El resultado de los comicios del 24 de septiembre, si bien lo habían adelantado las encuestadoras más creíbles, sumió en la perplejidad al aparato político alemán y debería indicar un tema de preocupación para los refugiados de Medio Oriente que a borbotones fueron llegando a ese país al que hasta ahora veían como un faro de esperanza entre tanta oscuridad en sus tierras de origen.

Es que la llegada estridente al Bundestag de Alternativa para Alemania (AfD, por las siglas germanas) mediante un discurso ultranacionalista y xenófobo, aunque en la campaña electoral ya había generado alarmas, tiró abajo la estantería política de la nación y pone en jaque el futuro incluso de la Unión Europea en temas clave como la estabilidad económica y la política con los miles de desesperados que quieren ingresar al continente en busca de mejores horizontes para sus vidas. 

El 33% de votos por la alianza de Angela Merkel (CDU y CSU, o sea, Demócratas Cristianos y Social Cristianos de Baviera) marca que perdió el 8,5% de apoyos en relación a la anterior elección. La socialdemocracia (SPD ) perdió un 5,5% y apenas pasó el 20% de los sufragios. Esos votos fueron a parar a AfD.

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Merkel abrió negociaciones con los liberales del FDP y los ecologistas de Alianza 90-Verdes para formar gobierno. Otra Gran Coalición con el SPD –que de inmediato rechazó su líder Martin Shulz– sería poco recomendable porque dejaría a AfD como el partido de la oposición. Y eso no le conviene a nadie.

De todas maneras, la alianza con FDP y verdes no es fácil por las notorias diferencias entre los dos socios entre sí y con sectores tradicionalmente cercanos a Merkel. Por lo pronto, la canciller se tuvo que desprender del durísimo ministro de Finanzas Wolfgang Schauble, el mismo que obligó a la capitulación del jefe de Gobierno griego Alexis Tsipras cuando renegociaba la deuda y que mantuvo mano de hierro ante cada nuevo coletazo de la crisis de la moneda común. Schauble deja su cargo para que el FDP tome esa sensible cartera como prenda de pago por su disposición para ayudar a la gobernabilidad.

Donde habrá roces es precisamente en el tema de los refugiados. Merkel había abierto hace justo dos años las puertas al ingreso masivo. A Alemania entró cerca de un millón, con las consecuencias que implica asimilar semejante cantidad de personas de golpe. El argumento no fue humanitario sino claramente economicista: los alemanes tienen índices de crecimiento demográfico negativo y el estándar de su Estado de bienestar implica sumar cientos de miles de trabajadores cada año para sostener el sistema de seguridad social. Los refugiados, a pesar de que sus ingresos monetarios son menores –así funciona el mercado–, son los aportantes necesarios. 

Ahora todo eso se puede venir abajo porque la AfD machacó con el peligro que los refugiados representan para la identidad del pueblo alemán. Los ecologistas ya dijeron que apoyan la política migratoria de Merkel, igual que los liberales de FPD. Sin embargo Alexander Dobrindt, socialcristiano bávaro, no quiere seguir perdiendo votos en favor de la ultraderecha y declaró: «Está claro que un tope a la llegada de refugiados debe ser parte de un acuerdo de coalición». En este escenario comienza el cuarto mandato de Merkel. «