Vacío de poder. Esa fue la expresión que más se usó para describir la situación en el Líbano después de que el expresidente Michel Aoun agotara su mandato. Ahora el país se quedó sin jefe de estado y los diputados, encargados de elegir uno, llevan meses estancados en las negociaciones. No es la primera vez que la presidencia permanece vacante, pero el momento no podría ser peor: la crisis económica se profundiza y el primer ministro, Najib Mikati, se ve acotado en sus capacidades por la condición de interino.

Más que vacío de poder, en el Líbano se está gestando una crisis política. Antes de dejar el cargo el lunes pasado, Aoun firmó un decreto que disolvía el gabinete de Mikati, una jugada destinada a despojarlo de cualquier posibilidad de desempeñar en paralelo las funciones presidenciales. El propio Aoun había encargado al primer ministro la formación de un gobierno a finales de julio. Hasta el momento Mikati fracasó en la misión. Y las cosas se complican por el sistema confesional libanés.

Así como la presidencia debe ser ocupada por un cristiano maronita, la jefatura de Gobierno por un musulmán sunita y la titularidad del Parlamento por un musulmán chiita, los ministerios se reparten según criterios religiosos. Esta condición se traduce en una parálisis constante que impide ofrecer a los libaneses gobiernos estables. Desde que la debacle económica se precipitó en 2019, ningún Ejecutivo prosperó. Si Mikati no consigue conformar un gabinete sólido, apenas tendrá el respaldo para concretar el desembolso de 3000 millones de dólares preacordado con el FMI.

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«Lo que tenemos es un gabinete renunciado, un primer ministro designado y un presidente que cumplió su mandato. Esto es una amenaza para la estabilidad de Mikati. El último acto administrativo del expresidente fue aceptarle la renuncia al gabinete, decreto que el primer ministro anunció que no va a reconocer. Aoun lo hizo pensando en su propio partido y en las negociaciones. El partido de Aoun dijo que no participaría en las reuniones de gabinete que sean convocadas a partir de ahora», dice Said Chaya, politólogo y experto en Medio Oriente de la Universidad Austral.

Sin embargo, Mikati desafía las lealtades de Aoun. «El primer ministro fue a la cumbre de la Liga Árabe con dos ministros renunciados que responden al expresidente. Eso puede revelar algún disenso sobre la estrategia que adoptó el partido. En general los bloques se forman respetando lo confesional, luego hay grandes bancadas interbloque que actúan en alianza. Líbano Fuerte, la bancada que responde al expresidente, está en alianza con Hezbolá y sus socios. Un grupo importante de diputados, actualmente unos veinte, se presentan de manera individual y después deciden con quiénes se alían», explica el analista.

Los nombres que suenan para suceder a Aoun son el de Michel Moawad, hijo del efímero expresidente René Moawad –asesinado en 1989, dieciocho días después de haber asumido–; Gebran Bassil, yerno del mandatario saliente; Suleiman Frangieh –nieto del expresidente homónimo, el hombre que intentó parar la guerra civil desatada en 1975–, amigo personal del sirio Bashar Al Assad; el sindicalista e historiador Issam Khalife; y el general Joseph Aoun, actual jefe de las Fuerzas Armadas.

El requisito excluyente es que el presidente sea cristiano, así que se trata de una pulseada sectaria en la que las partes islámicas también mueven sus fichas. Es, sobre todo, un juego de dinastías e intercambios de favores. «En el Parlamento anterior casi el 25% de los diputados eran parientes entre sí, lo que nos revela cómo la política no es solo una cuestión de gente vieja, sino de hombres. Ahora se necesita elegir a un candidato que no se anime a tanto. Una de las cosas de Aoun es que desde el fin de la guerra civil fue el primer presidente que milita en un partido político. Desde 1990 a 2016, los presidentes fueron burócratas o generales retirados», apunta Chaya.

«Los diputados hicieron una apuesta muy grande al elegir a Aoun en 2016 y se asustaron. Dudo que el próximo presidente tenga una identificación política tan gruesa. Con Aoun se encontraron a un presidente con lealtades en el Parlamento. El presidente tiene un rol ceremonial, pero Aoun empezó a presidir las reuniones del gabinete, que antes lo hacía el primer ministro, y condicionaba la elección de los ministros a la firma de la renovación del gabinete. El primer ministro se vio obligado a negociar con Aoun, cuando los presidentes anteriores estaban en los grandes temas de Defensa y asuntos exteriores», continúa.

Aoun, antiguo jefe militar durante la guerra civil, alteró el equilibrio de poderes que selló la paz en 1990. Su mandato estuvo marcado por las protestas masivas contra la corrupción, el colapso de la economía y explosión en el puerto de Beirut, que devastó parte de la capital y mató a más de 200 personas. Con su decisión final, el expresidente ató de manos a Mikati, que en teoría no puede convocar al gabinete renunciado, ni coordinar el trabajo de los ministerios o dictar decretos.

El primer ministro necesita ganar legitimidad y poder y para eso está forzado a negociar con los bloques parlamentarios y sus las alianzas interreligiosas, hacer y deber favores y respetar los intereses de cada grupo. Ocho de cada diez libaneses son pobres, la libra se devaluó casi un 100%y el desempleo oficial llega al 30. La única salida, imposible hasta ahora, es un gobierno al menos duradero que pueda obtener el dinero del FMI e impulsar la explotación del yacimiento de Qana tras el acuerdo de delimitación marítima en el Mediterráneo con Israel, eterno enemigo.

Aoun cerró su presidencia con ese histórico acuerdo mediado por Estados Unidos. «Es una situación que le ha permitido al Líbano tener una serie de beneficios económicos. Hay que ver quién se queda con el Ministerio de Energía de acá a cuatro años. Fue un gesto de Hezbolá para marcar el compromiso de Irán con EE UU, que lleva adelante la negociación por el plan nuclear. Pero no lo veamos como una normalización, porque para que se produzca tiene que cambiar de cuajo la lógica de poder, no solo en Líbano sino en la región», dice Chaya.

Por lo pronto, el Parlamento libanés acaba de respaldar a Mikati y, por ende, deshacer el decreto de Aoun. Los diputados van a reunirse por quinta vez para intentar designar al nuevo presidente. Cuando Aoun fue elegido en octubre de 2016, habían pasado casi dos años y medio hasta que llegaron a un acuerdo. Esta vez no pueden tomarse tanto tiempo. «