La expulsión de 23 diplomáticos rusos de la embajada en Gran Bretaña y el ahora más sólido apoyo de los mandatarios europeos al gobierno de Theresa May son un soplo de esperanza la premier conservadora, en medio de un nuevo choque entre Londres y Moscú por asuntos de espionaje.

Más allá del aprovechamiento político que del envenenamiento de Sergei Skripal y su hija podría hacerse en Rusia ante las elecciones de este domingo y para reforzar la alicaída figura de May, no es la primera vez que ambas capitales se trenzan en estas lides en las que, como corresponde al misterioso mundo de los servicios secretos, permanece envuelto en el misterio. Un mundo donde pululan dobles y hasta triples agentes, un juego interesante y atractivo en el que la primera víctima es la verdad verdadera. Pero como son buenas historias ¿a quien le importa?

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El más famoso caso se comenzó a develar a poco de finalizar la Segunda Guerra Mundial y en los albores de la Guerra Fría. Los involucrados llegaron a ser altos mandos del MI6, el servicio exterior del Reino Unido. Los acusados fueron conocidos como «Los cinco de Cambridge», porque habían sido alumnos del Trinity College de esa prestigiosa y exclusiva casa de estudios inglesa.

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Imbuidos del espíritu revolucionario que se extendió por Europa luego de la Revolución Bolchevique, los jóvenes Harold Kim Philby (el mas famoso de ellos y merecedor del puesto destacado que tiene en la cumbre de los espías de la historia), Donald MacLean, Guy Burguess, Anthony Blunt, y John Cairncross (el único que siempre negó los cargos) fueron reclutados por Arnold Deutch, miembros de la NKVD, la antecesora de la KGB, en los años 30. Estaban realmente atraídos por el régimen socialista, a pesar de pertenecer ellos mismos a la aristocracia británica.

Como es una práctica común aún hoy día, el servicio exterior de la corona también reclutaba jóvenes inteligentes, cultos y con buenas relaciones. Y los Cinco de Cambridge estaban en este conjunto apetecible para cualquier entrenador de espías. Así fue que fueron ingresando en lo que hoy es el MI6. En un momento clave para el mundo: se iniciaba la segunda guerra mundial y durante su desarrollo, la Unión Soviética pasó a ser el principal aliado para derrotar al nazismo de Gran Bretaña y Estados Unidos.

Harold Adrian Russel Philby, Kim para los amigos, Stanley por su nombre en código, era hijo de un diplomático británico destacado en la India y había nacido en Ambala, en el estado indio de Haryana. Adhirió desde temprano al marxismo y re relacionó con el Kremlin.

Mediante los contactos de su padre, se conectó con el duque de Alba y como periodista cubrió la Guerra Civil española para el Times. Pero su tarea encubierta era enviar informes cotidianos a Moscú. Según una invetstigación del español Enrique Bocanegra, había recibido el encargo de Stalin para asesinar al general Francisco Franco. Pero no se sabe hasta donde llegó en ese intento. Franco murió en 1975 luego de 39 años como dictador español.

Paralelamente, Philby se metió en los servicios de espionaje británico, donde muy pronto se destacó y llegó a ser jefe de la división contra Moscú. Así fue que pasó a Turquía como diplomático y luego a Estados Unidos, donde fue el elnace de los espías británicos con sus pares de la CIA.

Nadie sospechó nada, y esa cercanía le permitió enterarse de que dos de sus amigos de Cambridge, Maclean y Burgess, habían sido detectados por un agente ruso que pasó a Londres, y por lo tanto corrían peligro. Estaban en la mira por una fuga de secretos nucleares a los soviéticos. Philby los convenció de que escaparan velozmente y antes de lo que se tarda en decirlo ambos huyeron a la URSS.

Burgess habría pasado al Centro de la KGB en la capital soviética no menos de 5000 documentos de relevancia sobre el gobierno de su país y tal vez otros tantos de la ONU, de la OTAN y de los primeros tratados entre EEUU y las potencias europeas tras la guerra. Falleció en Moscú en 1963.

Era el año 1951 y el MI6 pasó momentos de tensión indescriptibles ya que se sabía que había otros agentes que trabajaban para Moscú, pero no se tenía idea de cuantos eran y sobre todo, quiénes. Y además, la CIA los había catalogados de inútiles por haber permitido semejante filtración en sus narices.

