El país más poblado del mundo es el que tiene una de las tasas de natalidad más bajas. Según el Anuario Estadístico de China 2020, publicado recientemente por la Oficina Nacional de Estadísticas, el año pasado nacieron en China unos 12 millones de niños, mientras en el año anterior había nacido 14,6 millones, lo que significa que nacieron en el país más poblado del mundo 1,3 bebés por mujer*. En Estados Unidos nacieron 1,73, en la Unión Europea 1,6, en nuestro país, 2,2. En China, en 1950, habían nacido 6,11 niños por mujer y es necesario que nazcan 2 para que la población se mantenga.

Así, China registró el mínimo crecimiento en 43 años y el cuarto año de caída consecutiva en la cantidad de nacimientos. La población china va camino al estancamiento, que podría llegar en 2027, luego de lo cual, comenzaría a decrecer.

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La situación parece el final del fantasma de la superpoblación china como símbolo del “peligro amarillo” que amenaza con una invasión planetaria. Claramente, la política del “Hijo Único”, extremo artificio de una ingeniería social inexorable, ha tenido éxito. La decisión, de 1979, de no permitir a las parejas más de un hijo, generó un movimiento cuya inercia ahora parece irrefrenable. En 2015, las autoridades comenzaron a permitir un segundo hijo y este año un tercero. Inclusive ya se están incentivando las familias numerosas, como el caso de la ciudad de Panzhihua, en la provincia de Sichuan, que ofrece unos 3.000 dólares para los tres primeros años del niño, así como ventajas en la salud reproductiva, la educación y las condiciones laborales de las madres. Sin embargo, ninguno de estos estímulos parece ser suficiente para animar el embarazado de las mujeres y las parejas que ya han entrado en un plan de vida profesional, de progreso económico y de un confort en el que no hay lugar para niños. Ni siquiera los antiguos mandatos confucianos —que interiorizados durante siglos se hicieron genéticos, modo de vida, deseos— gravitan en la decisión de dejar descendencia. La necesidad de tener hijos para realizarse, para continuar las estirpes, para contar con un sostén cuando se llegue a la vejez, no está asistiendo el propósito de la multiplicación humana.

Esto ha encendido una alarma en el campo de la economía. China, erigiéndose por diferentes aspectos como la mayor economía del mundo, determinada a convertirse en la versión más desplegada de sí misma, ve que no está naciendo la fuerza de trabajo de su futuro.

La sequía aparece en un panorama que también integra el envejecimiento. En 2010 la población de más de 65 años representaba el 9% de toda la sociedad y en el 2020 ya es el 13, 5% (unos 190 millones). La población mayor, con su dependencia, sus demandas de salud y de pensiones, recae sobre los hombros de los que trabajan.

O sea que ni nacen más chicos, ni mueren viejos, en una estabilidad en la que va achicándose la población económicamente activa.

Si hay una lectura alarmista entre los demógrafos chinos, más han agitado la bandera de la catástrofe los enemigos de China, asegurando que la caída de la tasa de natalidad anuncia el desbarranco inminente del gigante. Esta profecía requiere la simplificación de establecer una relación automática entre la población y la economía. El hecho de que entre 1990 y el 2020 la población económicamente activa de China haya crecido el 27%, pero la economía más de 1300%, desbarata el pensamiento primitivo que sólo concibe una relación de causa-efecto.

Por ejemplo, cuando se trata la incidencia de la fuerza de trabajo, debería definirse la composición de esa fuerza de trabajo. La población económicamente activa que debe hacerse cargo de los mayores y de los niños puede tener distintos grados de productividad —aquella que depende puntualmente de la educación, estaría en alza, tomando en cuenta, por ejemplo, que entre el 2010 y el 2020 la cantidad de graduados universitarios creció 74%.

Por otro lado, aún creciendo poco, inclusive decreciendo, la cantidad de personas económicamente activas en China sigue siendo enorme. En 2020 fue de unos 900 millones de personas, lo que supera a las de Estados Unidos y la Unión Europea juntas.

La edad jubilatoria inevitablemente se ampliará, teniendo en cuenta que es la misma de los años 70 —50 años para las mujeres y 60 para los hombres—, cuando la expectativa de vida era de unos 66 años, y hoy supera los 76.

La distribución de los recursos ha generado en China el fin de la indigencia y va camino a permitir la superación de la pobreza, pero aún puede ser mejorada, tomando en cuenta que un sector está concentrando una cantidad enorme de recursos. Una distribución más equitativa aliviaría los recursos que deben aportar los trabajadores.

Otro alivio podrá provenir de la moderación en los niveles de consumo. Éstas dos últimas tendencias parecen estar siendo marcadas por el actual gobierno de Xi Jinping.

Resulta interesante, en definitiva, que el éxito económico de China desde los años 80, basado en los dos pilares del desarrollo económico y una distribución más o menos equitativa, hayan generado unas condiciones de vida que desalientan la fertilidad. La fuerza de trabajo que antaño representaban los hijos, ha sido suplantada por una distribución de la riqueza con el sentido de justicia social del socialismo con peculiaridades chinas.

La capacidad de ingeniería social con la que China aplicó la ley del “Hijo Único”, ahora tiene el desafío de seguir mejorando la vida de todos los chinos, aunque su población decrezca en número y vaya ganando en longevidad.

*Tasa de fertilidad: número promedio de hijos por mujer si todas las mujeres vivieran hasta el final de sus años fértiles (15 a 49 años) y dieran a luz de acuerdo con la tasa de fecundidad promedio para cada edad.