Una nueva crisis política sacude a Pakistán, el quinto país más poblado del mundo y una potencia nuclear que rivaliza desde hace décadas con India. Todo empezó cuando el primer ministro Imran Khan, una antigua gloria del cricket, perdió parte de su base parlamentaria y el respaldo del Ejército, un factor de poder clave en el sistema institucional pakistaní. La oposición estaba lista para destituirlo a través de una moción de censura, pero Khan logró desactivarla temporalmente gracias a que el vicepresidente de la Asamblea Nacional, Qasim Suri, puso un freno a la iniciativa.

Khan denunció que “fuerzas internacionales” están detrás de lo que describe como un intento de golpe de Estado, una idea que Suri abrazó para justificar su postura contraria a la moción. Si bien las conspiraciones alimentan la inestabilidad endémica de Pakistán, donde ningún primer ministro pudo terminar su mandato desde la independencia en 1947, la crisis actual dejó expuestas las profundas divisiones entre el gobierno, la oposición y los militares por la estrategia geopolítica que debe seguir el país. 

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“Pakistán es una sociedad políticamente inestable. Las Fuerzas Armadas tienen mucha injerencia y se alternan interregnos más democráticos y golpes de Estado”, explica Sabrina Olivera, especialista en Asia-Pacífico y coordinadora del Grupo de Asia del Sur del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales. Pese a estos vaivenes, la alianza con Estados Unidos ha sido una política de Estado. Al menos hasta el triunfo electoral de Khan en 2018.

El primer ministro “fue virando hacia una posición muy antiestadounidense” y acusó directamente a la Casa Blanca de orquestar “una operación de la cual participan los partidos opositores y las FF AA”, subraya la experta.

De hecho, Khan aseguró que el subsecretario de Estado para Asuntos de Asia Meridional y Central, Donald Lu, se reunió con el embajador pakistaní en Washington poco antes de tratarse la moción de censura para presionarlo. Según Khan, se trata de una represalia por la visita que hizo a Vladimir Putin el 24 de febrero, el día en que Rusia lanzó la invasión a Ucrania.

Pero Khan no presentó pruebas del supuesto complot de EE UU. Tampoco informó sobre la conversación que mantuvo con el presidente ruso y el líder checheno Ramzan Kadyrov. El domingo pasado, mientras los diputados opositores trataban de destituir a Khan y este apuntaba a la Casa Blanca, el jefe del Ejército, el general Qamar Javed Bajwa, salió a defender la “excelente relación estratégica con EE UU”. Estaba aplicando el control de daños.

Pakistán fue un aliado clave de Estados Unidos durante su guerra contra los talibanes en el vecino Afganistán. Pero la operación secreta para asesinar a Osama Bin Laden en 2011, escondido en territorio pakistaní, marcó el futuro de la relación. Barack Obama prometió ayudas millonarias a Islamabad para rencauzar la alianza, aunque Donald Trump cambió de opinión y cortó los fondos para el Ejército del general Bajwa. El expresidente denunció entonces que Pakistán toleraba al terrorismo islamista. Paralelamente, Estados Unidos se acercaba más a India, y Pakistán hacía lo mismo con China.

Olivera asegura que China se ha convertido en el “hermano mayor” de Pakistán. “Uno de los corredores más importantes de la nueva Ruta de la Seda es el que pasa por Pakistán. Este corredor implica una enorme inversión que Pakistán necesita. EE UU tiene una gran relación con India, que ve como el contrapeso y la alternativa de China en la región. Hay un juego de alianzas y todos tienen armas nucleares”, dice.

Para Khan, resulta más efectivo agitar una conspiración en su contra que aceptar la mala gestión de la economía. Pakistán no crece, registra una inflación en aumento, la rupia se devalúa y las reservas se agotan. Y el préstamo con el FMI por 6000 millones de dólares tampoco le da demasiado margen de maniobra. El Ejército y la oposición consideran que la permanencia del primer ministro en el cargo solo agudizará la situación económica.

“Pakistán tiene períodos de auge económico, sobre todo en los sectores más importantes, como la agricultura, los servicios y los textiles, pero luego vive una retracción”, señala la integrante del CARI, para quien “los préstamos chinos” son fundamentales para Khan. “Pakistán es rehén de esta situación, porque tiene al Fondo Monetario Internacional atrás y no tiene a quién más recurrir aparte de China. Eso explica el endurecimiento de la postura hacia Estados Unidos”, sostiene.

India, el gran rival de Pakistán desde la partición de 1947, y con el que mantiene una disputa histórica por la región de Cachemira, observa los próximos pasos de Khan. “Ha habido muchas escaramuzas entre India y Pakistán. India tiene una postura realista, defiende su territorio y parece intransigente. Del otro lado, Khan tiene que hacerle frente con un gobierno inestable. Sostener una postura dialoguista tiene un costo político”, afirma Olivera.

Más allá de la enemistad con India, y un día antes de que la oposición registrara la moción de censura en la Asamblea, el 8 de marzo, Khan describió la neutralidad de su vecino en relación con la guerra en Ucrania como “una política exterior independiente y dedicada a su gente”. Era la mejor manera que encontró para decirle a EE UU que no tenía por qué desconfiar de su viaje a Moscú. Pero el Tribunal Supremo invalidó el jueves el bloqueo a la moción de censura, por lo que la Asamblea queda habilitada para decidir el futuro del primer ministro. Khan salió al día siguiente por cadena nacional, aseguró que se mantendría en el cargo sin importar lo que resolviera la oposición y llamó a protestas pacíficas para este domingo. “Quiero decirles a mis jóvenes que tienen que proteger su independencia. Tenemos que proteger nuestra democracia por nuestra cuenta. El Ejército no puede hacerlo. Lo que sea que esté pasando con nuestra democracia es catastrófico”, dijo. El Parlamento proyecta al líder opositor Shehbaz Sharif como próximo jefe de Gobierno. Pakistán vuelve a caer en la incertidumbre.