Estados Unidos está preocupado por el programa nuclear iraní. El jefe del Comando Central, el general Kenneth McKenzie, aseguró que la República Islámica está muy cerca de alcanzar la bomba, una conclusión a la que llegó el experto en proliferación de armas nucleares David Albright. Según el informe del Instituto para la Ciencia y la Seguridad Internacional, el think tank que él mismo dirige, Irán está enriqueciendo suficiente uranio como tener la bomba lista dentro de uno o dos años. Esto explica por qué Washington decidió cambiar de estrategia.

Joe Biden envió a sus delegados a Viena para la reunión de este lunes Irán y las potencias que firmaron el acuerdo nuclear en 2015, es decir, China, Francia, Rusia, Alemania y Reino Unido. Pero los funcionarios estadounidenses solo podrán participar de manera indirecta, ya que Donald Trump retiró a su país del pacto en 2018. Lejos de disuadir a Teherán, la salida estadounidense alentó el programa iraní al terminar con los controles acordados seis años atrás.  

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Irán supo aprovechar la ruptura y el presidente Ebrahim Raisi está dispuesto a poner un precio elevado a su capacidad negociadora. El clérigo ultraconservador, un hombre cercano al ayatolá Alí Jamenei, sucedió en agosto pasado a Hasan Rohani, más conciliador y dispuesto a negociar una limitación del programa nuclear. Al igual que el líder supremo, el actual mandatario tiene una visión crítica del acuerdo de 2015 y defiende la idea de levantar las sanciones antes de reanudar las conversaciones. Raisi es un afectado directo de esas sanciones, aunque sus objetivos superan lo personal.

El presidente iraní exige además que EEUU no repita la política de Trump si quiere un compromiso de su parte a largo plazo. Y Biden parece obligado a probar esta vía. El director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), el argentino Rafael Grossi, volvió decepcionado de su viaje a Teherán esta semana tras comprobar que los iraníes son reacios al regreso de las inspecciones internacionales. El organismo había reconocido en mayo que Irán estaba enriqueciendo uranio al 60 por ciento y se acercaba al 90, un nivel que le permitiría producir armas nucleares. El acuerdo de 2015 limitaba el enriquecimiento a un 3,67 por ciento.

Para Luciano Zaccara, investigador del Centro de Estudios del Golfo de la Universidad de Catar, Biden “necesita tener algún crédito en política exterior y al mismo tiempo asegurar que los iraníes sigan dentro de las observaciones de la OIEA”. “Un Irán sin observación, sin monitores, sin saber qué está haciendo a puertas cerradas, no conviene ni a EEUU ni a sus aliados en la región”, explica. El presidente demócrata entendió finalmente que la estrategia de Trump solo sirvió para que Irán expandiera su programa atómico.

Con un nuevo pacto, “Irán se garantiza no seguir siendo una paria a nivel internacional, ni lidiar con bloqueos y sanciones de terceros países”. “Ha habido mucha crítica interna por cómo se llevó adelante la negociación durante el gobierno de Rohani. Irán no rompió las conversaciones, como tampoco lo hizo en la época del (expresidente) Mahmud Ahmadinejad. Solo ha tratado de ganar tiempo con una diplomacia nuclear más agresiva. Fue la salida de EEUU lo que liberó a Irán”, señala el politólogo.

Pero la aproximación pragmática de Biden es resistida por sus socios en Medio Oriente. El primer ministro israelí, Naftalí Bennett, reconoció que “es posible que haya desacuerdos con el mejor de nuestros amigos”. Israel se opuso al acuerdo de 2015 y celebró la decisión de Trump. Iraníes e israelíes se enfrentan de manera indirecta en Siria y el Líbano, y Teherán acusó a la inteligencia israelí de asesinar a Mohsen Fakhrizadeh, el creador del programa atómico, y de atacar la planta de Natanz y otras instalaciones nucleares.

Nada de eso funcionó para detener las ambiciones nucleares de Irán, que pronto retomó la producción de uranio e instaló centrifugadoras capaces de acelerar las operaciones. El escenario de un Irán reforzado tampoco agrada a Arabia Saudita y las monarquías del Golfo Pérsico, que resienten la influencia de Irán en la zona.

“Biden dejó en claro que iba a contrarrestar cualquier iniciativa iraní en países que pudieran poner en peligro a Israel y a Arabia Saudita. Pero la firma de un acuerdo nuclear es algo que beneficia a la región. Que no haya un acuerdo nuclear implica que no hay control sobre Irán”, sostiene Zaccara, si bien apunta que la ausencia de observación internacional “justifica medidas mucho más agresivas que Israel estaría dispuesto a tomar unilateralmente”. Y si Irán ataca a Israel, arrastraría a EEUU a un conflicto que está evitando.

Sin embargo, el doctor en Estudios Árabes e Islámicos por la Universidad Autónoma de Madrid descarta que el avance de Irán en Medio Oriente esté directamente vinculado con el programa nuclear. Más bien se trata de aprovechar el vacío de poder que se produce en determinados países, es decir, la misma estrategia que persiguen otras potencias regionales, desde Turquía y Emiratos Árabes Unidos hasta Arabia Saudita e Israel. La República Islámica “conserva cierto grado de influencia y cierta capacidad de negociación con los talibanes”, mientras que se involucra en Irak “porque EEUU le deja el campo libre”.

“Con las milicias pro iraníes ha conquistado bastante poder en Irak, pero muchos grupos chiíes han tratado de independizarse. Son mucho más autónomos de lo que eran en 2010, cuando la presencia de EEUU era contrabalanceada con el apoyo de Irán. EEUU ya no representa esa presencia dominante. En Siria siempre tuvo un pie adentro. Rusia le allanó el camino a Irán para que entrara. Y Bashar Al Assad tiene menos autonomía financiera, militar y logística que Irak”, asegura Zaccara.

Irán tendrá la oportunidad de exhibir en Viena cuánto poder ha acumulado con la expansión de su capacidad nuclear y la influencia diplomática y militar desplegada en la región. Será a la vez una pista para medir la voluntad iraní de acercarse a las potencias mundiales. EEUU estará allí tomando nota.