Quizás una de las principales diferencias de las reuniones del Grupo de los 20 –G20- es que en las reuniones internacionales de antes, del Congreso de Viena en 1814 a la conferencia de Versalles de 1919, es que ahora prima el aspecto económico y financiero por sobre el político. Signo de los tiempos.

Para rastrear su origen, hay que remontarse a 1973, con la creación del G7, o grupo de los siete países más industrializados, por iniciativa de los Estados Unidos con la participación de las naciones más fuertes de occidente y el Japón. A partir de 1999, este G7 crea un nuevo foro internacional, con la participación de otras economías desarrolladas y de varios países llamados emergentes, Argentina entre ellos. Como el G7, comenzó por ser una reunión de los ministros de economía y de los banqueros centrales de los países invitados, con el objetivo de buscar una estabilización frente a las recurrentes crisis financieras. La política entra de pleno derecho en las reuniones del G20 (19 países más la Unión Europea) recién después de la crisis financiera estadounidense de 2008, y pasan a ser anuales, con presidencias rotativas.  También participan más de una decena de organizaciones temáticas, como el Fondo Monetario Internacional, o regionales, como la Unión Africana. Después de la descripción, veamos la explicación.

La primera impresión es que luego de la caída de la Unión Soviética y las desregulaciones financieras generalizadas, debía existir un ámbito de discusión e intercambio que encare las nuevas crisis y las viejas realidades. Aparece como un organismo rector de la gobernanza mundial, entendida como la necesidad de imponer un mismo punto de llegada a sociedades y economías con diferencias estructurales, cuando no políticas divergentes.

La segunda impresión es que, pese a la importancia de los participantes estatales, regionales o temáticos, de las negociaciones que duran todo el año, como las reuniones previas de ministros de economía y presidentes del banco central, de especialistas que preparan los documentos (llamados sherpas, como los guías de montaña del Himalaya), el G20 llega después de los acontecimientos, con poca capacidad de planificación o prospectiva, y más vocación por mitigar las consecuencias que por atacar las causas.

En tercer lugar, el devenir de una historia que no concluyó hace que en estas reuniones existan encuentros entre jefes de Estado para dirimir cuestiones bilaterales: la política recupera sus derechos, por cierto de la mano de los países que no son miembros del G7. En la era de Internet y de la comunicación instantánea, bastó ver la mirada de Erdogan hacia Biden para saber que Turquía no olvida ni el intento de golpe de Estado de 2016 ni la autoría intelectual de los recientes atentados. También debemos mencionar la lección de diplomacia que Xi Jinping le asestó a Justin Trudeau, a causa de la filtración a la prensa de una reunión reservada entre China y Canadá. Esa falta de profesionalismo, ese afán de protagonismo característico de Trudeau le hizo mascullar a Xi que enfrentaba a principiantes.

En síntesis, pareciera que los líderes de Occidente sólo consideran los asuntos mundiales a partir de los problemas que tienen en sus países. Rishi Sunak está más ocupado en aplicar un plan de ajuste para frenar la recesión en el Reino Unido; Sánchez de España y Meloni de Italia tienen la inmigración en mente; Macron de Francia intenta aparecer como árbitro internacional en pleno deterioro de su imagen local; Biden pierde la mitad del Congreso norteamericano; Scholz se pregunta si la lucha por Ucrania vale la ruina de la economía alemana.

En el presente y en el futuro, parece que habrá que buscar las miradas estratégicas globales del lado de China, Rusia, India, Turquía e incluso México, pronto Brasil. Signo de los tiempos.   «