La cosecha de maíz y soja avanza a todo vapor en Iowa, en el corazón del medio-oeste norteamericano. En este momento, miles de obreros estadounidenses están conduciendo cosechadoras, tractores y camiones para levantar y transportar los granos de la principal potencia agropecuaria del mundo. En la cabina de Bob, que hace rato pasó los 40, la radio compite con el ruido de los motores y las llamadas de jefes o compañeros. En la de operarios más jóvenes, como Luke, gana la música al palo. Hombres rudos y laboriosos, borceguíes y jeans engrasados, cafés gigantes para seguir y cerveza fría para terminar. ¿Por qué esta es la clase de gente que vota a Trump?

Bob es exactamente el tipo de trabajador al que interpelan Trump y la radio ultra-liberal que lo acompaña en sus horas de labor: el obrero que día a día se siente amenazado por cambios que desintegran el “modo de vida americano” tal y como lo conoció cuando se formó una idea del mundo. Sin grandes experiencias de lucha colectiva ni cultura sindical, terminó la secundaria y se puso a trabajar fuerte en una localidad rural, simple y conservadora, sin tiempo, energías ni oportunidades de “instruirse” en otra cosa que el aguante. Sin conocerlas de primera mano, esta ‘subespecie’ de la clase obrera norteamericana se hizo una idea de Nueva York y de las grandes ciudades como el imperio caótico y sucio de la inmoralidad y el parasitismo, tanto de Wall Street como de los políticos y los pobres que deben recibir asistencia social para sobrevivir. Una suerte de “taxi-driver” agrario: “Sin nosotros se morirían de hambre, somos la base del país”, sentencia orgulloso y enojado. 

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Para Bob, el mundo es un lugar peligroso desde hace años. Pero “quedaba lejos”. Ahora ya no se siente a salvo en su pequeña aldea: no encuentra manufacturas Made in USA en la góndola de ninguna cadena; fábricas que se mudaron al sudeste asiático o a México dejaron un tendal de desocupados o empleados precarios; las que no se fueron implementaron algún tipo de tecnología que dejó a muchos de los suyos sin trabajo; y, para colmo, muchos de los que se mantienen ocupados pertenecen a esa odiosa nueva minoría de inmigrantes latinos que no son ni negros ni blancos, esos que hablan otro idioma y que trabajan en EE UU como colados en el Titanic. 

A la gente como él, el dinero no le alcanza para resguardar el costo de vida de las viejas pautas de consumo industrial y gran parte de los ingresos obreros se los absorben las finanzas y el sistema de salud privada. El caso es que ante una amenaza para la que no tiene herramientas de comprensión ni mucho menos de resistencia colectiva, se aferra cotidianamente al trabajo duro y a un tipo de consumo cada vez más difícil de sostener, mientras que en el terreno político elige todo lo asociado a la “vieja escuela” que ordenaba su mundo: blancos y negros, mujeres y varones, trabajo duro y recompensa. Esos old days a los que invita Trump una y otra vez.

La filosofía de Luke parece más simple: “Gane quien gane me voy a tener que sentar acá a trabajar como todos los años. Y a nadie le importa. Entonces a mí no me importa”. Como una especie de respuesta en espejo ante la indiferencia del mundo, Luke vuelve la espalda a todos. Pero por algún motivo que él tampoco sabe explicar, Trump le llega más que Hillary: “No sé, es distinto”. Sucede que en EE UU no se habla de otra cosa que del magnate. En este punto, Trump “ya ganó”. Es el protagonista de los debates aunque los gane su oponente. Es el centro carismático de las noticias, todos los días, a cada hora. Es esgrimido como bandera por los medios conservadores y como espantapájaros monstruoso por los alineados con Clinton. Está permanentemente en el centro de la escena y es entendible que ejerza más atractivo sobre Luke que Hillary. 

Pero el secreto es que Trump aprovecha cada minuto de aire para hablarle al “hecho maldito” –parafraseando a John William Cooke- del país imperialista: la clase obrera blanca empobrecida. Expresa una respuesta defensiva que rompe el molde de lo “políticamente correcto” frente a las transformaciones dramáticas de la globalización: critica al NAFTA por haber destruido la industria estadounidense y por el mismo motivo –dice- se opone al Tratado Trans Pacífico, todo vinculado a los Clinton: el primero firmado por Bill y el segundo empujado hoy por Hillary. 

Dice que no habría que haber invadido Irak y que EE UU no puede “costear la defensa de nuestros amigos a lo largo y a lo ancho del mundo mandando soldados a todas partes, que se defiendan solos”. 

Por último, ataca el chivo expiatorio: quiere construir un muro para frenar la inmigración latina. En este contexto, Trump es defensivo. Pero no conservador. Al contrario, con Bernie Sanders fuera de carrera, es el progresismo neoliberal de Hillary –si eso existe- el que representa para propios y extraños la conservación del statu quo en sentido estricto. Es el nombre y el apellido de lo que está y cómo está ahora en EE UU. Acaso eso pueda ser más progresista, sobre todo para quienes sobreviven solo gracias a la asistencia social. 

Pero la pregunta es: ¿por qué, en EE UU -o en Argentina-, las corrientes de izquierda no se proponen acabadamente -o no logran- comprender el lenguaje de los obreros reales como Bob o Luke, para interpelarlos desde otro lugar y ayudarlos a elaborar una respuesta política que los salve de la trampa de una salida por derecha frente a la crisis no resuelta del progresismo? «