La puja diplomática entre Estados Unidos y Rusia ascendió un nuevo escalón esta semana luego de que el gobierno de Joe Biden expulsara a 10 funcionarios de la embajada rusa y desde Moscú respondieron con el típico “uno por uno”, exigiendo que diez diplomáticos abandones perentoriamente el país euroasiático. La Casa Blanca, además sancionó a 32 personas físicas y jurídicas y prohibió que instituciones financieras estadounidenses participen en el mercado primario de bonos de deuda en rublos. La justificación de Washington es que debe penalizar la supuesta interferencia rusa en las elecciones de 2020 el presunto pago a talibánes afganos para que asesinen a efectivos de las fuerzas de ocupación de EEUU.

Esta ofensiva diplomática coincidió con otra escalada en Ucrania, donde se amontonan tropas en las fronteras rusoucranias en una zona donde el combustible está muy volátil y el presidente Volodimir Zelenski viene reclamando mayor intervención de la OTAN ante lo que considera una agresión rusa.

En ambos escenarios, sin embargo, la disputa de fondo pasa por otro lado. Más bien por el fondo de mar por donde se continúa con la construcción del ducto Nord Stream 2, destinado a proveer de gas ruso a Alemania y que Estados Unidos trata infructuosamente de detener por razones estratégicas pero también económicas. En este caso, el gobierno Biden no encuentra la forma de obligar a que Alemania deje de lado ese proyecto multimillonario que podría ponerse en marcha en un mes. Para los germanos, se trata de dinero, para los estadounidenses, de impedir que Rusia se convierta en el gran jugador de la política europea a través de un caño que alimenta las industrias de la economía más desarrollada del continente.

Biden, que asumió el 20 de enero, necesita recomponer relaciones con los países europeos, duramente denostados durante la gestión de Donald Trump. El ex mandatario los humilló en público para que pusieran más dinero con que solventar al organismo militar creado en la Guerra Fría para enfrentar en el campo de batalla a la Unión Soviética. Desde hace 30 años, la OTAN es un cuerpo armado en busca de enemigos, al que la UE soportó mientras el gasto fuerte corriera por cuenta de Washington, pero ante el cambio de enfoque de Trump, comenzaron a crecer las resistencias de los principales sponsors, como Francia y Alemania.

Para colmo, los alemanes encararon un plan de reconversión para trocar la energía nuclear por fuentes renovables. Pero ese no es un proceso fácil y por ahora necesitan desesperadamente de gas. Trump pretendía que Berlín aceptara comprar gas licuado de los yacimientos de esquisto estadounidenses. Pero su producción es más cara y además, con el costo del transporte, sería un suicidio para la industria germana. La solución pasó por una inversión de 10 mil millones de euros para llevar un gasoducto desde Vyborg, en la costa del Mar Báltico, a Grieswald, en Alemania.

Kiev tiene mucho que ver con este asunto, porque el primer proyecto contemplaba pasar por territorio ucraniano, pero el golpe de estado de 2014 -en tiempos de Barack Obama- y el acercamiento de los gobiernos que sucedieron a Viktor Yanukovich a EE UU y la UE y sus posturas neofascistas, llevaron a un reordenamiento de la región. Los sectores de población rusa, como la península de Crimea y el este del país, se inclinaron por integrarse a la Federación Rusa. Crimea, donde Moscú tiene su más grande base naval, volvió oficialmente a integrarse a la nación en los primeros meses de 2014. Donetz y Lugansk se declararon repúblicas independientes pero sin reconocimiento internacional.

Ese es el territorio donde Rusia podría terminar envuelta en una guerra no solo contra Ucrania sino contra la OTAN. De un lado de esa lábil frontera -donde debería regir un alto el fuego y una hoja de ruta para la pacificación acordado en febrero de 2015 en Minsk, la capital bielorrusa entre Alemania, Francia, Ucrania y Rusia, el denominado Cuarteto de Normandía- la OTAN y Kiev organizaron ejercicios militares. Del lado ruso, acumularon efectivos y pertrechos como para mostrar los dientes.

Los medios occidentales, siguiendo el libreto de la OTAN, hablan de amenaza rusa y dicen que el organismo de defensa apoyará “en forma inquebrantable la soberanía e integridad territorial de Ucrania”.  A una pregunta del secretario de Estado Antony Blinken, el canciller ruso Segei Lavrov, respondió, ácidamente: “¿Qué está haciendo Rusia en la frontera con Ucrania? La respuesta es muy simple: vivimos allí, este es nuestro país. Pero qué están haciendo los barcos y el ejército estadounidenses en Ucrania, a miles de millas de su propio territorio, esta pregunta sigue sin respuesta”.

Por ahora, Rusia ordenó cerrar el estrecho de Kerch, que comunica el mar de Azov con el Mar Negro. Ucrania reclama que Europa y Estados Unidos exijan la apertura de ese estratégico paso. Los analistas consideran que nadie quiere una guerra en ese lugar del mundo. Y Biden invitó a Putin a una entrevista para resolver los entredichos. Pero donde hay nafta, cualquier chispa podría ser fatal.

Afganistán, otra invasión desastrosa

“Es hora de poner fin a esta guerra eterna”, dijo Joe Biden al anunciar que cumplirá promesas de Barack Obama de 2009 y de Donald Trump de 2017 y el 11 de septiembre, cuando se cumplan 20 años de los atentados a las Torres Gemelas, retirará las últimas tropas en ese territorio asiático.

Fue la guerra más prolongada en la historia de EE UU, costó la vida de 2441 militares norteamericanos y allí se dilapidaron 2 billones de dólares. Pero en total segó la vida de más de 240 mil personas, entre civiles afganos y pakistaníes, mercenarios, tropas aliadas, periodistas y miembros de ONGs.

“Juntos fuimos para ocuparnos de quienes nos atacaron y asegurarnos de que Afganistán no volviera a convertirse en un refugio para terroristas que pudieran atacar a cualquiera de nosotros -dijo Antony Blinken en su visita de esta semana a Europa para tratar de convencer de que Rusia es el peligro de la hora-. Hemos logrado las metas que nos propusimos lograr. Ahora es el momento de traer nuestras fuerzas a casa”.

En 1978 la Unión Soviética invadió Afganistán en una desastrosa operación que quizas aceleró la caída de la potencia comunista. Terminó en 1992 tras la disolución de la URSS. Tampoco EE UU se retira indemne y tal vez demoró esta decisión por temor a terminar igual que su enemigo de la Guerra Fría.