Muchas de estas cuestiones saben por el espía de la KGB que hacía de controlador de Philby, Yuri Ivanóvich Modin, quien una vez caída la URSS y ya viejo, en 1994, decidió publicar sus memorias para ganarse unos rublos, que tanta falta le hacían para compensar su escasa jubilación, «Mis camaradas de Cambridge».

Esa vez, Philby pudo zafar de cualquier tipo de acusaciones, aunque era conocida su amistad con los desertores. De todas maneras fue invitado a retirarse del servicio de espionaje. Pero en 1963, como se solía decir, «puso pies en polvorosa». La buena información de la que disponía le indicó que lo tenían cercado y estaban esperando un paso en falso para atraparlo y mostrar sus iniquidades públicamente. Fue entonces que se fue a la URSS, donde pasó a ser considerado un héroe.

En un video descubierto en los archivos de la Stasi, la policía secreta de Alemania oriental, en 2016, se ve a Philby confesar que el espionaje “implica mancharse las manos de vez en cuando”. Allí cuenta en qué consistió su tarea por años su tarea: Cada tarde se entraba con su contacto soviético al que le entregaba informes escritos de su puño y letra con que a la mañana siguiente recibía de vuelta, luego de haber sido fotografiados. Muerto en Moscú en 1988, a los 76 años, no se olvidó de dejar un consejo final para los aspirantes a espías que, bueno es decirlo, sirve para todo aquel que lleve una doble vida: “Nieguen todo”.

Anthony Blunt tampoco estuvo bajo sospecha en 1951. Experto en arte, el hombre llegó a ser conservador de la pintura real y asesor de la reina de Inglaterra. Por tal razón fue nombrado Sir y Caballero Comandante de la Orden Victoriana. Husmeando en el MI5, el servicio de espionaje interior, pasó a Moscú el desciframiento de códigos alemanes utilizados durante la contienda.

Pero en 1964 finalmente lo descubrieron y reconoció que había sido un doble agente. A cambio, se convirtió en un triple agente: trabajaba para los británicos enviando información a los soviéticos y luego retornaba informes de los rusos para volcarlos ante los británicos. Para volverse loco, pero eso le permitió quedar en el ostracismo, al menos por un tiempo. Una buena negociación también para los servicios, ya que se evitaban una nueva vergüenza ante la CIA.

Cairncross pudo ocultar su pertenencia al grupo mucho mas tiempo y de hecho siempre lo negó, ahcneodo caso del consejo de Philby. Hasta que un desertor de la KGB reveló su nombre como doble agente. Pero desde ese fatídico 1951 estuvo bajo la lupa y sometido a interrogatorios en forma regular. Eso lo convenció de que era mejor tomar distancia y se fue a vivir a Paris, donde murió en 1995.

Hasta aquí había cuatro espías descubiertos del quinteto de Cambrdige, aunque públicamente solo se había comunicado sobre tres. La que rompió el pacto de silencio vergonzante fue la primer ministro Margaret Thatcher, quien en una comparencia ante al Parlamento, en 1979, contó quién era el cuarto hombre. Anthony Blunt tuvo que salir a la palestra y la reina le quitó todos los títulos. Murió en 1983. El nombre de Cairncross recién salió al la luz en 1990 gracias a un desertor soviético en los años de la caída de la URSS.

Hubo otro doble agente que nunca fue relacionado con el caso hasta que un ex director adjunto del MI5, Peter Wright, harto de que las autoridades desoyeran sus informes sobre lo que implicó para los servicios británicos aquella fuga de información, decidió escapar a Australia y publicar «Cazador de espías», un libro prohibido por la Thatcher.

Un dato curioso, el libro salió de la imprenta en 1987. Y Wright, junto con Paul Greengrass., luego director de cine y creador de las dos primeras de la serie de Jason Bourne y la magnífica Bloody Sunday, explican cómo descubrieron al quinto hombre. Allí cuentan que era nada menos que el jefe del MI5, Sir Roger Hollis.

Tres años más tarde, Hollis hubiera sido considerado el sexto hombre, pero él había ido al Clifton College, de Bristol, y no a Cambridge.