El hambre en el mundo registró un dramático crecimiento en el último año. Llegó a los 828 millones de personas, lo que significa un aumento de 46 millones de ciudadanos y ciudadanas alrededor del globo que no pueden acceder al derecho básico a la nutrición. Estos datos se desprenden del último informe de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), publicado en julio, que recoge las estadísticas mundiales del año anterior.

Faltando apenas ocho años, la meta de Hambre Cero que fuera fijada en el Objetivo de Desarrollo Sostenible 2 (ODS2) de la Agenda 2030, está lejos de cumplirse. “La intensificación de los principales factores de las tendencias recientes de la inseguridad alimentaria y la malnutrición (a saber, los conflictos, los fenómenos climáticos extremos y las perturbaciones económicas), junto con el elevado costo de los alimentos nutritivos y las crecientes desigualdades, seguirán dificultando la seguridad alimentaria y la nutrición”, dice la FAO.

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La población mundial alcanzará los 8000 millones en noviembre de este año según el informe Perspectivas de la Población Mundial, de la propia ONU. Por lo tanto la cifra de las personas que padecen hambre sobrepasó el nivel del 10% de la población mundial. Dentro de este panorama ciertamente trágico, hay una visión que inclusive es más estremecedora: se calcula que 45 millones de niños menores de cinco años padecían emaciación, que es “la forma más mortífera de malnutrición, lo que, además, aumenta hasta 12 veces el riesgo de mortalidad infantil”, según explica el organismo. En el mismo trabajo se detalla, además, que “149 millones de niños menores de cinco años sufrían retraso en el crecimiento y el desarrollo debido a la falta crónica de nutrientes esenciales en su dieta, mientras que 39 millones tenían sobrepeso”.

Otro aspecto que se detalla es que, a su vez, unos 2300 millones de personas en el mundo, que representa el 29,3%, se encontraban en 2021 “en situación de inseguridad alimentaria moderada o grave”. Esos porcentajes se corresponden con que la problemática aflige a 350 millones de personas más que antes del brote de la pandemia de la Covid 19. A su vez, cerca de 924 millones de personas (el 11,7% de la población mundial) afrontaron niveles graves de inseguridad alimentaria, lo que supone un aumento de 207 millones en un intervalo de dos años.

Tras permanecer relativamente sin cambios desde 2015, el porcentaje de personas afectadas por el hambre se disparó en 2020 y siguió aumentando en 2021, hasta alcanzar el 9,8% de la población mundial, frente a los porcentajes del 8 % registrado en 2019 y del 9,3% en 2020”, se detalla en el trabajo del organismo de la ONU, que luego de brindar un completo informe numérico se detiene a considerar las causas fundamentales de este flagelo mundial. Y en ese sentido, señala “el brote de la pandemia de la enfermedad por coronavirus” como así también “el contexto de recesión actual, que dificulta aún más que muchos gobiernos incrementen sus presupuestos para invertir en la transformación de los sistemas agroalimentarios que necesitan sus países”.

Pero eso no es todo. El panorama futuro no es más auspicioso, ya que como apunta el informe, en el momento de su publicación “la guerra que se está librando en Ucrania, en la que están implicados dos de los mayores productores mundiales de cereales básicos, semillas oleaginosas y fertilizantes, está perturbando las cadenas de suministro internacionales y provocando un aumento de los precios de los cereales, los fertilizantes y la energía, así como de los alimentos terapéuticos listos para el consumo destinados al tratamiento de la malnutrición grave infantil”. Por esa razón, el organismo eleva una recomendación a los gobiernos a “comenzar a replantearse cómo pueden reasignar sus actuales presupuestos públicos para hacerlos más eficaces en función del costo y más eficientes a la hora de reducir el costo de los alimentos nutritivos e incrementar la disponibilidad y la accesibilidad de las dietas saludables, de manera sostenible y sin dejar a nadie atrás”.

Qu Dongyu asumió su mandato como director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, en agosto de 2019. Nació en la provincia china de Hunan, en el seno de una familia dedicada al cultivo de arroz. Luego de conocerse los datos del informe referido explicó que “los países de ingresos bajos, donde la agricultura resulta esencial para la economía, el empleo y los medios de vida rurales, disponen de escasos recursos públicos para su adaptación”. En función de ello, aseguró que el organismo que tiene a su cargo “se compromete a seguir trabajando con estos países en la búsqueda de oportunidades que permitan incrementar la prestación de servicios públicos en beneficio de todos los actores de los sistemas agroalimentarios”.

Claro que siempre, cuando se produce un relevamiento con estas conclusiones, las cifras y las conclusiones que más conmueven son las que afectan a los niños. En ese aspecto, la directora ejecutiva del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), Catherine Russell, -quien asumió esa responsabilidad el 1° de febrero de este mismo año, indicó que “la magnitud sin precedentes de la crisis de malnutrición requiere una respuesta sin precedentes. Debemos redoblar nuestros esfuerzos para garantizar que los niños más vulnerables tengan acceso a dietas nutritivas, inocuas y asequibles, así como a servicios de prevención, detección y tratamiento tempranos de la malnutrición. Con la vida y el futuro de tantos niños en juego, este es el momento de intensificar nuestra ambición por la nutrición infantil; no podemos perder el tiempo”.