Nuevamente en Buenos Aires, donde fue jurado en el certamen de novela de Clarín, Leonardo Padura, el creador del detective Mario Conde, habló con Tiempo sobre cómo se ve el mundo desde una esquina de La Habana en la que nació y de la nunca se quiso ir.

–¿Viste muy distinto al país desde la última visita?

–Estuve justo hace un año. Lo veo más caro. Se nota la carestía. Son impresiones, lo que he leído y oído, pero siento que la gente está muy preocupada por la cuestión económica y laboral, con planes sociales que parece que han dejado de existir.

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–Toda la región cambió mucho. ¿Cuál es ahora la preocupación principal?

–Muchas. Para Cuba ha sido un tiempo complicado: la situación de crisis en Venezuela no cede, tal vez explicada porque en Cuba hubo una revolución, pero en Venezuela, no. Pero además, lo que ocurrió en Brasil es lamentable, y Argentina con una situación económica complicada, aunque acá hubo una salida institucional.

–En Cuba misma son tiempos de cambios profundos.

–Había mucha expectativa de que las cosas se movieran más rápido. Hace varios años que Cuba está en un proceso de cambio de estructuras económicas y sociales que se ha llamado actualización del modelo cubano. Lamentablemente, aún no ha conseguido lo más importante y que es que la economía cubana funcione. Este año se prevé un crecimiento de un 1%, insuficiente para un país en la situación en que está Cuba. (El presidente) Raúl Castro lo dijo: la asignatura pendiente de Cuba es la economía y no acabamos de dar las respuestas que puedan ser las correctas después de una crisis muy profunda y unos años de estancamiento muy lamentables. Hay un elemento que retrata la situación económica y es la existencia de dos monedas que, todo el mundo sabe, es absolutamente antieconómico y contraproducente. El gobierno no acaba de eliminar una, porque no encuentra una manera de hacerlo que no sea catastrófica. Al final va a haber que asumir la catástrofe.

–Influye no haber podido resolver el bloqueo.

–Mira, no es que estemos bloqueados por Haití. Ni siquiera por Argentina. Estamos bloqueados por EE UU. Y hace 60 años. Lo que ocurrió hace unos días en la ONU, por primera vez (en lugar de votar en contra de la moción cubana del levantamiento del embargo, EE UU se abstuvo), es una señal muy clara de lo que pretende el presidente (Barack) Obama. De todas maneras, escribí en una columna en la Folha de San Pablo, en horas habrá algo que va a influir a nivel planetario: ¿quién será el próximo presidente de los EE UU? A pesar de que las encuestas, dicen que va a vencer el mal menor, no se puede confiar en ellas. Lo que ocurra allí será importante para Cuba: un gobierno de (Donald) Trump puede ser cualquier cosa. Hillary (Clinton) puede ser una continuidad de la política de Obama, aunque no con la misma intensidad. Obama en un año y medio cambió muchísimo la relación y si no ha cambiado más es porque no ha podido, porque depende de lo que le apruebe el Congreso, dominado por republicanos. Mientras exista el embargo no va a existir una relación normal entre ambos países, un mercado, un comercio eficiente. Y aquí viene la parte peligrosa: ¿dependeremos otra vez de los EE UU? ¿El levantamiento del embargo significará otra vez una invasión de capitales norteamericanos? El gobierno cubano está otra vez ante una situación complicada.

–Nunca te fuiste de Cuba, de la casa familiar. ¿Costó mantener esa posición, tanto dentro de Cuba como fuera, donde muchos intentan que critiques al gobierno, y que seas representante de la oposición?

–No soy el representante de nada. Me represento a mí mismo y malamente. Me gustaría que me consideraran lo que soy: un representante de la cultura. No soy un hombre de militancia política, ni un activista social. No hago otra cosa que escribir y opinar. Mi gran lucha en Cuba ha sido por poder ser independiente, económica, social e intelectualmente. Afortunadamente, hace 20 años que una editorial en España publica mis libros. Viajo con frecuencia a distintos países. Hago mis películas con productores que la mayoría de las veces no son cubanos. Logré crearme ese espacio independiente, dentro del cual digo lo que pienso, dentro y fuera del país. No tengo un doble discurso. No digo algo en Argentina que no sería capaz de decir en Cuba. A veces, cuando te agreden mucho, pues, tú reaccionas. A veces los periodistas tratan de sacarte esa declaración…

–Ese título…

–Me pasó en la tevé de Brasil: el tema era cuán pobres eran los cubanos y tuve que decirle a la periodista que sí, que en Cuba hay una gran pobreza, pero no se ha muerto nadie de hambre, y que en el camino hasta este canal he visto más gente durmiendo en la calle de la que hay en Cuba completa.

–¿Cómo es tu relación con el gobierno cubano?

–Soy un ciudadano que vive en Cuba. Mi pertenencia social está hecha con la Unión de Escritores y Artistas. Tengo el estatus de escritor independiente desde 1996: soy el primero que lo pidió y el primero que lo tuvo. Pago mis impuestos como un trabajador privado. El resto, tengo los mismos deberes y derechos que todos.

