Angela Dorothea Kasner, hija de un pastor luterano y una profesora de latín e inglés, doctorada en Leipzig con una tesis sobre química cuántica, pasó parte de su vida en la Alemania comunista aunque tuvo el privilegio de cruzar a la parte capitalista regularmente a visitar a familiares. Casada en 1977, a los 23 años, con el físico Ulrich Merkel, pensaba en otro destino para sus días cuando el 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín y ella, según sus biógrafos, estaba enfrascada en su trabajo en la Academia de Ciencias.

Ese acontecimiento histórico llevó a la reunificación de Alemania de la mano de quien sería su mentor político, Helmut Kohl. Destinos cruzados el de ambos: ella había comenzado en la Juventud Libre Alemana, una organiza-ción antinazi ligada al Partido Comunista de la República Democrática de Alemania. Él se había iniciado en las Juventudes Hitleristas. Confluyeron en la Unión Demócrata Cristiana (CDU según las siglas en alemán).

Ya conocida por su apellido de casada, Angela Merkel supo cuándo dar el salto y en 1999 le propinó el golpe final a Kohl dentro del partido, esmerilado como estaba tras una serie de escándalos. Lo reemplazó como presi-denta de la CDU y Kohl se terminó retirando de la vida política en 2002.

No sería sino hasta 2005 cuando cumpliría su objetivo de ser elegida canciller, inaugurando una era que mu-chos auguran difícil de olvidar. Su estilo de gestión, lejos de la estridencia pero firme y sin concesiones, fue puesta en controversia en varias ocasiones, pero siempre salió airosa. Un detalle no menor para la consolidación de la unidad europea es que si el basamento de la UE es el eje París-Berlín, durante sus 16 años de mandato pasaron cuatro presidentes en Francia. Y pudo con todos.

Del otro lado del Atlántico, también hubo cuatro inquilinos en la Casa Blanca. Fue durante el período final de George W. Bush que se las tuvo que ver con una crisis financiera que puso en jaque al euro. Ahí mostró su rostro más despiadado, obligando al resto de los socios de la UE a programas de austeridad que se ensañaron con la población de Grecia, pero también castigaron a Italia y España.

Sus enfrentamientos con Donald Trump integran un capítulo destacado en la historia del siglo XXI. Cuentan las crónicas que ella se quería retirar en 2016, pero Barack Obama le pidió que se quedara para intentar poner freno a las locuras de Trump.

Dentro de lo que se podía hacer con semejante personaje al frente de la potencia más poderosa del mundo, cumplió. Esa foto en la Cumbre del G7 de 2018 increpando al irreverente mandatario que había chicaneado a los jefes de estado de las principales economías del planeta no será fácil de superar.

Mientras consolidó el liderazgo de Alemania, acompañó a EE UU en Afganistán hasta hace unos meses. Pero no cedió en otras cuestiones centrales. Así, selló acuerdos comerciales con el gigante asiático mientras por otro lado fueron bloqueadas adquisiciones de firmas germanas por parte de capitales chinos. Y no rechaza la iniciativa de la Ruta de la Seda, que tiene un nudo importante en la ciudad que la vio nacer en 1954, Hamburgo. Para irrita-ción de los estrategas geopolíticos de Washington, no se mostró propensa a impedir la llegada de los sistemas 5G chinos.

La relación con Rusia también esta teñida de ese pragmatismo sin disonancias que la caracteriza. Con Vladimir Putin tiene una relación de tú a tú: el presidente ruso fue jefe de la sede de la KGB en Dresde en la época de la Unión Soviética y habla fluidamente alemán.

En la era Trump también debió soportar la presión para clausurar el proyecto de gasoducto desde Rusia desti-nado a alimentar a la industria y calefaccionar a las ciudades en los crudos inviernos centroeuropeos. No es descabellado sostener que una de las razones para el golpe en Ucrania de 2014 fue impedir el paso del South Stream. Ahí se apuró el proyecto de reemplazo, Nord Stream, por el mar Báltico.

Trump logró en diciembre pasado que el Senado le aprobara una ley que sanciona a las empresas que partici-paban de la construcción de esa tubería. Con el cambio de gobierno, en enero pasado, la gestión de Joe Biden intentó que Merkel aceptara las mismas reglas de juego.

Difícilmente vaya a sonreír más de la cuenta -podrían tomarlo como una burla innecesaria- pero el 10 de se-tiembre pasado la petrolera rusa Gazprom anunció la finalización del gasoducto, de 1230 kilómetros de extensión. La tubería fue construida por un consorcio integrado también por la francesa Engie, las alemanas Uniper y Wintershall, la neerlandesa Shell y la austríaca OMV. El contrato de provisión es por 50 años y hasta ahora, dijeron en Berlín, los rusos están cumpliendo con la cantidad acordada. Con-fían en que este invierno resultará más tolerable