Cuando en la tarde de este viernes el ministro del Interior de Irán anunció que los resultados de las elecciones presidenciales de ese día recién se darían a conocer “gradualmente”, fue evidente que el resultado había desagradado a las autoridades.

Probablemente, como ya varias veces desde 1979, se produzca ahora una crisis política, hasta que sea proclamado el nuevo presidente, que muy probablemente sea el actual (Hassán Ruhaní) reelegido. Durante 38 años la Revolución Islámica ha atravesado numerosas conmociones internas y externas. Dista de ser un cuerpo estable. Avanza entre crisis gubernamentales y movilizaciones callejeras, pero, en un momento de gran fortaleza internacional, la unidad de su Estado parece estar asegurada y ninguno de los candidatos ha puesto en cuestión el acuerdo nuclear de 2015.

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El viernes los iraníes eligieron a su nuevo presidente entre seis candidatos, filtrados por el Consejo de Guardianes de la Revolución, un cuerpo de clérigos que tiene el poder supremo. El principal oponente del presidente es Ibrahim Raisi. Mientras que el mandatario se apoya en las clases medias y populares de las grandes ciudades, su rival tiene su base entre los campesinos y habitantes del interior.

Ruhaní fue electo por primera vez en 2013 gracias a que prometió acabar con el aislamiento internacional del país, para traer crecimiento económico y superar la pobreza. Tuvo un gran éxito, al concluir en 2015 el acuerdo nuclear. Como resultado del convenio se desbloquearon los fondos iraníes en bancos internacionales y aumentó enormemente el intercambio comercial, inclusive las exportaciones de hidrocarburos, con el consecuente daño para los jeques del Golfo Pérsico.

El mandatario intentó también reformar el sistema judicial y policial, para combatir la corrupción –en la que ve el mayor impedimento para el desarrollo económico-, pero en este campo fue frenado por el Consejo de los Guardianes. Por consiguiente, el crecimiento de la economía ha sido muy bajo, han aumentado las desigualdades y el desempleo ha trepado al 12 por ciento.

Estas inequidades y las disfunciones que acarrea la corrupción golpean más fuertemente en las zonas rurales y en el interior del país, donde tiene su base Raisi, quien ha hecho campaña contra “los de Teherán”. Fiel a su raigambre clerical y a sus antecedentes como represor, aboga por el retorno a las “virtudes cardinales” del Islam y critica que Ruhaní no haya mejorado la situación de los millones de pobres. Hace poco tiempo fue mencionado como sucesor de Ali Jamenei, el líder espiritual de la Revolución, pero luego se acalló el rumor.

Aunque sólo dirige en parte la política exterior, allí ha cosechado Ruhaní sus mayores éxitos. Ya antes del acuerdo nuclear, la intervención iraní en Irak le permitió a las milicias Quds (las fuerzas especiales de la Guardia Revolucionaria Iraní) estar en la primera fila junto a los norteamericanos en la reconquista del centro y norte del país. En Siria las milicias iraníes, junto con el libanés Hizbolá, han recuperado con apoyo ruso grandes porciones de territorio. Teherán participa en el gigantesco programa chino “Un cinturón, un camino”, para unir Europa y Asia por vía terrestre y marítima y se ha convertido en el mayor aliado de Rusia en Asia Central y el Cáucaso.

Este retorno de Irán a su tradicional rol de primera potencia de Asia Occidental espanta al gobierno israelí y sus aliados árabes. No casualmente, al mismo tiempo que en Irán se elige al presidente, Donald Trump visita Israel y Arabia Saudita para maldecir a Irán en sociedad.

En Washington hay fuerzas poderosas que intentan boicotear el acuerdo nuclear y sus corolarios económicos. Coinciden en ello con los conservadores iraníes, porque piensan que sólo con una guerra pueden frenar el ascenso persa, mientras que éstos cuentan con el apoyo ruso y chino para derrotar a Israel y dominar la región. Más sensatos parecen, por el contrario, los millones de iraníes que han apostado a mantener la paz y romper el aislamiento de su país para retomar el desarrollo económico.