El secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, dijo hace unos días que ante “la nueva normalidad para la seguridad europea, hemos pedido a nuestros comandantes militares que brinden opciones para lo que llamamos un reinicio, una adaptación a más largo plazo de la OTAN”. La nueva normalidad, el reinicio, también se verifica y sobre todo, en el plano de la economía de Europa.

Las sanciones contra Rusia apuntaron explícitamente a devastar la economía del país euroasiático, golpeando básicamente en su principal fuente de ingresos, la exportación de combustibles. El objetivo a largo plazo, coincidían analistas de toda laya, era impedir que Rusia recupere antiguos esplendores como potencia mundial. Pero en realidad, el formateo golpea directamente en el corazón de Europa, que pugnaba por fortalecerse como potencia industrial con la energía rusa.  Y que geopolíticamente estaba a las puertas de una alianza que pondría fin a siglos de derramamientos de sangre en esa región del este europeo.

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Las presiones contra el gasoducto Nord Stream II y a favor de la venta de gas de esquisto estadounidense desde tiempos de Donald Trump eran una forma de bloquear esa sociedad, fruto de una amistad estratégica entre la canciller alemana Angela Merkel y el presidente ruso Vladimir Putin. El combustible de EE UU es hasta un 40% más caro. Las ganancias para las empresas estadounidenses serían fabulosas. Pero abastecerse a un precio mayor impacta directamente en la competitividad de los productos europeos y puntualmente de los alemanes.

Merkel protestaba en octubre de 2010 contra la guerra de divisas desatada en perjuicio del euro. La canciller germana lideró la resistencia al embate monetario en tiempos de Barack Obama, a expensas de un corset a Portugal, Italia, Grecia y España, los llamados PIGS, cerdos en inglés, por la sigla de los países del sur europeo que padecían una crisis de deuda fenomenal. El euro resistió y el dólar se debilitó.

Ahora ya no está Merkel y el ataque impacta directamente contra la industria alemana a través de una guerra en Ucrania, que se venía preparando desde hace mucho y ahora se ve más claro cómo se fueron encadenando los acontecimientos.

Alemania, el motor económico de la Unión Europea, había apostado a energía “verde”. En este proyecto, el gas resultaba un paso intermedio. Por eso desactivó 27 centrales nucleares desde 2011 y planteaba cerrar las últimas tres para fines de este año. Italia ya había abandonado el uso de esa fuente de energía tras un referéndum realizado en 1987 y en 2011 los italianos volvieron a manifestarse en contra en otra consulta popular.

El año pasado, mucho antes del conflicto bélico, el aumento en los precios de la energía en todo el continente hacía presagiar algo malo en el futuro y comenzaron a alzarse voces en favor de la energía atómica. Los más audaces intentaron sumar el átomo a las llamadas energías verdes.  El actual presidente francés y el premier británico abrieron el juego a la construcción de nuevas centrales, Alemania analiza reabrir sus centrales y hasta Italia se plantea dejar de lado el rechazo. El precio de la energía tiene cara de hereje.

Alemania, hoy por hoy, compra más el 50% del gas, el 30% del petróleo y el 50% del carbón mineral a Rusia. Resulta un objetivo económico y militar para la ofensiva de EE UU y la OTAN: comprarle al enemigo es como ser un cómplice, porque lo financia. Tal vez por eso el gobierno de Olaf Sholz se sometió mansamente a la voluntad estadounidense y no dio la certificación para el funcionamiento de Nord Stream II, que está juntando mojo desde septiembre pasado. No quería terminar acusado de prorruso.

La Comisión Europea propone aumentar la producción de hidrógeno verde para sumarse así al “castigo” contra Rusia. Con un plan de ahorro de gas hogareño dicen que pueden reemplazar 15.500 millones de m3 de gas en 2022 y acelerando el desarrollo de energía eólica y solar pueden reemplazar otros 20.000 millones de m3. EE UU promete enviar tanques con unos 50.000 millones de m3. Pero Europa consume unos 540.000 millones de m3 y Rusia provee aún 216.000 millones. El formateo será duro, costoso y tan letal como una guerra.