer puesto a nivel nacional no es un resultado tan malo como el quinto en Bagdad, capital y bastión del gobierno, donde en las elecciones anteriores había rozado el 40%. Por su parte, al-Maliki no obtuvo mejores números: de 2014 a 2018 perdió casi un 85% de votos.

Pero no sólo perdió el candidato que contaba con el apoyo de la Casa Blanca, también perdió quien tenía la venia de la República Islámica de Irán. La Alianza Fatah (“Conquista”) quedó en segundo lugar. Su líder, Hadi al-Amiri, peleó en los 80s del lado iraní en la guerra contra las tropas de Saddam Hussein, habla persa y tiene excelentes relaciones con la cúpula del poder al este de la frontera. Además comandó una organización paramilitar que se enfrentó al Estado Islámico con buenos resultados y, a diferencia del ejército de al-Abadi, sin depender de Estados Unidos. Podría haber capitalizado esa victoria, pero es probable que le hayan terminado jugando una mala pasada no sólo las abiertas y cercanas relaciones con la potencia chiita, sino también las acusaciones de que Irán financiaba su campaña. Al-Amiri lo negó en reiteradas ocasiones, pero no parece haber bastado.

Finalizados los comicios, al-Sadr expresó su voluntad de trabajar con otros partidos, específicamente se refirió al liberal al-Wataniya (“Coalición Nacional”), a Hikma (“Sabiduría”, encabezado por un ex líder de la conservadora Asamblea Islámica en Irak que actualmente se muestra como moderado) y a dos partidos kurdos. Nada dijo de colaborar con al-Abadi ni con al-Amiri. Aún así, los partidos tienen 90 días para formar gobierno y elegir a un nuevo Primer Ministro, y no resultaría sorprendente que al-Abadi permaneciera en el cargo. Dependerá de la capacidad de negociación de un nuevo líder que parece a punto de declarar a su movimiento como la tercera posición.