La mañana del 4 de agosto del 2018 estaba filmando al coronel de la Guardia Nacional Humberto Gulgliemelli, parado sobre los cerros que miran hacia la ciudad de Baruta, muy cerca de Caracas. El coronel estaba en uniforme de fajina, bajo un árbol frondoso  en una flamante base de entrenamiento, frente a 350 milicianos, algunos de uniforme, otros de civil. Todos sentados en círculo frente a él. Cada uno tenía una AK 47 en la mano, pero sin cargador. Todos  agradecíamos ya no estar ardiendo a 38 grados bajo el sol, en pleno entrenamiento de combate para una guerra popular prolongada. Estábamos exhaustos pero felices. Ellos por haber entrenado y yo por haberlos filmado haciéndolo. Esas imágenes me habían llevado al archivo profundo de mi memoria visual de los años ’70: desde Punto Cero en Cuba al Valle del Bekaa en el Líbano. El eterno retorno de las imágenes de la guerra revolucionaria, esta vez despuntando en los cerros de Venezuela.

Jóvenes resplandecientes preparándose para defender una revolución frente al “enemigo imperialista”. Con Iván Duque, heredero del paramilitar Alvaro Uribe, como presidente de Colombia, y del lado brasilero la amenaza fascista de Bolsonaro, más los estragos causados por la inédita crisis económica local, el pueblo venezolano que aún está convencido de las virtudes de la revolución se prepara para la guerra. Pero en el aire no hay tensión ni amenaza, sino un raro sentimiento de expectativa. Unas horas más tarde, esos mismos milicianos se concentrarán alrededor del coronel, convocados de emergencia, listos para entrar en acción ante rumores de un inminente golpe de estado.  Pero nada estaba más lejos de nuestros cálculos aquel mediodía, cuando el coronel explicó que se celebraba la creación de la Guardia Nacional en 1937, y que los reunidos allí eran su componente civil, armándose en defensa de la revolucion para enfrentar a la oligarquía y al imperialismo yanqui. Todos estábamos contentos a pesar del hambre. Por mi parte, sabía que esa escena era un aspecto importante de la gran historia colectiva que intentábamos contar en el documental que estábamos filmando, aunque aún no sabía exactamente cómo. Cuando se hace un documental en el que la historia va tomando forma frente al lente, muchas veces se precisa tener fe en que vas a poder narrar con lo mucho o lo poco que suceda. Y muchas veces, la realidad te lleva mucho más allá de tus más locas expectativas.

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Me dí cuenta de que esta era una de esas veces cuando ví llegar a la columna de alumnos del liceo militar a la base. Jóvenes de todos los géneros, marchando desde el fondo del cerro y enfilando derecho hacia el lente de la cámara. Cantaban el “Himno de la Federación”, canción de moda hace unos 150 años que el Comandante Hugo Chávez supo rescatar del olvido. Concentro el foco en las caras, los puños, los pañuelos rojos, las sonrisas, los gestos más adustos, y el rostro de Chavez estampado en todas partes, mientras los milicianos entran y salen de cuadro, cantando: “El cielo encapotado anuncia tempestad, y el sol tras de las nubes pierde su claridad! Oligarcas temblad! Viva la libertad!”. Los liceístas pasan junto al recién estrenado campo de entrenamiento, con sus obstáculos, pozos y túneles llenos de agua. Los liceistas siguen cantando:  “Yo quiero ver un godo colgado de un farol! Y miles de oligarcas con las tripas al sol!” Es un signo de los tiempos, no apto para tibios.

“Los métodos de entrenamiento para la guerra popular revolucionaria no han cambiado en los últimos 60 años”, dice el Coronel Gugliemelli, quien ha estudiado muy bien la obra del General vietnamita Nguyen Giap, una de las figuras más relevantes de la exitosa guerra de liberación contra Francia y Estados Unidos. Pero antes que a Giap, el coronel estudió a Zamora, el mitico general venezolano que actuó durante la guerra civil entre liberales y conservadores de 1848 -uno de los episodios más sangrientos y heróicos de la historia del país-. Zamora, líder de las fuerzas populares en lucha contra los terratenientes, organizó un verdadero movimiento de liberación que luchaba por la entrega de la tierra a los campesinos. Bajo la consigna de “Tierras y hombres libres”, Zamora dirigió un poderoso ejército popular que en sus propias palabras causaba “el horror a la oligarquía”. La innovacion de Zamora fue usar las tácticas de guerra de guerrillas y la increíble y novedosa guerra de trincheras, unida de manera integral a la guerra psicológica. Hoy la vigencia de Zamora se hace sentir en las batallas que libra Venezuela.