Cuando el dramaturgo y cineasta sueco Ingmar Bergman produjo su extraordinario film “El huevo de la serpiente” no imaginó que su versión artística de las condiciones socio-históricas y psicológicas que explicaron el triunfo del nazismo en Alemania pudieran darse en el siglo XXI en varias realidades europeas y latinoamericanas.

En 2022, cuatro décadas después del film de Bergman, se han vuelto a conjurar circunstancias económicas, sanitarias, psicosociales y político-institucionales para que la amenaza del neofascismo esté presente en varias realidades nacionales de Europa y Latinoamérica.

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Algunas de las razones de este proceso son: las consecuencias de la crisis cíclica del 2008, no resueltas plenamente, los efectos de la crisis Covid 2019, los impactos de las más de 10.000 sanciones antirusas, que han agudizado el prexistente proceso de estancamiento con inflación en Europa, Estados Unidos, Canadá y Latinoamérica, la corrupción, la violencia agudizada, el sobredimensionamiento del lawfare en la confrontación política, el incremento de la antipolítica como trivial reacción social ante la imposibilidad de los estados para abordar y resolver sus acuciantes problemas cotidianos.

Esas son las circunstancias objetivas y subjetivas que en el siglo XXI reproducen las condiciones de la crisis de 1929 y los Acuerdos de Versalles que orillaron a Alemania a rechazar la insatisfactoria democracia de Weimar y escoger el horrendo nazismo de Adolf Hitler.

En 2022, el batallón Azov y los grupos neonazis ucranianos que, apoyados por Occidente, impulsaron el golpe de estado de 2014 en Ucrania están derrotados, pero mas no vencidos. Originaron el surgimiento de las repúblicas populares del Donbass, cuya defensa llevó primero a los acuerdos de Minsk. Ante su desconocimiento por parte del presidente ucraniano Volodímir Zelensky y sus patrocinadores occidentales, continúa la operación especial militar de Rusia en Ucrania para impedir que los herederos del nazi Bandera reproduzcan la tragedia de “baby yar” , tan bellamente poetizado por Evgueny Evtushenko.

En España, Vox , un desprendimiento neofascista del Partido Popular, ha sido plenamente reconocido como aliado legítimo del su partido-madre y se dispone a ser parte del nuevo gobierno, que sucedería al del socialista Pedro Sánchez.

En Italia, la ultraderecha liderada por Georgia Meloni de Fratelli Italia, apoyada por La Liga de Mateo Salvini, y Forza Italia de Silvio Berlusconi, es la alianza  con más posibilidades para ganar el 25 de septiembre las elecciones parlamentarias y asumir el gobierno del país. Sería la primera mujer como jefa de estado en la historia italiana.

En Francia, el gaullismo que ha gobernado intermitentemente el país cuna de la gran revolución que iluminó al mundo y liberó los espíritus hace 233 años, está permanentemente amenazado por su insatisfactoria administración de la crisis y por la neo fascista Marine Le Pen, que en las últimas elecciones obtuvo el 40% de los votos.

Y, lo más sorprendente de la ultraderechización europea, es Suecia. El país que el modelo socialdemócrata hegemonizó y que construyó el más avanzado estado del bienestar durante casi un siglo, en 2022 ha sido escenario del triunfo de una derecha que en el siglo XX era moderada y ahora aparece liderada por un grupo nuevo autodenominado “Demócratas Suecos”. Tienen  un discurso radical antiinmigrante, xenófobo, racista, emparentado con la narrativa antisemita que Hitler lidero en los años 30.

El periodista Luis  Gonzalo Segura destaca con estupor que hoy el neofascismo tiene cuotas de poder estatal en todos los países europeos, con excepción de Irlanda e Islandia.

En Estonia, Eslovenia, Eslovaquia, República Checa, Alemania, Francia, Portugal, España, aspira a gobernar centralmente los estados. En opinión de Segura el neofascismo es para el capitalismo europeo una válvula con la cual libera tensiones y regula la temperatura. Es el espantapájaros que usan los políticos no extremistas europeos como arma electoral frente a las crisis que no pueden administrar exitosamente.

En Ucrania, donde  más había crecido  el huevo de la serpiente, éste no nacerá. El operativo especial ruso lo ha aplastado en su cascarón y le ha arrancado la membrana. El planteamiento de los gobernantes del Donbass  de unirse territorialmente a Rusia mediante un referéndum a celebrarse  entre el 23 y el 27 de septiembre, la decisión de la OTAN de no incorporar a Ucrania a sus filas y las interminables condiciones que le impone la Unión Europea para ser parte, refuerzan la creciente convicción internacional de que Occidente solo apoya a Kiev para tener un cliente de su complejo militar-industrial. Y que Kiev se  convertirá en un rehén endeudado por décadas, como lo fueron alguna vez Seúl, Saigón, Trípoli, Bagdad, entre otros.

En España las perspectivas son  negativas para el PSOE de Pedro Sánchez. Pero  en política electoral la cosa no se acaba hasta que se acaba. El gobernante socialista ha dado otras veces demostraciones de grandes habilidades de equilibrista y ha sobrevivido a crisis que lo daban políticamente muerto, con saltos de trapecista para tomarse de la mano con partidos de izquierda como Podemos y con los nacionalistas vascos y los separatistas catalanes.

Por otra parte hay que ver cómo evoluciona la alianza entre Vox y el Partido Popular. Pablo Casado, crítico de la alcaldesa de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y opositor a la alianza con Vox, perdió una batalla, pero no la guerra .Es todavía parte de una sensibilidad política que no ha muerto en su partido.

Incluso si ganara Alberto Feijó la presidencia del gobierno de España, todavía es una incógnita como será su gobierno en relación a las demandas franquistas de Vox.

En Italia, la lideresa radical Meloni ha moderado su discurso a medida que las elecciones se aproximan. Habrá que ver después, cuando asuma el  gobierno,  si su ultraderechismo era una convicción profunda o un recurso electoral, ante una sociedad polarizada que rechaza al fracasado gobierno de centro-izquierda presidido por Draghi.

En Suecia los casi cien años de modelo social demócrata gobernando el Estado han creado un “modo de vida”. Tiene un recato calvinista, imbricado con la equidad social,  la libertad política y  la solidaridad internacional con los pobres del mundo. Esto no solo orienta la sociedad sino que es consubstancial al “modo de ser sueco” de los ciudadanos como individuos.  No será fácil para los antiinmigrantes odiadores de la diversidad, que se autocalifican como “Demócratas Suecos”, instalar en el imaginario social valores tan diferentes a aquellos en que han sido  formados durante casi un siglo. Al fin de cuentas, Ulf   Kristerssen solo es el líder del conglomerado más votado entre un grupo de sectores opositores al gobierno de Anderson, que le permitieron a la abigarrada derecha sueca alcanzar 176 escaños frente a los 173 escaños de los social demócratas.

Que el neofascismo capte la centralidad de los estados europeos en los que aspira a gobernar es aún una opción que fluctúa entre lo posible y lo probable.

A ella nunca debió llegar Europa si no hubiese perdido su entidad para convertirse en un jugador al servicio de los interese de Estados Unidos y sus aspiraciones de preservación de una declinante hegemonía mundial.

La Europa del centrismo creativo no es aún parte del “mundo de ayer” del genial Stefan Zweig, que se Suicidó en Brasil ante el avance inicial, antes de la derrota de Stalingrado, de la aparentemente invencible bestia parda.