–Decías que tu única tarea es la de escribir. ¿Y la de mirar? Tus libros siempre reflejan aspectos de la sociedad cubana.

–Trabajé como periodista muchos años y no dejo de hacerlo. Hace dos, decidí cortar algunas colaboraciones: me vi trabajando más como periodista que como novelista. Todo el que ha transitado este oficio sabe que te da una cierta deformación profesional: tratas de ver las cosas y encuentras una explicación. Vivo en un barrio donde toda la gente me conoce y la gente entra y sale de mi casa. Mi padre murió hace tres años. Mi madre sigue allí. Esa es una casa de puertas abiertas. Uno se entera de muchas cosas con el contacto con los vecinos, con la calle. Siempre me interesó esa perspectiva. Las conclusiones, las reflexiones, la síntesis es la que utilizas como material periodístico o novelístico de modo más elaborado. Ese punto de vista trato de mantenerlo en el sitio de la agencia Interpress Service, la “Esquina de Padura”, que es el lugar donde los cubanos que vienen por una calle se encuentran con los que vienen por la otra y se ponen a conversar. Es una perspectiva desde el nivel de los ojos de un hombre. Desde ahí trato de entender el mundo. Sí, hay una búsqueda del reflejo de lo social. Escribir entraña una responsabilidad y no me interesa para nada escribir solo por contar una buena historia. La literatura tiene una función cívica social y trato de cumplirla.

–Hay una diferencia con el mero reflejo de la realidad, que es la función básica de un periodista.

–En mi caso todo pasó junto. Siempre me permitieron hacer grandes reportajes, como llamamos a los trabajos de investigación. Los hice sobre cultura, historia, costumbres, que tuvieron mucho éxito, El periodismo cubano del período revolucionario ha padecido la enfermedad de la pertenencia a organismos del partido, del Estado o del gobierno, y reflejó esa perspectiva. De pronto, un periodismo que escapaba de ese carácter propagandístico y hablaba de la historia cubana, personajes y situaciones, con un estilo muy literario, cambió el panorama. Ese periodismo me nutrió y me ayudó a dar el salto como escritor. Entre el joven escritor que era cuando empecé y el que escribió la serie de Mario Conde hay una evolución evidente, que se produjo haciendo periodismo.

–¿Es fácil investigar en Cuba temas históricos como en varios de tus últimos libros?

–Es complicadísimo. Requiere de un esfuerzo especial Yo tengo que cargar libros de todas partes del mundo. Como tengo acceso casi inexistente a Internet, debo pedirles a amigos que viven en España, Francia, México, que me bajen archivos y me los manden por correo electrónico. Cuando estamos de viaje con mi esposa nos conectamos y bajamos información. No hay bibliotecas que estén actualizadas.

–¿Por eso Mario Conde se transformó de detective a revendedor de libros?

–Fue una decisión complicada. Cuando termino Paisajes de otoño, Mario Conde deja la policía. Mi intención es que ahí terminara la vida del personaje. Y cuando decido rescatarlo, me digo: a qué pongo a trabajar a este inútil, que malamente hace su trabajo como policía… Ya se vivían los años tan jodidos de los ’90, un período en que la gente se tuvo que reciclar para poder sobrevivir. Y uno de los negocios que se montó fue el de vender libros viejos. Hubo gente que vendió su biblioteca para ganar un dinero y sobrevivir. Además, las editoriales cubanas dejaron de publicar. La compra y venta me pareció adecuada para Conde, una profesión lo suficientemente cerca de la calle y de la literatura.

–¿Seguís sintiendo dolor cuando terminás una novela?

–De pronto te pasas dos, tres, cinco años viviendo en ese planeta que has creado y conectado por todas las vías, la física, la mental, la sentimental. Y de pronto debes abandonarlo, como si te fueras de un país a otro en el que tienes que construirlo todo de nuevo. Una sensación de pérdida muy grande. A veces he tenido la sensación de que cuando termino ese libro me voy a morir. Que ese libro es el fin de muchas cosas. Una sensación dolorosa a la que uno se acostumbra, como pasa con otros dolores, a determinada edad, un dolor de rodilla, de hombro… Lo asumimos y aprendemos a vivir con él.

–A los lectores muchas veces nos pasa lo mismo.

–En mi caso, eso se resuelve tratando de pensar un nuevo libro. Tengo una imaginación bastante limitada, y por eso escribo tanto sobre la realidad. Invento muy poco. Cuento lo que está documentado por la vida o por la literatura. Que se me ocurra una idea para otro libro es bastante agónico y hay momentos que me empieza a preocupar. Por ahí pasan dos o tres meses y no se me ocurre cuál va a ser la idea. Lleno los espacios trabajando mucho en temas periodísticos, ensayísticos, de cine. Escribo todos los días, de lunes a domingo.

–¿Cómo es tu día en Cuba?

–Me levanto temprano, tomo mi café, fumo mi cigarro, tomo la computadora, respondo los dos o tres mails más urgentes, y empezar a escribir, o a investigar. Unas cinco horas con mucha intensidad. Después una siesta. Leo un par de horas y luego bajo a mi patio, que me gusta muchísimo , a ver las plantas, las riego… Y hago un poco de ejercicio físico, que lo necesito por mi espalda.

