Hace un año, cuando Donald Trump era sólo un mediático empresario con muy buenos dotes para la provocación, sorprendió con una frase que si no llegó a preocupar al establishment estadounidense fue sólo porque nadie imaginaba que podría llegar a convertirse en el candidato republicano. «El mundo sería más seguro con (Muahammar) Khadafi y (Saddam) Hussein. Hacer algo similar con Bashar al Assad (es decir, eliminarlo) tendrá las mismas consecuencias para Siria», dijo. 
Estos días se realizó el último debate entre los dos aspirantes a la presidencia de Estados Unidos y el polémico Trump volvió a repetir esa sentencia, como lo vino haciendo en los dos ásperos encuentros que había tenido ante las cámaras de tevé con la representante demócrata, Hillary Rodham Clinton. 
El punto es clave para entender el eje sobre el que Trump sustenta su oferta electoral: Estados Unidos debe encerrarse en sus fronteras, defender los puestos de trabajo de sus ciudadanos y no malgastar dinero en aventuras militares en el resto de mundo. Para eso, levanta banderas que en 2008 enarboló Barack Obama, al que indirectamente reprocha de haber incumplido con sus promesas de campaña sumergiendo a su país en nuevas encerronas bélicas de las que no se sale tan fácilmente, como muestra su experiencia. 
El dato adicional es que la ejecutora de esas políticas intervencionistas es precisamente su contrincante del 8 de noviembre, secretaria de Estado hasta que en febrero de 2013 renunció para luchar por ser la primera mujer en ocupar el Salón Oval. El mismo recinto que disfrutó su marido en los ’90, aunque esa es otra historia.
El discurso y las propuestas de Trump suenan corrosivas si uno se atiene solamente a eso de levantar un muro para que no crucen los mexicanos. Pero resultaría difícil para el que firma no suscribir palabra por palabra esa diatriba contra Rodham Clinton sobre su responsabilidad en los desastres libio y sirio. 
Con el agregado que Trump no menciona de que la ex primera dama y ex canciller estadounidense fue responsable de las ofensivas para derrocar en 2009 al presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, y al paraguayo Fernando Lugo en 2012. Y de haber aceitado mediante esos atentados contra la democracia el mecanismo de golpe blando que se aplicó en Brasil hace dos meses contra Dilma Rousseff.  
Pensándolo bien, tal vez un  muro podría ser una buena forma de poner distancia entre la América Latina y las intentonas intervencionistas de los gobernantes del norte del Río Bravo. Pero tampoco se debería confiar demasiado en esa eventualidad.
Las posibilidades de que Trump triunfe parecen hoy por hoy bien  escasas, de acuerdo a las últimas encuestas. Influye para esto el hostigamiento mediático que viene denunciando. No hay medio hegemónico occidental donde no se lo compare con lo peor del género humano. Con razones valederas en el caso de sus rasgos misóginos y sus actitudes impredecibles. 
Pero atención, también cabe pensar lo peor de Hillary, con el agregado de que ella ya demostró de lo que es capaz. ¿Sería mejor que estuviera ella en posesión de las claves nucleares?
En todo caso, ¿qué cosa peor le podría ocurrir a la región y el mundo con Trump en la Casa Blanca? 
Una más: ¿sería posible pensar que un presidente estadounidense, por díscolo que se muestre en la previa, pueda cambiar la agenda imperial, por más respaldo electoral que logre? 
Finalmente, después de Obama, ¿es factible pensar que un candidato cumplirá con sus promesas? «

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