El papa Francisco comenzó este viernes una histórica visita a Irak de categórico contenido geopolítico y con un fuerte mensaje en contra del terrorismo. El país, castigado desde años por tensiones regionales pero sobre todo desde 2003 por la invasión de tropas de EEUU, Gran Bretaña, Australia y Polonia, padeció la destrucción de todas sus estructuras estatales y sus lazos comunitarios. La coronación de esta estrategia de desintegración iniciada por el gobierno de George W, Bush, culminó en la gestión de Barack Obama con los grupos extremistas islámicos de ISIS. Fue entonces que la gran mayoría de la población cristiana huyó para preservar la vida. Según datos del Vaticano, de 1,2 millones de cristianos a principios de siglo ahora hay solo 300.000 en ese territorio. El contexto mundial, además, facilita una intervención del pontífice, cuando hace menos de dos meses asumió Joe Biden, el segundo presidente católico en la historia de Estados Unidos.

En ese escenario debe entenderse el deseo de Jorge Bergoglio de no seguir demorando un viaje que se venía posponiendo por la pandemia pero tambiénpor la violencia que subsiste desde la ocupación. O el que discurso ante el primer ministro iraquí, Mustafa Al-Kadhimi, a su llegada a la capital, Bagdad. “Al igual que las comunidades yazidi, chiíta, sunnita, kakai, shabak y turcomana, los cristianos de Irak sufrieron enormemente durante el periodo de dominación del ISIS. La justicia es un derecho para todos, y la rendición de cuentas basada en pruebas es esencial para evitar el peligro de que tales delitos se repitan en el futuro”, enfatizó.

No se quedó atrás cuando habló ante el presidente de Irak, el kurdo Barham Salih, adelant{o de qu{e venía la gira. “Que cesen los intereses particulares, esos intereses externos que son indiferentes a la población local”. Luego añadió, sin dar nombres pero también con claras entrelíneas: “nosotros los creyentes no podemos callar cuando el terrorismo abusa de la religión”.

Este sábado, el Obispo de Roma mantuvo un encuentro clave con el gran ayatolá Sayyid Ali Al-Husayni Al-Sistani en la ciudad de Nayaf, donde se halla el santuario del imán Alí, yerno del profeta Mahoma y fundador de la rama chi{ita del islam y considerada el tercer lugar sagrado de los musulmanes, luego de La Meca y Medina.

Con Al-Sistani, un clérigo de 90 años nacido en territorio iraní pero que se instaló en esa región actualmente iraquí desde muy joven, estuvieron reunidos por casi una hora. Solo trascendió la foto -el religioso chiíta no es particularmente afecto a las apariciones públicas- y un escueto comunicado sobre temas generales tratados en el cónclave, como el compromiso por la “paz” y la “seguridad” de los cristianos en del país.

El texto que difundió el Vaticano dice que “el encuentro fue una oportunidad para que el Papa agradeciera al Gran Ayatolá Al-Sistani porque, junto con la comunidad chiíta, ante la violencia y las grandes dificultades de los últimos años, ha alzado su voz en defensa de los más débiles y perseguidos, afirmando el carácter sagrado de la vida humana y la importancia de la unidad del pueblo iraquí”.

De hecho, el clérigo fue propuesto para el premio Nobel de la Paz en varias ocasiones por su defensa de las minorías y en contra del terrorismo desplegado por los yihadistas sin suerte. Lo destacable es que en 2009 sí recibió el galardón que se otorga en Oslo el expresidente Obama, durante cuya administración prosperó esa organización extremista que “milagrosamente” fue perdiendo fuerza por el despliegue en la región de tropas rusas y tras llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Los chiítas son minoría dentro del universo del Islam. De los cerca de 1.900 millones de musulmanes del mundo solo 10% son chiítas y la mayoría viven Irak y en Irán, donde son predominantes. No hay “buena vibra” entre Al-Sistaní y el ayatolah persa Alí Jamanei. Pero la influencia de Al- Sistani es determinante en Irak y su mensaje fue muy significativo en grandes tramos de la lenta recuperación de este rico país devastado por invasiones, guerras y diferencias étnicas y religiosas azuzadas por fuerzas foráneas, como ciertamente destacó Francisco.

El Papa asistió finalmente a un encuentro interreligioso en la llanura de Ur de los Caldeos, la cuna del patriarca Abraham, símbolo de las tres religiones monoteístas. “Este lugar bendito – dijo Francisco – nos remite a los orígenes, a las fuentes de la obra de Dios, al nacimiento de nuestras religiones. Aquí, donde vivió nuestro padre Abraham, nos parece que volvemos a casa”.

“Hoy nosotros, judíos, cristianos y musulmanes, junto con los hermanos y las hermanas de otras religiones, honramos al padre Abrahám del mismo modo que él: miramos al cielo y caminamos en la tierra”.