–Esas horas de escritura: ¿cuánto tienen de método y cuánto de placer?

–Chico, hay días en que uno se siente que no conecta bien con la historia, un poco disperso, por muchas cosas. Y días en que estás muy metido. Es un trabajo en el que no hay regularidades. Milan Kundera lo fundamenta muy bien: por su característica, la novela es un género en que el escritor que comienza a escribir es diferente al que lo es cuando la termina. Pueden pasar años, la vida de las personas inevitablemente cambia. Como decía Heráclito, nunca te estás bañando en la misma agua del río. Si aplicas un método, de alguna forma estás limitando lo más lindo que tiene escribir una novela que es la gran libertad que te permite. La novela es el reino de la libertad.

–Aunque se le de una enorme importancia al rigor histórico.

–Si escribo de un asunto que tiene un momento histórico, trato de hacer la investigación lo más exhaustiva posible. Nada tiene que ver con la forma en la que investiga un historiador, que necesita el documento que le permita hacer una afirmación de valor universal y científico. El escritor debe tener la certeza de conocer ese momento y los personajes que allí se movieron. Somos individuos que vivimos en la historia, y la historia, lo queramos o no, afecta nuestras vidas de manera drástica.

–Antes eran los papeles que llenaban el cesto. ¿En el proceso de escritura, ahora también se tira mucho?

–Yo escribo por versiones. Trato de completar la historia y la vuelvo a reescribir muchas veces pero voy anotando los cambios. Hasta llegar a versiones muy cambiadas, diez versiones. Si fueran papeles, habría roto una cantidad enorme…

–¿También en Herejes, que es como tres libros en uno?

–Fue una novela muy difícil de escribir porque tenía tres registros narrativos distintos, personajes distintos, tres épocas. Lograr ese hilo conductor… más que el cuadro de Rembrandt, me interesaba tejer bien el tema de la libertad del individuo, el derecho de ejercer su albedrío, en distintas épocas, de distintas modos. Es una condición esencial de la propia espiritualidad del hombre. El hombre aspira a ser libre. Nadie es esclavo por voluntad propia.

–¿Sigue habiendo un espacio para la utopía?

–El espacio está reducido pero la necesidad de la utopía no ha desaparecido. No hay ningún proyecto utópico suficientemente convincente. No hemos podido crear la gran utopía igualitaria del siglo XXI, tras el desastre que significó el comunismo en Europa. El mundo va al desastre económico, ecológico, social, migratorio. Estamos llenos de crisis por todas partes. Hace falta refundar una utopía. ¿Cómo? No sé, no soy sociólogo, ni político. Ni siquiera astrólogo. Si lo fuera… Hace falta hallar una tabla de salvación para el futuro de la humanidad. «

De carros y beisbolistas

–Vivo en Cuba como un ciudadano normal, aunque tengo privilegios enormes, como tener un automóvil, el mismo carro hace 19 años, uno pequeñito, un Subaru Vivio…

–¿No un almendrón (los clásicos autos de los ’50)?

–No, el almendrón era de mi padre y mi hermano quiso venderlo. Muy costoso mantenerlo. Tener un auto es un privilegio que pude mantener gracias a mi trabajo. Cuando traté de comprar uno nuevo, no me dieron autorización: costaba 30 mil y lo subieron a 180 mil… Imagínense cómo debo cuidar mi carro viejo.

–¿De chico te gustaba oír lo que hablaban los grandes?

–A todos los muchachos les gusta. No sé ahora: pasan más tiempo con una tablet, una PC, o una tevé. Me gustaba, aunque pronto, antes de lo que hubiera sido lo correcto, decidí no ir de visitas con mis padres. Me aburría. Lo que me gustaba era jugar béisbol. Logré que me dejaran en la esquina de casa, con una sola prohibición: la de cruzar la avenida principal. La frontera. En los barrios estaba como en mi patio.

–¿Soñabas con ser beisbolista?

–Sí. Era más hábil e inteligente que buen jugador. Nunca tuve las mejores aptitudes físicas. Hubiera sido un buen director técnico. Sé mucho de «pelota». La entiendo muy bien. Es un deporte muy complicado.

–Acá somos fanáticos del fútbol. Soñamos, más allá de las edades, con hacer un gol en nuestro equipo favorito.

–Lo soñé muchos años, todos los días. En los últimos tiempos estoy decepcionado con el béisbol cubano. Como en el fútbol en Argentina: los principales talentos se van del país a jugar en ligas profesionales. Y en Cuba esos talentos luego no pueden jugar en el equipo nacional. Cuba negocia contratos con ligas del Caribe, Europa y Japón (con EE UU no, por el embargo) pero la calidad del béisbol cubano bajó muchísimo. Nos resulta difícil identificarnos con los clubes. Soy hincha de “Los Industriales” y cada año es un equipo distinto… Aunque aparecen nuevos valores: el pitcher que cerró el partido de las grandes Ligas, es un cubano, Aroldis Chapman que este año hizo 54 de los 55 lanzamientos más veloces. ¡Lanza a 105 millas por hora!